Los Jardines De Luz
- Автор: Maalouf Amin
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:
– ¡Si es un crimen ofrecer consejo a mi rey, que se me castigue! Jamás he hablado ni actuado por otra razón que no fuera el bien de la divina dinastía, para que este Imperio y su religión se extiendan bajo todos los cielos y aplasten a todos los enemigos bajo sus pies como si fueran serpientes, escorpiones, criaturas maléficas. Mi señor, nieto del divino Artajerjes, no se dejará prevenir contra mí, no puede haber olvidado las sabias prescripciones del Avesta. ¿No está dicho en el Libro que los lobos de dos patas deben ser exterminados mucho antes que los lobos de cuatro patas?
– ¿De qué lobos se trata? -interrogó demasiado ingenuamente Ormuz.
– El lobo de cuatro patas salta sobre un cordero para devorarlo; el lobo de dos patas se sirve de la palabra para acallar la desconfianza del pastor y arrastrar a todo el rebaño por el camino de la perdición.
– Los lobos de dos patas -rectificó Mani- son los hombres que consideran a los demás como presas, los que intentan constantemente someter, reducir, castigar, humillar. Hoy se ha elevado una voz para decir que los habitantes de Deb no eran más que corderos y que merecían ser degollados. ¿No es ése el lenguaje de un lobo de dos patas? Si el santo y sabio pastor Zoroastro se expresó como lo hizo en el Avesta, ¿acaso no fue pensando en aquellos que recurren a semejantes matanzas?
– En el fondo, cada cual interpreta el Avesta a su manera.
Con esta observación, Ormuz intentaba atenuar un poco el efecto del ataque proferido directamente contra Kirdir. Pero éste estalló enfurecido:
– ¿De qué interpretación se habla? ¿Así que cada cual tiene derecho a interpretar a su antojo los textos sagrados? ¿Así que la interpretación de un pérfido nazareno sería comparable con la mía? ¿No soy yo el que estudió durante dieciséis años nuestra Religión Verdadera? ¿No soy yo aquí el depositario de la fe de Zoroastro?
– Puede suceder que un hombre se crea depositario de un mensaje cuando no es más que su ataúd.
Kirdir no quería creer que semejantes palabras pudieran serle dirigidas. Se las hizo repetir al oído por un familiar, antes de avanzar hacia el pilar central. Al tumulto provocado por la frase de Mani acababa de suceder un silencio sepulcral. El hijo de Babel leía el ultraje y la indignación en todos los ojos, salvo quizá en los de Ormuz, en los que no faltaba una chispa maliciosa que el mago debió de advertir, ya que comenzó con un tono de reproche:
– ¿El señor sabe de qué calaña son estos nazarenos?
No tendría tiempo de proseguir. Los aullidos de una mujer muy joven que acababa de irrumpir en la sala, abriéndose paso entre el círculo de cortesanos y lanzándose a los pies del príncipe, ahogaron providencialmente sus primeras sílabas.
– ¡Señor! ¡Tu hija! ¡Tu hija!
– ¡Habla, Denagh!
El príncipe zarandeaba por los hombros a la mujer, que se había quedado súbitamente sin fuerzas como un niño agarrado al vestido de su madre.
– ¡Estaba corriendo cerca del arroyo, se cayó y ya no se mueve!
– ¿Está herida?
– ¡No, no se ha hecho sangre!
– ¿Respira?
– Sí -aseguró la mujer, aterrada-. Respira, pero no consigo reanimarla.
Ormuz permaneció postrado en su asiento, olvidando toda majestad; un torbellino de pesadilla arrastraba su mente. Kirdir juzgó propicio el momento para extender un dedo acusador:
– La infidelidad que ha penetrado en este lugar atrae las plagas sobre nosotros. Se han proferido palabras blasfemas. Si a la hija del príncipe le llegara a suceder una desgracia, este maldito nazareno tendría la culpa.
Ormuz había perdido todo discernimiento y toda voluntad. Todos, en su círculo, sabían el cariño que experimentaba por su hija. La esposa preferida del príncipe había muerto al traerla al mundo, y Ormuz había volcado en la niña todo el amor que sentía por su madre. Bastaba, pues, que Kirdir designara a Mani como supuesto responsable de su desgracia para que el príncipe mirara hacia él con rabia. Pero Mani no perdió su seguridad.
– Soy médico. En lugar de utilizar el mal de la niña para iniciar una vil polémica, tratemos mejor de curarla. ¡Que me conduzcan junto a ella!
No queriendo desdeñar ninguna esperanza, Ormuz acompañó a Mani a la cabecera del lecho de la niña.
Ésta se encontraba recostada, con los cabellos tan perfectamente trenzados y los pliegues de su vestido tan bien arreglados que parecía una muerta. Sólo un cofre mal cerrado del que sobresalía un juguete roto daba un toque de desorden y de vida a la habitación; una habitación que no era, sin embargo, más que un sector de la tienda principesca, con, a modo de puerta, unas hileras de cuerdecillas cargadas de conchas de colores, que llegaban a dos codos del suelo para que la princesa fuera la única que pudiera entrar sin hacerlas tintinear.
Mani puso la mejilla sobre la frente de la niña, le tomó el pulso, le levantó el párpado y luego pidió a la joven, a la que el príncipe había llamado Denagh, que cortara cinco trozos de tela blanca y limpia, cada uno del tamaño de la palma de la mano, y que se procurara algunas pulgaradas de alcanfor. Él mismo fue a coger, entre los árboles y en los terraplenes, ciertos tallos, flores, hierbas medicinales y bayas, que eligió uno a uno, tomándose el tiempo de estrujarlos entre los dedos para verificar su naturaleza.
Regresó a la habitación con ese brazado heterogéneo y comenzó a machacar las hierbas hasta formar una pasta color tierra, como turba espesa, que espolvoreó abundantemente de alcanfor, antes de extenderla sobre los trapos. Dobló éstos, los comprimió y los aplastó, y colocó uno de ellos sobre la frente de la niña, tapándole igualmente las orejas; enrolló otros dos alrededor de las muñecas y los últimos en la punta de los pies, apretándole los dedos. A continuación, cogió un cántaro y dejó que fluyera un chorrillo de agua para que empapara las compresas.
A su alrededor, nadie osaba hacer el menor ruido. Cada vez que un trapo se secaba, Mani lo empapaba con un poco de agua, y cuando al cabo de una hora se vació el cántaro, se lo alargó al príncipe diciendo:
– Hay que llenarlo con agua del torrente.
Ormuz cogió el recipiente y se lo entregó, con un gesto natural de autoridad, al ayudante de campo, que estaba de pie tras él.
– ¡No, con la mano del príncipe! -dijo Mani, que habló sin levantar los ojos.
Sorprendido en un primer momento, el sasánida cogió de nuevo el cántaro y fue a llenarlo él mismo, bajo la mirada asombrada de los soldados y de los cortesanos. Supuso, sin duda, que al ser cogida por sus manos principescas, el agua adquiriría virtudes curativas. Lo mismo se cuchicheaba entre la multitud. Maleo fue el único en sospechar que la explicación podría ser diferente. Había observado ya lo bastante a su amigo en las ciudades que habían visitado como para saber que cuando una mujer humilde le daba de comer un tazón de sopa y una cebolla, él los aceptaba con gratitud; que cuando la esposa de un mercader próspero le ofrecía un manjar suntuoso, él mostraba la misma gratitud, aunque sólo probara un bocado; pero que cuando una sirvienta se presentaba provista de una bandeja, Mani la despedía: «Ve a decir a tus señores que me traigan la limosna ellos mismos para que yo pueda bendecirlos y darles las gracias».
Así, quería recibir del príncipe, y no de su ayudante de campo, el agua que había pedido.
Y Ormuz volvió, trayendo el cántaro con las dos manos, pero con tanta torpeza que tropezó con un pilar de la tienda; los cortesanos más cercanos hicieron un movimiento para sostenerle, desviando rápidamente los ojos en cuanto él recuperó el equilibrio, para que no advirtiera que le habían visto tropezar.
Atardecía, y Mani, sentado sobre su pierna doblada, a la izquierda de la niña, continuaba vigilando las compresas y mojándolas en cuanto se secaban. Arrodillada muy cerca de él, Denagh se mostraba inquieta, dispuesta a levantarse en cuanto él se lo pidiera. Ormuz, el más nervioso de todos, estaba sentado al otro lado de la niña.
Súbitamente, cuando todo el mundo guardaba silencio, el príncipe dijo:
– Si mi hija se cura, juro no entregar Deb al saqueo. Los habitantes, las casas, los mercados, los lugares de culto, todo será preservado. Pero que mi hija se salve.
Mani no se movió. Solamente dijo, con el mismo tono la plegaria:
– ¡Que el Cielo oiga tus palabras sabias y generosas!
Luego se hizo de nuevo el silencio. Las horas pasaban y, a pesar de la inquietud, el sueño vencía al nieto del rey de reyes. Denagh le sugirió a media voz que tomara algún descanso, prometiendo despertarle en caso de necesidad. El príncipe se tendió allí mismo, con el brazo a modo de almohada.
La luz del día penetraba ya por un lienzo de la tienda que estaba recogido, cuando Ormuz se incorporó. Habían dado las seis; Denagh estaba sentada en la misma postura y Mani vaciaba la última gota de agua sobre la frente de la niña.
– ¿Quieres que llene de nuevo el cántaro? -murmuró el príncipe.
– No hace falta -dijo Mani en voz alta-. El Cielo te ha oído. Tu hija está curada.
Como si respondiera a su llamada, la chiquilla abrió los ojos y sonrió.
– ¿La has despertado? -preguntó Ormuz aún incrédulo.
– He adormecido su mal.
Sin mostrarse turbado por su éxito, Mani incorporó a la niña para que apoyara la espalda sobre un gran cojín; luego, le quitó una a una las compresas y se las dio al príncipe.
– Hay que tirarlas al torrente, en el lugar donde habéis llenado el cántaro.
Ormuz las tomó con las dos manos abiertas, como si se tratara de una valiosa ofrenda. Tenía los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta.