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El Club De Las Chicas Temerarias

Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:

El club de las chicas temerarias está formado por seis prósperas mujeres latinas que se conocen desde que comenzaron la universidad. Provenientes de diferentes ambientes económicos, culturas y religiones, consolidan su inquebrantable amistad reuniéndose cada seis meses, pase lo que pase, para cenar, cotillear, compartir sus éxitos o ayudarse en los peores momentos de sus vidas.
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
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Lleva diciendo este tipo de cosas desde la primera vez que lo hicimos, cuando yo tenía dieciséis años. No soy tímida. Y Roberto es el único con quien he estado, pero está convencido de que ha tenido que haber otros, de tanto como disfruto.

– Ninguna mujer nace con tu gusto por el sexo -me dice-. Alguien te enseñó esta guarrada. Cuando averigüe quién ha sido, más vale que le digas que se esconda.

Intento explicarle que es cuestión de química, que amo su cuerpo, su olor. Pero sospecha. Siempre me acusa de engañarle, aunque le soy completamente fiel.

Fíjate, chica. Si hubieras nacido en este país, pensarías que Roberto tiene ochenta años por su forma de actuar. Y no. Tiene mi edad, veintiocho. Es como la mayoría de los hombres criados en Latinoamérica -o en Miami-, es decir, que cree que sólo hay dos tipos de mujeres: las decentes y las indecentes. Las decentes son asexuadas y te casas con ellas, las llenas de niños y se supone que no disfrutan del sexo. Las indecentes adoran el sexo y las buscas por placer. Así que una esposa que es demasiado atractiva, demasiado sexy en público, demasiado exigente en la cama, es algo negativo para hombres como Roberto. Al principio sus críticas me afectaban, pero después, cuando fui a la Universidad de Boston, Elizabeth me convenció de que asistiera a clases de teoría feminista y allí nos dimos cuenta de que eran chorradas.

Como yo, Roberto lleva muchos años en Estados Unidos y sabe que eso es ridículo. Ya lo hemos hablado. Le he enseñado dibujos del cuerpo femenino y le he explicado que todas las mujeres están constituidas igual y tienen el mismo tipo de respuesta sexual, que hasta su madre tiene clítoris y que funciona de forma parecida a un pene; cosas que aprendí en la universidad y que mi madre jamás se molestó en enseñarme. Me dio una bofetada y se marchó de casa furioso durante unas horas. Fue tan divertida la expresión de su cara cuando se imaginó a su madre teniendo un orgasmo, que mereció la pena.

Por fin reconoció que era natural que una mujer disfrute del sexo:

– … pero no debe gustarle tanto como a un hombre -insistió-. Sólo a las mujeres perturbadas psicológicamente les gusta tanto como a ti.

Oye, chica. ¿Puedes creerlo?

Sigo en ello. Cambiará de opinión.

Pero últimamente, con el embarazo, no disfruto tanto del sexo. Lo hago por guardar las apariencias. Cuando terminamos y Roberto se puso a roncar a mi lado, tuve que salir corriendo al baño a vomitar. No quería que me oyera y se imaginara lo que estaba pasando, ¿entiendes a lo que me refiero? No quiero que lo sepa todavía.

Tengo dos hijos, mellizos, de cinco años, que corren escandalosamente por todas partes y que hacen miles de preguntas por minuto. ¿Qué es esto? ¿Cómo funciona esto? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Uno pensaría que son periodistas especializados, yo no. Dicen que los varones y las hembras son iguales, a menos que uno los críe diferentes, pero no creo que sea cierto en absoluto. Mis enanos eran varones desde el principio; buscan porquerías para meterse en los bolsillos, claman por sus camiones de juguete, corretean por la casa con esas zapatillas de deporte que rechinan en el parquet como loros.

Quiero una niña. Cuando fui a comprar toallas para el baño de abajo el otro día, no pude evitar fijarme en la ropa y juguetes para niñas en los grandes almacenes. Estoy cansada de vaqueros diminutos y coches de carreras. Estoy lista para trajecitos de terciopelo y muñecas.

Que no se me malinterprete. Quiero a mis hijos. Chica, ellos son mi mundo. Todo mi día gira alrededor de ellos: llevarles a la escuela, recogerles, acompañarles a las clases de música y de natación en el gimnasio, peinarles los remolinos antes de ir a la iglesia, bañarlos por la noche, leerles cuentos antes de dormir, confortarlos cuando se despiertan de una pesadilla, cantarles nanas cubanas y hablarles de Miami y cuánto la echo de menos.

Recuerdo que cuando Jonah tenía tres años, le hablé de Miami, como siempre, y un día me dijo:

– Mami, yo quiero ir a tu-ami también.

Me parte el corazón. Es más sensible que Sethy que, siento decirlo, se parece a su padre.

Uno trata de no tener favoritos, y con dos mellizos con idéntico pelo rizado que nadie distingue excepto Roberto y yo, uno se esfuerza aún más por tratarlos exactamente igual. Pero siempre tienes un favorito, aunque no quieras. Mi Ami. Qué niño más dulce. Te lo podrías comer con esos ojazos verdes.

No, te lo juro, chica, sería feliz con tener sólo a estos dos maravillosos y traviesos hombrecillos. Pero una niña me completaría, ¿sabes lo que quiero decir? Una niña nos convertiría en una verdadera familia. Sería alguien con quien podría ir de compras, llevarla en verano a escuchar los conciertos en la Explanada sin que se pasara todo el tiempo buscando un árbol al que trepar para escupir a todo el mundo. Los niños te avergüenzan con su mal comportamiento.

Llevamos tiempo intentándolo, pero quiero esperar a decírselo a Roberto hasta nuestro aniversario en marzo, cuando hagamos nuestro viaje anual a Buenos Aires. Quiero que sea especial. Ha notado que he empezado a engordar, aunque sólo sean unos kilos. Insiste en que coma menos. Siempre me dice que coma menos. Y siempre lo ignoro. ¡Ja!

También se alegrará. Siempre se queja de que nuestra casa es demasiado grande. Vivimos en una casa estilo Tudor de seis dormitorios y tres baños, cerca de la Reserva de Chestnut Hill, en dos acres de terreno con un trocito de bosque propio. Me crié en una casa más grande que ésta en Palm Island, con suelos de mármol, piscina, docenas de palmeras y una entrada porticada. Pero éramos cuatro niños, y hacíamos muchas fiestas, fiestas con motivo de todo lo que se pueda imaginar, con los amigos de Cuba de mami y papi bebiendo mojitos y comiendo pequeños sandwiches con mantequilla y pimientos, comportándose como si no se hubieran marchado de la isla. Nuestra casa en Miami nunca parecía vacía, porque nunca lo estuvo.

Esta casa parece vacía, porque Roberto no tiene ningún amigo de verdad en Boston, sólo conocidos, y no le gusta ver a mis amigas por aquí. Si nos reímos, siempre cree que estamos hablando de él. No hablamos de él en absoluto, pero es difícil explicárselo. Me dejó un labio ensangrentado cuando se marcharon las temerarias de casa la última vez, y he decidido que no merece la pena volver a invitar a mis amigas. Me encanta dar fiestas, planearlas y prepararlas. Pero me gusta más no sangrar.

Todos los amigos de Roberto están en Miami. Allí nuestro matrimonio probablemente sería diferente. La violencia doméstica es rara en la Miami cubana, porque siempre se está de visita. Siempre hay alguien guardándote las espaldas. Mis propios padres se hubieran tratado peor -y a mí- si no hubiera habido siempre amistades y parientes cerca, saqueando la despensa. Somos una familia apasionada, y unos pocos gritos, insultos y golpes nunca han matado a nadie. Van con la familia. Ojalá viviéramos en otro sitio. La agresividad de Roberto empieza a asustarme. Aquí estamos solos. Pero tiene un buen trabajo.

Quiero llenar esta casa de piececitos. Pies de niñas pequeñas, bailando con sus zapatos de charol. Estoy de dos meses y medio. Le dije a la doctora Fisk que no quiero saber el sexo hasta que nazca el bebé, pero sé que es una niña. He tenido tantas náuseas matinales, día y noche. No sé por qué las llaman náuseas matinales si todas las mujeres que conozco lo pasan peor por la noche. A mi madre le pasó conmigo, pero no con mis hermanos. Es una niña. Lo siento. Si me equivoco, seguiré intentándolo hasta que venga la niña.

Yo sé que Roberto quiere un bebé, porque habla de limpiar y nivelar una esquina del patio para volver a poner un parque infantil. Cree que tendremos otro niño, pero él es así, ya sabes. Ya ni le presto atención. No merece la pena. De verdad que no. Te lo juro, chica.

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