La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
La priora suspiró.
– Aplíqueme sus ardides. Todo se mezcla bajo la luna.
– Cuidado con orinar en medio de una corriente de aire.
– Jamás se me ocurriría orinar en medio de una corriente de aire.
Poco después de ese diálogo, Thomas Gunter abandonó el convento. Se alegraba de partir, ya que su capacidad curativa se vería afectada si estaba en compañía de menstruantes. No había visto a la joven monja sobre la que circulaban comentarios tan escandalosos, pero temía la corrupción de su sangre. Le habría gustado interrogar a la priora sobre el tema, pero su melancolía y su notorio agotamiento lo llevaron a tomar la decisión de guardar silencio sobre lo que, sin lugar a dudas, habría sido un tema desafortunado. Enfiló el caballo hacia Smithfield y, en cuestión de minutos, llegó a su barrio; cruzó el Walbrook a la altura del puente de Saint Stephen y giró por Bucklersbury. Vivía rodeado de boticarios y herbolarios, y en la tienda contigua a su consulta reparó en un conjunto de flores secas conocido como «aleluya»; recibía ese nombre porque florecían en el período que media entre la Pascua y el domingo de Pentecostés, cuando se canta el salmo ciento diecisiete, si bien Thomas Gunter estaba más interesado en sus propiedades curativas. Se sabía que las aleluyas eran un antídoto garantizado de los calambres y los accesos, y las empleaba con frecuencia. El boticario lo miraba desde el umbral mientras desmontaba.
– Thomas, que Dios te acompañe y que su cruz te consuele.
– Veo que esta mañana te has levantado piadoso.
– Me he dedicado a proclamar: «¡Aleluya!». -Robert Skeat, el boticario, era célebre por su actitud algo irónica hacia las devociones religiosas-. Espero salvarme.
– Confío en que sea cuando Dios lo decida. ¿Qué tienes para mí?
– Puedo proporcionarte lauréola para el flujo. Y también hiedra terrestre para las hemorragias. -Al hablar, Skeat sonreía, casi como si no diera crédito a sus propias palabras-. Thomas, también tengo arañuela…
– Querrás decir neguilla.
– Si tú lo dices, matasanos. Tengo entendido que es para los que no cagan. También hay manzanilla loca.
– Que huele a mierda. Anoche le di un puñado a la señora Relio.
– Toda su materia procede del mismo agujero. Señor, es una cotorra.
– Lamentablemente, para eso no hay curación. -Thomas Gunter estaba a punto de entrar en su casa, situada encima de la consulta, cuando lo abordó un hombre alto, cubierto con una capa gris-. Lambert, ¿eres tú? ¿Por qué te embozas cuando está a punto de empezar el estío? El exceso de calor provoca hemorroides.
– Señor, en las fosas no hace mucho calor. -Lambert era uno de los carceleros de Poultry Street; llevaba sombrero de ala ancha, que se quitó al entrar en la consulta de Gunter-. Ya sabe a qué he venido.
– ¿Está fresco?
– Murió ayer por la noche. Es lolardo. Lo mataron durante los disturbios en Clerkenwell. Tiene el pelo amarillo.
– Cuanto más caliente está un hombre, más pelo posee.
– Aceptaré cinco chelines.
– ¿Tanto pides por un cadáver que nadie querrá enterrar?
– Cinco chelines. Tiene el pelo amarillo.
Gunter y otros sabían que un cadáver con el pelo amarillo resulta enormemente eficaz. El cuerpo tenía que ser asesinado más que morir de enfermedad. La carne se troceaba y se depositaba en una mezcla de polvo de mirra y áloe; durante veinticuatro horas, se embebía en alcohol de vino y aceite de trementina, y a continuación se colgaba en un lugar umbrío para que se secase sin oler mal. En ese momento, la carne se convertía en un excelente aditamento de las prácticas médicas de Thomas Gunter, ya que detenía el flujo de sangre y ayudaba a cerrar heridas. También contribuía a aliviar la picadura de serpiente y la mordedura de perro rabioso.
– ¿Cuándo me lo traerás?
– Después del toque de queda.
El cuerpo era, sin lugar a dudas, el de un lolardo atrapado a causa del alboroto acaecido durante el auto sacramental de Clerkenwell; había muerto en la cárcel de Poultry Street por la herida que le había asestado el sacristán de la parroquia de Saint Benet Fink, con la ayuda de un báculo de madera con puntera de hierro. No había muerto en gracia, ya que no hubo sacerdote dispuesto a confesarlo. A nadie le importaba lo que sucedía con el cadáver de un hereje; a Lambert le bastó con decir que, por temor a una infección, lo había metido en la cantera de cal de extramuros.
Esa noche dos hombres transportaron un saco por Walbrook. No fue una tarea pesada, y Lambert rechazó el vaso de vino que Gunter le ofreció. Miró colérico a su compañero, Nicholay, que por principio aceptaba cualquier clase de bebida. Permanecieron en la consulta del médico, incómodos, con la carga sobre un banco del rincón, rodeados de frascos, botellas, cajas, redomas, pergaminos y cráneos de animales de tamaño pequeño. No tenían muchos temas de los que hablar.
– Esa verruga está lo bastante madura como para extirparla. -Gunter tenía la mirada fija en el cuello de Nicholay.
– ¿Ahora, maese Gunter? -Repentinamente Nicholay se mostró preocupado.
– No, ahora no. No estamos en el mes del cuello. Tauro es el signo del cuello y la garganta. Nicholay, el cirujano no corta un miembro del cuerpo a menos que la luna esté en el signo que corresponde. Tomemos tu cabeza. -Nicholay no supo cómo interpretar esa petición-. Aries, que es un signo ardiente y moderadamente seco, rige la cabeza y su contenido.
– Si lo hay -comentó Lambert, impaciente por irse.
– Cuando la luna esté en Aries me encontraré en condiciones de operarte la cabeza y la cara o de abrirte una de las venas de la cabeza. Por si no lo sabes, el médico también debe ser astrónomo. Piensa en los mismos términos en tu picha y en tus testículos. -Nicholay lo observaba con gran seriedad-. Reposan en Escorpio.
– Se equivoca, maese médico. Siempre reposan en su esposa. Nicholay, tenemos que irnos. -Lambert carraspeó y echó un vistazo al cadáver-. Antes de partir, queremos nuestro dinero.
Gunter subió la escalera hasta la vivienda y regresó con cinco chelines envueltos en un trozo de tela.
– ¿Puedo pediros que lo bajéis?
Los carceleros recibieron instrucciones y descendieron por la escalera de piedra de la cripta; en el espacio abovedado colgaban cuchillos, sierras y varios instrumentos de pequeño tamaño. Depositaron el saco sobre una plancha de piedra jaspeada que se apoyaba en dos gruesas columnas de caliza.
En cuanto los hombres se retiraron, Gunter cortó el saco con la ayuda de unas tijeras de gran tamaño y estudió el cuerpo. Como aún olía a cárcel, lo limpió con un paño de hilo remojado en trementina. Era un cuerpo menudo y delgado; Gunter comentó de viva voz que parecía consumido por los rezos y los suspiros. Quería realizar dos rituales más antes de emprender su oficio secreto. Cogió una vela encendida del candelabro de la pared y examinó con suma atención los ojos del cadáver; la imagen del asesino no era visible, aunque en ese mismo instante el sacristán de la parroquia de Saint Benet Fink tuvo la extraña sensación de que lo vigilaban. A continuación, el galeno untó con aceite la uña del pulgar del fallecido y la estudió en busca de imágenes inmediatamente anteriores a la muerte. Una vez más, comprobó que no había nada visible.