La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
el mensaje al que nuestro auto está dedicado.
Era una mañana despejada y el sol iluminó la máscara dorada de Dios, que en ese momento desfiló con los zancos por delante de los presentes; lucía una túnica blanca con soles dorados bordados y alzaba los brazos a modo de saludo. Miraba hacia delante, por encima de los ojos de los congregados, hacia las hileras de bancos de madera que ocupaban los dignatarios de la ciudad.
Es mi voluntad que así sea.
Es, fue y así será,
yo soy y siempre he sido.
El sacristán de Mary Abchurch, que interpretaba ese papel, era célebre por su carácter severo e inflexible. En cierta ocasión, había acusado a un niño de sacrilegio por jugar a la pelota en la nave de la iglesia y durante una semana había suspendido los oficios religiosos; llevó al niño ante el tribunal obispal y solicitó su excomunión, si bien la acusación fue rechazada, ya que era lo más sensato. De todas maneras, en el papel de Creador parecía poseer autoridad sobre los cientos de ciudadanos congregados. Al fin y al cabo, interpretaba a la divinidad colérica del Antiguo Testamento. La máscara aumentaba y amplificaba su voz:
Yo, Dios, que todo el mundo he forjado,
cielo y tierra de la nada he sacado,
veo que mi pueblo, con actos y de pensamiento,
dolores de cabeza ha provocado.
El excelso cántico de Dios había provocado en el público un silencio rayano en el miedo; de todos modos, ese estado de ánimo se interrumpió bruscamente cuando un niño gritó:
– ¡Paso! ¡Abran paso! ¡Maeses, abran paso! ¡Aquí llega el actor!
Un chiquillo a lomos de un burro se adentró en el espacio que se extendía ante el arca y el escenario.
Alegría, alegría, júbilo y contento,
aquí estoy yo, un muchacho divertido,
de nombre Jafet, soy hijo de Noé
y mi padre me ha pedido que en el habla no sea excesivo.
El muchacho que interpretaba a Jafet era, de hecho, correo y mensajero de la cofradía de los sacristanes de Garlickhythe. Lo apodaban Bullet y a menudo, en las carreras por las calles de Londres, competía con colegas de otros gremios, como Slingaway de los merceros, Gobithasty de los tenderos de ultramarinos y Truebody de los pescaderos. Bullet era famoso por su desfachatez y su rápido ingenio, y en el papel de Jafet utilizaba sus cualidades con tanta pericia que daba la sensación de que representaba a un joven de la ciudad. El burro habló con éclass="underline"
Castigarme ahora sería una vergüenza.
Bien lo sabes, amigo Jafet,
jamás has tenido un burro como yo.
Al oír esas palabras Jafet respondió:
– Burro, bésame el rabo.
Sólo se trataba de la primera de las numerosas groserías que el burro y el amo intercambiaron y que concluyeron con el falso intento que el chico hizo de penetrar a la bestia por detrás. La señora Agnes reunió a algunas de las monjas que asistían a la representación y, tras muchas amenazas, las condujo al interior del convento.
Entre tanto, Dios permaneció ante los congregados y su máscara dorada reflejó los destellos del sol. Al final, el muchacho se alejó en medio de grandes vítores y gritos de «¡Claro que sí, Bullet!». Ante la señal convenida, Noé hizo acto de presencia en la tarima elevada. Philip Drinkmilk, sacristán de la parroquia de Saint Olave, había estudiado las artes del disfraz antes de interpretar el papel de Noé. Su padre era pintor escenógrafo de los espectáculos que tenían lugar en Londres, y lo había acompañado a las grandes mascaradas y entremeses que celebraban el ciclo anual en la ciudad. Un grupo de actores ambulantes fue contratado en los primeros días de 1382 para celebrar la llegada de Ana de Bohemia, la joven prometida del rey Ricardo; también habían contratado al padre de Philip Drinkmilk para que fabricase las máscaras para los diversos dramas de la Pasión. A costa del erario de la ciudad, se habían alojado en la posada Castle, de Fish Street, y en compañía de su padre Philip los había visitado en lo que denominaban la «sala de vestidos». Recordaba claramente el miedo abrumador que había experimentado cuando se le acercó un oso gimiente y su alivio repentino al ver que el rostro de un hombre asomaba de la piel y decía: «Bienvenido. Si las ratas no te matan, lo harán los piojos».
Trabó amistad con ese hombre, un actor joven que sólo respondía al nombre de Herbert y que, para gran regocijo de la compañía, aireaba sus ventosidades en Fish Street. Herbert enseñó a Drinkmilk los trece signos de la mano, que simbolizan los diversos sentimientos, y los ocho de la cara. También le explicó el sentido de los colores: el amarillo es la representación de los celos, el blanco de la virtud, el rojo de la cólera, el azul de la fidelidad y el verde de la deslealtad. Un buen actor lucía varios y, de ese modo, creaba una interpretación de gran interés y sutileza. Gracias a su tutoría, Philip Drinkmilk se convirtió en mimo; aprendió los diálogos de Grimalkin, nuestro gato, y en poquísimo tiempo dominó gestos y expresiones. En la reducida sacristía de Saint Olave, solía ejecutar complicadas reverencias y rebuscados pasos de baile; a veces daba vueltas en el centro de la estancia y entonaba fragmentos de las últimas canciones.
Para interpretar el papel de Noé, adoptó una actitud de hastío; tenía las palmas de las manos paralelas al suelo y el cuerpo ladeado. Su rostro se había convertido en el espejo de su alma, miraba hacia arriba y tenía la boca entreabierta. Llevaba una túnica azul y escarlata; vistió de azul como recuerdo de su fidelidad y de escarlata como muestra de su temor, al tiempo que la combinación de ambos colores se convertía en emblema del sufrimiento. Cuando Dios volvió la espalda a los presentes y se alzó ante él, Noé se tumbó en el escenario.
Con la misma entonación rítmica que el público creía procedente de una fuente que estaba más allá del habla o del canto, Dios ordenó a Noé que construyese un arca y que refugiara en la nave a una pareja de cada animal o ave de la tierra. El que el arca ya fuese visible desde el terreno comunal carecía de importancia; en la reducida zona de Clerkenwell, pasado, presente y futuro se entremezclaban. Los reunidos sabían exactamente qué sucedería, pero la representación siempre los sorprendía y divertía. Rieron cuando, presa del temor y tembloroso, Noé se dirigió a Dios. Estaba claro que no temblaba por respeto a la presencia de la divinidad, sino por miedo a la ira de su esposa.
La mujer de Noé se balanceaba en el columpio, y en el otro extremo subía y bajaba una de sus amigas chismosas. Era un momento cómico, ideado por el maestro de celebraciones, y entonces sus enaguas se arremolinaron y dejaron al descubierto la sucia ropa interior; ambas llevaban botellas y remedaron las palabras de una acalorada disputa. En medio de las risas generalizadas, la esposa de Noé abandonó el columpio y se dedicó a arañar la cara de la chismosa. Al ver que Noé se acercaba con paso lento, la mujer se arremangó las faldas como si se aprestase para el combate.