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Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:

En el año 1399 circulan rumores apocalípticos por un Londres en un momento de terrible agitación. El convento de Santa María y el priorato de los caballeros templarios se comunican por un túnel subterráneo, el mismo en el que sor Clarisa vino al mundo. La joven novicia se ha convertido en centro de polémica por sus vaticinios, siendo considerada por unos una santa y por otros una simple loca. Una serie de acontecimientos extraños unidos a un cadáver, contribuirán a aumentar la inquietud de los habitantes de Londres y la secta de Dominus empieza a ir de boca en boca.
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
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Oswald Koo estaba a punto de hablar, cuando un movimiento brusco entre los congregados fue seguido por una batahola de silbidos y burlas. Algunos asistentes echaron a correr al tiempo que gritaban «¡ídolos!» e «¡Imágenes del demonio!». Un miembro del público corrió hacia Dios y, para horror del gentío, lo derribó de los zancos. Otro arrebató la máscara dorada de la cara de Dios y la pisoteó al tiempo que gritaba: «¡Cara falsa de hijo de perra!» El administrador tuvo la sensación de que, en ese preciso momento, la muchedumbre se convertía en un ser vivo con un único propósito. Se arrojó contra los atacantes del auto sacramental. Se oyeron gritos de «¡Lolardo!» y «¡Anticristo!» a medida que se lanzaban contra los agresores y les propinaban una buena paliza. Un hombre recibió un martillazo entre los hombros y, a continuación, le golpearon la cara con la empuñadura de la espada; otro fue acuchillado con un puñal largo llamado «misericordia» y murió en el acto.

La revuelta acabó tan rápido como había empezado, y sólo dos lolardos seguían vivos; tenían los huesos rotos y los cuerpos ensangrentados, pero todavía respiraban. Fueron prestamente enviados a la cárcel, donde no tardaron en fallecer a causa de las heridas. En ese año terrible, fue la única ocasión en la que se vio a los lolardos.

Capítulo X

El cuento del doctor en medicina

La priora había sido presa de la fiebre, la calentura, el reuma o vete tú a saber qué. Según le explicó a cuantos la rodeaban, estaba muy enferma. Se sentía apesadumbrada y pesada. Envió pis en una redoma al médico del convento para que, según sus propias palabras, «la iluminara con su comprensión» y averiguase si debía «remediarlo o frustrarlo». Con el mismo ganapán que había transportado la orina, el médico le mandó recado de que sólo prosperaría en este mundo en el caso de que comiese camarones. Los camarones permiten la recuperación de las personas enfermas y consumidas porque son los seres más ágiles, ingeniosos y saltarines que quepa imaginar; también poseen los mejores jugos para las curaciones, aunque la priora debía cerciorarse de que los pelaba para dar rienda suelta a su flatulencia, de la que surgen la concupiscencia y el placer sexual. Agnes de Mordaunt se tomó como una afrenta personal la alusión al placer sexual.

Siguió las recomendaciones del capellán de monjas, y consultó a Thomas Gunter, el famoso médico que tenía consulta en Bucklersbury. Le envió una carta con sus síntomas, que incluían pesadez de estómago y nebulosidad de la vista. El galeno respondió con caligrafía muy rebuscada: «¿Tiene caléndulas? Querida hermana en Dios, basta con mirar las caléndulas para reforzar la vista. De todos modos, hay que recogerlas cuando la luna está en el signo de la Virgen». También añadió que «el jugo de la caléndula es muy adecuado para la inflamación de los senos», pero la priora dejó correr ese comentario. El médico estaba muy desconcertado por la pesadez de estómago y aconsejaba que mezclase grasa de berraco, de rata, de caballo y de tejón, escabechara la mezcla en vinagre, añadiese salvia y se la extendiera sobre el vientre. «Señora, en este momento no puedo escribir nada más, aunque espero que el Espíritu Santo la tenga bajo su custodia. Escrito en Londres el lunes posterior a Corpus Christi.» En la postdata, acotaba que contaba con un bote del mentado ungüento para el estómago en el caso de que las queridas hermanas no pudiesen conseguir las grasas necesarias.

Por la noche, el viento cambió de dirección. Procedía del norte y se consideraba que purgaba los vapores malignos. Era lo que la señora Agnes había leído en el Cantica canticorum: «Arrecia, viento del norte, y perfecciona mi jardín». El nuevo aire no la refrescó. Envió un mensaje a maese Gunter y le preguntó si sería tan cortés y amable como para visitar el convento, «adonde encontrará un cuerpo sufriente». El médico llegó a caballo tres horas después.

Thomas Gunter era un hombre menudo que parecía físicamente abrumado por la capa y la capucha, forradas en piel, que caracterizaban su profesión. Se movía deprisa (posteriormente la señora Agnes diría que parecía andar sobre ruedas), y su aguda mirada no tardó en captar los detalles de los ademanes y aspecto de la superiora. La priora estaba sentada en una silla de respaldo alto cuando Idónea acompañó al médico a su cámara. Gunter le besó el anillo y miró la bandeja que tenía al lado.

– ¿Camarones? Señora, ¿qué hacen aquí estos camarones? -Tenía un tono rápido y animado, como el trino de un pájaro enjaulado-. Un pescado con esta piel afecta excesivamente a los enfermos. Alimenta los humores amargos.

– Me aconsejaron que…

– ¿Acaso no sabe que para los enfermos la fiera domada es mejor que la salvaje? Mi querida señora, necesita una carpa del vivero más que un camarón de la orilla del mar. -El mono de la priora toqueteaba el maletín de cuero de Gunter, en el que guardaba los instrumentos de su oficio.

– Querido Adán, un poco de paciencia -susurró al simio-. Todo será revelado. Señora, hábleme de sus humores.

– Melancólico. -La priora dejó escapar un ligero eructo y se tapó la boca-. Y un poco flemático.

– En ese caso no le aplicaré ventosas.

– Maese Gunter, le agradecería que me purgara. Noto una materia malsana asentada en mi interior. Me resulta imposible conciliar el sueño.

– Tengo píldoras que provocan el sueño. Dígale a las monjas que acudan al palomar. El estiércol de paloma es soporífero cuando se aplica en las plantas de los pies.

– ¿Trae el ungüento al que se refirió en su carta?

– Me lo he pensado mejor y no estoy seguro de que sus virtudes naturales sean adecuadas en su caso. Necesito tiempo y espacio para reflexionar. -Abrió el maletín-. La prisión de su melancolía reside en su bazo. -Extrajo un pote de barro-. Esta medicina es buena porque purga el humor de esos lugares nocturnos. ¿Bebe mucha leche?

– Tengo esa debilidad.

– Me alegro. Es excelente. La leche resulta muy buena para la melancolía. Evite las avellanas. Sientan mal al cerebro. Por otro lado, coma jengibre fresco. Aguza la memoria y es posible que le proporcione alegría.

– Maese Gunter, mi memoria no es de cosas alegres. Sobrellevo mis cargas.

– Sea como sea, mi apreciada priora, se lo recomiendo encarecidamente. También ha de tomar huevos. Por la noche es mejor que se alimente de huevos escalfados. Los huevos frescos y asados son aptos por la mañana, aderezados con una pizca de sal y otra de azúcar. Como comprenderá, no se trata de una dieta estricta. Es muy sencilla. Señora mía, no olvide lo que voy a decirle. Si desobedece mis órdenes o pierde la paciencia, podría ser víctima de un grave peligro. ¿Me permite? -El médico le apoyó las manos en las yemas de los dedos-. Es necesario aceite de rosas para calentar esta zona. -Extrajo del maletín un pequeño recipiente de cristal-. Antes de dormir, debe extender uniformemente sobre su vientre esta sustancia.

– ¿Qué es?

– Se trata de una mezcolanza inventada por mí. Contiene estiércol de caballo, que recibe el nombre de lutum sapien. También incorpora polvo de plumas de gallina quemadas y pelaje de liebre. Es seco en cuarto grado. -Levantó el recipiente para que la religiosa lo inspeccionara-. Dado que procede de diversos cuerpos, surte efecto en distintas constituciones.

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