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Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:

En el año 1399 circulan rumores apocalípticos por un Londres en un momento de terrible agitación. El convento de Santa María y el priorato de los caballeros templarios se comunican por un túnel subterráneo, el mismo en el que sor Clarisa vino al mundo. La joven novicia se ha convertido en centro de polémica por sus vaticinios, siendo considerada por unos una santa y por otros una simple loca. Una serie de acontecimientos extraños unidos a un cadáver, contribuirán a aumentar la inquietud de los habitantes de Londres y la secta de Dominus empieza a ir de boca en boca.
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
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* * *

Oswald Koo, el administrador, había regresado al cobertizo para carros antes de que empezase el auto sacramental; uno de los carreteros se había quejado de la calidad de los clavos, y Koo quería pesarlos y medirlos personalmente. También debía cumplir las instrucciones de la señora Agnes. Había retirado la paja orinada y, en el momento en que Noé y su esposa se disponían a pelear, había recorrido cuidadosa y silenciosamente la parte trasera del escenario. No quería molestar a los actores, pero estaba convencido de que los trabajadores le habían robado madera para construir el arca. Buscaba la marca del convento, una cierva perfilada con tinta roja, en el borde de las planchas. No encontró nada y, fuera de la vista tanto de los intérpretes como del público, cruzó el extremo del campo comunal y se adentró por Turnmill Street. En ese momento, avistó algo en Black Man Alley; estaba apoyado en la pared, pero se irguió en toda su estatura para mirarlo. Era más horrible que un dragón. Tenía patas de lagarto, alas de ave y cara de niña; le acercó las garras a la cara, lanzó un grito y huyó por el callejón. La bestia oyó claramente el ruido de los reunidos en Clerkenwell Green al pasar junto al vivero y la bolera. ¿De qué monstruo se trataba? A Oswald Koo todavía no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que fuera un actor disfrazado, que quizá desempeñaba el papel de uno de los demonios de Lucifer. Por otro lado, había reconocido en el acto la imagen de la condenación y el juicio. Tuvo la certeza de que el rostro que había vislumbrado era el de sor Clarice.

* * *

Ocho meses antes Oswald Koo la había seguido hasta los campos; la había esperado y había estado atento a su llegada. Al ver que Clarice abandonaba el molino cargada con dos sacos, le había preguntado si podía ayudarla. La miró francamente mientras hablaba y, tras rechazar su ofrecimiento, la monja bajó los ojos.

– Bien, hermana, ¿cómo estás?

– Bastante bien, a Dios gracias.

– ¿Te gusta esta vida?

– No conozco otra, maese Koo.

– Tienes razón. Desde que eras muy pequeña… -Se detuvo, pues le dio miedo hablar. En ese instante los años de silencio se desbordaron a su alrededor y ya no pudo permanecer callado-. Clarice, yo conocí a tu madre.

– Nadie la conoció.

Clarice se persignó y clavó la mirada en el barro. De pequeña, Agnes de Mordaunt le había dicho que la habían encontrado, abandonada, en los escalones de la sala capitular.

– Eso no es cierto -aseguró con toda la delicadeza de la que fue capaz-. Antaño estuvo entre nosotros.

– ¿Qué quiere decir? ¿Qué significa que «estuvo entre nosotros»?

– Perteneció a la orden.

– Oswald Koo, ¿cómo lo sabe?

– Por aquel entonces yo era todavía muy joven, mi cargo era el de segundo alguacil del convento. Tenía el ardor de los jóvenes. Tu madre se llamaba Alison. -El administrador titubeó-. Era chantresa. Murió de parto. -Su mente se alejó por un momento de la monja y cuando regresó estaba sin aliento-. Por casualidad, ¿recuerdas los túneles?

La historia de los túneles había llegado a sus oídos incluso de niña, y con frecuencia se había preguntado por qué las hermanas la trataban como si fuera un objeto olvidado del convento. Ciertamente, recordaba un lugar de piedra que parecía secreto. Estaba poblado de quejidos y de cólera. Clarice relacionaba la piedra con el llanto y la iniquidad.

– Ya he dicho que era joven. Tu madre y yo…, bueno, fue un error. Fue un accidente.

Oswald Koo había copulado con Alison junto al río Fleet. Aún evocaba horrorizado el instante en que el delgado condón de cuero o cubrepene se había partido, lo que permitió que su simiente se derramara en el interior de la joven monja.

– ¿Yo fui el fruto de su vientre? -Clarice mantuvo la calma.

– Yo fui tu semilla.

– Pero no me reclamó ni me reconoció.

– No podía. Al fin y al cabo, sólo era un siervo más.

– En ese caso, no me quería. -Seguía sin manifestar el más mínimo sentimiento.

– Clarice, ¿has dicho querer? No te conocía. De todos modos, te vi crecer entre las paredes del convento. A menudo las monjas fueron severas contigo.

– Lo sé. Me convertí en la representación de lo pecaminoso.

– Sufrí contigo cuando te golpearon con cirios. Y me sentí exaltado cuando, en vísperas, te oí cantar O altitudo. Entonces me sentí orgulloso de ti. Nadie sabe que soy tu padre. Achacaron tu nacimiento a un monje hospitalario.

Por eso jamás dejé de alabarte ante la señora Agnes. Cada noche rezo a Dios y a todos los santos por tu alma.

– Puede quedarse esas oraciones. No las necesito. -Clarice suspiró y depositó en el suelo los sacos de trigo. Se limitó a preguntar-: ¿Los llevará a la cocina?

La monja cruzó el campo hasta desaparecer de la vista. Se tumbó en la hierba y dio puñetazos en la tierra. No dejó de susurrar:

– Querida madre, déjame entrar. Déjame entrar.

Al día siguiente, tuvo la primera visión.

* * *

Al ver a la serpiente con rostro infantil, Oswald Koo temió que fuese la personificación del mal que había cometido. Decidió seguir rápidamente su camino, a pesar de que estaba convencido de que carecía de verdadera forma externa.

El administrador pasó junto al vivero de peces, en el que vio reflejada su imagen culpable correteando por la superficie, y avanzó hasta la bolera vacía. El ruido del público, aposentado unas cuantas yardas al norte, iba en aumento. Dobló la esquina… y se detuvo en seco. Sor Clarice y el monje Brank Mongorray hablaban diligentemente. El monje retrocedió con la intención de sermonearla, y la hermana alzó las manos como si rezara. El administrador sólo oyó las palabras «Irlanda» y «botín», pero no entendió el sentido. No había vuelto a hablar con su hija desde su confesión junto al molino, y Clarice había desviado la mirada cada vez que se habían cruzado. En ocasiones, tenía la sensación de que las voces y las profecías de la monja eran un modo de no dirigirle la palabra. Clarice lo miró y la oyó decir, como en medio de un sueño: Noli ni tangere. El administrador se apartó y desanduvo lo recorrido hasta Turmill Street.

Al llegar al terreno comunal, dos hijos de Noé, Cam y Sem, sostenían imágenes pintadas de los animales que, según se suponía, introducían en el arca. Vio dos unicornios, dos monos, dos lobos y otros seres que, al parecer, carecían de nombre. A continuación, Noé y Jafet entraron con parejas de animales de verdad: dos vacas, dos ovejas, dos bueyes, dos burros y dos caballos que atravesaron una abertura de la parte delantera del arca de madera. El administrador los observó con atención, quería confirmar si el ganado pertenecía al convento. Varios carpinteros mecieron el arca mientras, por detrás, elevaban y sacudían telas pintadas que representaban grandes mares y oleajes. Por último, levantaron una gran cinta a la que habían pegado plumas pintadas, con la que simbolizaron el arco iris, y una vez más Dios volvió a caminar con los zancos.

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