La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
Miles Vavasour, a quien le encantaba plantear preguntas, inquirió:
– ¿Y cómo tienen que discurrir las cosas?
– He hecho correr la voz entre los predestinados de que cinco portentos acelerarán el día de la liberación -replicó Exmewe-. ¿Conocéis el antiguo dibujo de los cinco círculos entrelazados? -Era el signo empleado por José de Arimatea y una de las pruebas de la iglesia primitiva-. Ha quedado maravillosamente grabado.
– Por lo tanto, ¿faltan tres? -El abogado, Miles Vavasour, estaba orgulloso de su veloz ingenio-. El oratorio y lo ocurrido en San Pablo han sido el primero y el segundo.
– Les seguirán el Santo Sepulcro, Saint Michael le Queme y Saint Giles. En todos los puntos de la ciudad.
Manifestaron su aprobación mediante un murmullo. Sus voces poseían la confianza del poder y se llevaban muy bien entre sí. Su comportamiento era jovial, casi desenfadado. Se mostraban sinceros, confiados y libres. La convicción tácita entre ellos habría sostenido que, del mismo modo que no existe nada antes del nacimiento, tampoco hay nada después de la muerte. Por consiguiente, lo sensato era disfrutar de este mundo mientras uno podía hacerlo. Las cuestiones religiosas se usaban para dominar al pueblo y fomentar el buen orden. Se trataba de una creencia que los prelados del grupo también aceptaban.
Sir Geoffrey de Calis volvió a llamarlos al orden.
– Habrá más incendios y destrucción -afirmó-. Enrique regresará a Inglaterra y convocará una gran hueste. Si derrota a Ricardo, habrá que considerarlo el salvador de la Iglesia. La primera ley del respeto es la necesidad. Luego le sigue el miedo. Mientras tanto, debemos permanecer inmóviles como las piedras. Nadie debe enterarse de nuestras ideas. No se trata de lo que hagamos, sino de lo que no hacemos.
Al abandonar la estancia, algunos se inclinaron para besar el anillo de sir Geoffrey; lo llevaba en el tercer dedo de la mano izquierda, cuyo nervio comunicaba directamente con su corazón palpitante.
Cuando todos se perdieron en la noche, el caballero subió la escalera de la torre hasta el salón de documentos de la segunda planta. Contenía un cubículo en el que una persona estaba arrodillada y murmuraba las sacras palabras del Evangelio Oculto.
– Verias. Gadatryme. Trumpass. Dadyltrymsart -musitaba sor Clarice. Se volvió hacia sir Geoffrey-. Buen caballero, todo saldrá bien. Todo, absolutamente todo saldrá bien.
Capítulo IX
La priora, Agnes de Mordaunt, se detuvo ante la puerta principal del convento y suspiró. Se volvió hacia el administrador, Oswald Koo, con expresión de furia apenas suavizada por el hoyuelo de la barbilla.
– ¡Bajo ningún concepto les permita usar nuestros graneros! ¡Mírelos! ¡Son prestidigitadores ruines y desagradables que no dudan en aplicar complicados mecanismos! Ya han orinado en la paja que pensábamos extender por la iglesia.
Agnes de Mordaunt miraba a los trabajadores que todavía construían el arca de Noé en el terreno comunal. Era la segunda jornada de los misterios que cada año se celebraban en Clerkenwell, durante la semana del Corpus Christi, bajo la guía y la supervisión de la hermandad de sacristanes. Cerca del arca habían construido una tarima elevada y la tela pintada que colgaba encima simbolizaba la fachada de la casa de Noé. La representaban como si se tratara de la casa de un mercader en Cheapside, salvo por el columpio que habían colocado delante del telón.
Tras el escenario, se desarrollaba una gran actividad a medida que los actores se disponían a representar sus papeles. La mañana anterior, Noé y su esposa habían hecho de Adán y Eva y cambiado sus disfraces de cuero blanco por prendas más corrientes, como túnicas y vestidos.
– Vamos, Dick. ¡Vamos! -El sacristán de Saint Michael en Aldgate interpretaba a la esposa de Noé; rió cuando el encargado de los trajes le anudó a la espalda un par de pechos postizos-. Aprietan tanto que no puedo respirar.
– Pese a ser una mujercita, provocas una gran conmoción. Ponte la peluca con tus propias manos.
Aunque la peluca de esposa de Noé parecía un enorme lampazo amarillo, el sacristán de Saint Michael la levantó respetuosamente por encima de su cabeza.
En el carro de los disfraces, había máscaras con estrellas y lentejuelas pegadas, cintas, sombreros, chaquetas, serpentinas y varias barbas postizas y espadas de madera. El sacristán de Saint Olave, que interpretaba a Noé, estaba apoyado en el vehículo y bebía cerveza de una botella de cuero.
– Si me eructas en la cara conocerás mi puño -advirtió la esposa de Noé.
– Es imprescindible, buena esposa. Si tengo el estómago vacío, me fallan las fuerzas.
Pintaban los rostros de Cam y Jafet con grasa y azafrán, al tiempo que Dios practicaba caminando con zancos por la orilla que bajaba hasta el Fleet. Junto al terreno comunal, se había reunido bastante gente. Algunos de los asistentes intercambiaron bromas con los carpinteros, que treparon por el arca y que en ese mismo momento izaron el palo.
Uno de los actores gritó una lindeza y la priora se tapó las orejas con las manos.
– Ay, esta vida pecaminosa… Aufer a nobis iniquitates nostras. -El administrador se persignó y preguntó si podía volver al cobertizo para carros-. Sí, abandonemos este valle de vanidad.
Sin embargo, la señora Agnes se quedó y fue testigo de cómo el público se congregaba; visitantes distinguidos ocuparon los bancos de madera, entre ellos el caballero Geoffrey de Calis y uno de los segundos alguaciles, mientras el gentío se aposentaba en el terreno comunal. A las nueve de la última mañana de mayo, la priora musitó en voz muy baja:
– ¿Qué es eso que se acerca?
Un hombre con ceñido traje rojo y gorra puntiaguda del mismo color se había detenido junto al pozo; su caballo también estaba engualdrapado de rojo y habían cosido cascabeles a la silla de montar.
– ¡So! ¡So! -gritó y aguardó a que las voces del público se acallaran. Se trataba del sacristán de Saint Benet Fink, más conocido por los londinenses como el maestro de celebraciones que desde hacía muchos años organizaba las representaciones de Clerkenwell. Era famoso por su alegría; tal vez era excesiva, ya que su felicidad evidente e inagotable hacía que los demás se sintiesen inferiores e incómodos-. ¡So! ¡So!
Se hizo la calma.
Ciudadanos soberanos, he sido enviado aquí
para daros un mensaje.
Rezo para que todos los presentes
atendáis con buenas intenciones