Tiempo muerto [Fade Away-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tiempo muerto [Fade Away-es]». Краткое содержание книги:
– Supón que Downing la mató y huyó -dijo Dimonte.
– Eso es mucho suponer.
– Sí, pero encaja.
– ¿Cómo?
– Según lo que has dicho, el sábado por la noche vieron a Downing con la víctima. ¿Qué te apuestas a que Peretti descubrirá que la muerte se produjo más o menos a esa hora?
– Eso no significa que Downing la matara.
Dimonte siguió acariciando la bota. Un hombre pasó patinando, seguido de su perro, que intentaba, sin aliento, no quedar rezagado. «A alguien debería ocurrírsele fabricar patines para perros», pensó Myron.
– El sábado por la noche -dijo el policía-, Greg Downing y la víctima se encuentran en un restaurante del centro. Se van alrededor de las once. Poco después, descubrimos que ella ha muerto y él ha desaparecido. Todo apunta a que Downing la asesinó y huyó.
– Apunta a docenas de cosas.
– ¿Por ejemplo?
– Que Greg fue testigo del asesinato, se asustó y huyó. Tal vez presenció el asesinato y lo raptaron. Tal vez lo asesinaron los mismos que mataron a la mujer.
– ¿Y dónde está su cadáver?
– Podría estar en cualquier sitio.
– ¿Por qué no lo dejaron aquí con el de ella?
– Tal vez lo mataron en otra parte, o se llevaron el cadáver porque es famoso y no querían esa clase de publicidad.
Dimonte desechó la teoría con un ademán.
– Estás desvariando, Bolitar.
– Y tú también.
– Quizá. Sólo hay una forma de descubrirlo. -Dimonte se levantó-. Tenemos que conseguir como sea una orden de busca y captura.
– Eh, espera un momento. No me parece una buena idea.
Dimonte miró a su interlocutor como si fuera una caca de perro.
– Perdona -dijo con fingida cortesía-. Me habrás confundido con alguien a quien le interesan tus jodidas opiniones.
– Estás sugiriendo lanzar una orden de busca y captura contra un querido y admirado héroe del deporte.
– Y tú estás sugiriendo que haga la vista gorda porque es un héroe querido y admirado del deporte.
– Nada de eso -repuso Myron-. Imagina las consecuencias. La prensa se enterará. Todo el mundo hablará de ti. Pero hay una diferencia. No tienes nada contra Downing. Ni móvil ni pruebas. Nada.
– Aún no, pero es pronto…
– Exacto, es pronto. Sólo te pido que esperes un poco. Y no te pases ni un pelo, porque todo el mundo estará pendiente de ti. Y dile a esos que has dejado arriba que lo graben todo en vídeo. No dejes nada al azar. No permitas que nadie venga después y diga que manipulaste o contaminaste algo. Consigue una orden judicial antes de ir a casa de Downing. Guíate por el reglamento en todo momento.
– Puedo hacer todo eso y además lanzar la orden de busca y captura.
– Rolly, supón que Greg Downing la mató. Si lanzas una orden de busca y captura, ¿qué pasará? Uno, quedarás como un testarudo sin remedio. Se te metió en la cabeza que Downing era el asesino y punto. Dos, la prensa no te dejará en paz. Vigilará todos tus movimientos, intentará que te remitas estrictamente a las pruebas, pondrá en entredicho todo lo que hagas. Tres, si arrastras a Greg hasta aquí, ¿sabes de qué clase de gentuza vendrá acompañado?
Dimonte asintió y, con expresión hosca, masculló:
– De jodidos abogados.
– El equipo de ensueño de la profesión. Antes de que te enteres, estarás hundido hasta las cejas en recursos de apelación. Bien, ya conoces la rutina.
– Mierda -dijo Dimonte.
Myron asintió.
– ¿Ves a qué me refiero?
– Sí, pero olvidas algo, Bolitar. -Dimonte mordisqueó con energía el palillo-. Por ejemplo, si lanzo una orden de busca y captura, tu pequeño equipo de investigación se va al carajo. Pierdes el caso.
– Es posible.
Dimonte lo estudió con una leve sonrisa.
– Eso no significa que hayas dicho tonterías. No quiero que creas que no entiendo la situación.
– Me lees como Vasco da Gama leía los mapas -dijo Myron.
Dimonte lo miró fijamente por un instante.
Myron reprimió el deseo de poner en blanco los ojos.
– Vamos a hacer lo siguiente -dijo Dimonte-. Vas a seguir en el equipo y vas a continuar con tu pequeña investigación. Por mi parte, intentaré no revelar lo que me has contado, siempre que… -alzó un dedo para subrayar sus palabras- sea beneficioso para mi caso. Si descubro algo que incrimine a Downing, nadie lo librará de esa orden de busca y captura. Y me tendrás informado en todo momento. No vas a ocultarme nada. ¿Alguna pregunta?
– Sólo una -dijo Myron-. ¿Dónde has comprado esas botas?
13
Camino del entrenamiento, Myron llamó desde el teléfono del coche.
– Higgins -contestó una voz.
– ¿Fred? Soy Myron Bolitar.
– Eh, cuánto tiempo. ¿Cómo te va, Myron?
– No puedo quejarme. ¿Y tú?
– En el Departamento del Tesoro las emociones se suceden a razón de una por minuto.
– Sí, me lo imagino.
– ¿Cómo está Win? -preguntó Higgins.
– Como siempre.
– Ese tipo me saca de quicio, ¿sabes a qué me refiero?
– Sí -contestó Myron.
– ¿Echáis de menos trabajar para los federales?
– Yo no -repuso Myron-. Creo que Win tampoco. Era demasiado restrictivo para él.
– Entiendo. Oye, he leído en la prensa que has vuelto a jugar.
– Sí.
– ¿A tu edad y con la rodilla hecha polvo? ¿Cómo es eso?
– Es una larga historia, Fred.
– Ya me hablarás de ello. Oye, la semana que viene jugáis con los Bullets. ¿Me conseguirás entradas? -preguntó.
– Haré lo que pueda.
– Estupendo, gracias. ¿Qué necesitas, Myron?
– El dónde y el porqué de diez de los grandes en billetes de cien. Correlativos. Su número de serie: B028856011A.
– ¿Te corre mucha prisa?
– Cuanto antes, mejor.
– Haré lo que pueda. Cuídate, Myron.
– Tú también, Fred.
Myron no pudo contenerse durante el entrenamiento. Se entregó a fondo. Se sentía poderoso y al mismo tiempo abrumado; pisando su propio terreno. Cuando lanzaba, era como si una mano invisible transportara el balón hasta la canasta. Cuando driblaba, el balón se convertía en un apéndice de su mano. Tenía los sentidos aguzados, como un lobo en plena naturaleza. Experimentó la sensación de haber caído en un agujero negro, para emerger diez años antes, en las finales de la NCAA. Hasta su rodilla estaba en plena forma.
Casi todo el entrenamiento consistió en un enfrentamiento entre los cinco jugadores titulares y los cinco suplentes. Myron jugó mejor que nunca. Sus saltos fueron como estallidos. Incluso llegó a internarse dos veces en las fauces de los grandes, y salió triunfante.
Hubo momentos en que se olvidó por completo de Greg Downing, del cuerpo machacado de Carla/Sally/Roberta, de la sangre del sótano, de los matones que lo habían apaleado y, por qué negarlo, incluso de Jessica. Un torrente vivificador corría por sus venas, el de un deportista en la cumbre. Hay quien asegura que cuando uno lleva hasta el límite sus posibilidades, la euforia que siente es producto de la secreción glandular. Myron no habría podido confirmarlo, pero comprendía los increíbles altibajos de los deportistas. Si jugabas bien, experimentabas un hormigueo en todo el cuerpo y los ojos se te llenaban de lágrimas de tanto placer. El hormigueo duraba hasta bien entrada la noche, cuando la excitación no te dejaba dormir y rememorabas tus mejores momentos, a menudo en cámara lenta, como un fanático de los programas deportivos, siempre con el dedo a punto de pulsar el botón de repetición del vídeo. Cuando jugabas mal, te amargabas y te deprimías. Podías pasarte así horas, incluso días. Ambos extremos eran desproporcionados si se tenía en cuenta que la causa de uno y otro no era de mayor trascendencia que pasar una pelota por un círculo metálico, golpear una bolita con un palo o lanzar un balón a gran velocidad. Cuando jugabas mal, intentabas recordar lo estúpido que resultaba dejarse atrapar por algo tan insignificante. Cuando alcanzabas aquel raro estadio de éxtasis sobrecogedor, mantenías tu bocaza interior cerrada.