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Tiempo muerto [Fade Away-es]

Электронная книга - «Tiempo muerto [Fade Away-es]». Краткое содержание книги:

Hubo un tiempo en el que el futuro de Myron Bolitar parecía predestinado a ser una gran estrella de la NBA. Una maldita lesión en la rodilla en el primer partido de la pretemporada le impidió llegar a jugar con los Boston Celtics y le obligó a abandonar el baloncesto profesional. “El hombre planea y Díos se ríe”, según Bolitar. Convertido, casi diez años después, en un temido agente deportivo e investigador privado volverá por fin a las canchas. Calvin Johnson, el nuevo general manager de los New Jersey Dragons lo contratará. No lo quiere para el equipo, sino para que busque a su gran estrella, Greg Downing, desaparecido misteriosamente, un jugador con el que Bolitar compitió sobre las canchas y por el amor de una mujer. Bolitar se verá no sólo ante un caso de muerte, chantaje y enemigos fuera de control, sino que se tendrá que enfrentar a un pasado que nunca creyó que volvería a revivir.
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Mientras Myron entrenaba, un pensamiento se coló por la puerta de atrás de su cerebro. Se mantuvo agazapado en los márgenes, se escondió detrás de un sofá, y sólo se dejaba ver de vez en cuando para esconderse de nuevo. «Puedes hacerlo -se decía-. Puedes jugar con ellos.»

La suerte de Myron continuó cuando lo emparejaron con un defensa: Leon White, el compañero de habitación y mejor amigo de Greg. Myron y Leon cambiaron unas palabras mientras jugaban, tomo buenos compañeros de equipo. Se dieron palmaditas en la espalda después de una buena jugada. Leon tenía clase. No malgastaba palabras en vano. Incluso cuando Myron dio con el trasero en la pista, Leon sólo le ofreció unas pocas frases de aliento.

Donny Walsh, el entrenador, hizo sonar su silbato.

– Es todo por hoy, chicos. Veinte lanzamientos y al vestuario.

Leon y Myron entrechocaron sus palmas, como los niños y los deportistas profesionales. A Myron siempre le había gustado esa parte del juego, esa camaradería próxima a la de los soldados. Hacía años que no la experimentaba. Los jugadores se dividieron en grupos de dos (el que lanzaba y el que estaba atento al rebote) y se encaminaron a diferentes cestas. Myron volvió a tener suerte y de nuevo se emparejó con Leon White. Cada uno cogió una toalla y una botella de agua. Había varios periodistas presenciando el entrenamiento. Por supuesto, Audrey estaba entre ellos. Cuando Myron advirtió que lo observaba con una sonrisa burlona, estuvo tentado de sacarle la lengua. O de enseñarle el culo. Calvin Johnson también estaba presente. Vestía traje y estaba apoyado contra una pared, como si posara para una foto. Myron intentó descifrar su expresión, pero le resultó imposible, como siempre.

Myron hizo el primer lanzamiento, con las piernas bien separadas y la mirada fija en la canasta. Encestó.

– Creo que vamos a ser compañeros de habitación -dijo luego.

– Eso me han dicho -repuso Leon.

– No creo que sea por mucho tiempo. -Myron encestó de nuevo-. ¿Cuándo crees que volverá Greg?

Leon se apoderó del balón y lo lanzó hacia Myron con un solo movimiento.

– No lo sé -respondió.

– ¿Cómo está Greg? ¿Y el tobillo?

– No lo sé -repitió Leon.

Myron lanzó de nuevo. Otra canasta. Le gustaba sentir sobre la piel la camiseta empapada en sudor. Cogió la toalla y volvió a secarse la cara.

– ¿Has hablado con él?

– No -respondió Leon.

– Qué raro.

Leon le pasó el balón.

– ¿Por qué te parece raro? -preguntó.

Myron se encogió de hombros, hizo cuatro fintas y dijo:

– Tengo entendido que sois carne y uña.

Leon esbozó una sonrisa.

– ¿De dónde has sacado esa idea?

Myron lanzó el balón. Otra canasta.

– De los periódicos, supongo -contestó.

– No creas todo lo que lees.

– ¿Por qué lo dices?

– A la prensa le encanta inventar amistades entre un jugador blanco y otro negro -repuso Leon-. Siempre andan buscando la mítica combinación de Gale Sayers y Brian Piccolo.

– ¿No sois amigos?

– Bueno, hace mucho tiempo que nos conocemos.

– Pero ¿sois amigos o no?

Leon lo miró de forma peculiar.

– ¿Por qué te interesa tanto?

– Sólo trato de entablar una conversación. Greg es mi única relación con este equipo.

– ¿Relación?

Myron hizo otra finta.

– Antes éramos rivales.

– Ah, ¿sí?

– Y ahora vamos a ser compañeros de equipo. Es un poco raro.

Leon observó a Myron, que se detuvo, y preguntó en tono de incredulidad:

– ¿Crees que Greg todavía se acuerda de aquella vieja rivalidad de la universidad?

Myron cayó en la cuenta de lo pobre que sonaba su argumentación.

– En aquel tiempo fue muy intensa -contestó.

Aquello iba cada vez peor. Myron no miró a Leon, quien dijo:

– Espero no herir tus sentimientos, pero hace ocho años que comparto habitación con Greg cuando jugamos fuera, y nunca le he oído mencionar tu nombre. Ni siquiera cuando hablamos de la universidad y todo eso.

Myron se detuvo justo antes de lanzar el balón. Miró a Leon y se esforzó por borrar toda expresión de su cara. Lo más curioso, aunque Myron no quería admitirlo, era que las palabras de Leon de veras habían herido sus sentimientos.

– Tira ya -lo urgió Leon-. Tengo ganas de largarme.

TC se acercó a ellos. Llevaba un balón en cada mano, como si fueran pomelos. Arrojó uno y procedió al ritual de intercambiar una palmada con Leon. Después, miró a Myron con una amplia sonrisa.

– Lo sé, lo sé -dijo Myron-. Me van a sacudir el polvo, ¿verdad? TC asintió.

– ¿Qué significa exactamente? -dijo Myron. -Esta noche doy una fiesta en mi casa -dijo TC-. Todo te será revelado.

14

Dimonte estaba esperándolo en el aparcamiento de Meadowlands. Asomó la cabeza por la ventanilla de su Corvette rojo.

– Entra.

– Un Corvette rojo -dijo Myron-. ¿Por qué será que no me sorprende?

– Entra de una puta vez.

Myron abrió la puerta y se deslizó en el asiento de piel negra. Aunque estaban aparcados con el motor apagado, Dimonte aferraba el volante con las dos manos y tenía la vista fija al frente. Su cara estaba blanca como la cera. El mondadientes colgaba entre sus labios. No paraba de menear la cabeza.

– ¿Algo va mal, Rolly?

– ¿Cómo es Greg Downing?

– ¿Qué?

– ¿Estás sordo? -le replicó Dimonte-. ¿Cómo es?

– No lo sé. Hace años que no hablo con él.

– Pero lo conocías, ¿verdad? Fuisteis compañeros de estudio. ¿Cómo era entonces? ¿Se relacionaba con tipos pervertidos?

Myron lo escrutó.

– ¿Tipos pervertidos?

Dimonte hizo girar la llave del encendido. Pisó un poco el acelerador y dejó que el motor se calentara un rato. El coche estaba trucado como un coche de carreras. El sonido era ensordecedor. No debía de haber mujeres en los alrededores porque de lo contrario se habrían desnudado de inmediato tras oír aquella llamada al apareamiento. Por fin, Dimonte puso la primera.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Myron.

Dimonte no contestó. Ascendió por la rampa que conducía al estadio de los Giants y el hipódromo.

– ¿Se trata de una de esas citas a ciegas? -preguntó Myron-. Me encantan.

– Deja de decir tonterías y contesta a mi pregunta.

– ¿Qué pregunta?

– ¿Cómo es Downing? Necesito saber todo cuanto pueda sobre él.

– Te has equivocado de persona, Rolly. Yo no lo conozco lo suficiente.

– Dime lo que sepas.

El tono de Dimonte dejaba escaso margen para una negativa. Era menos impostado que de costumbre y transmitía un pánico peculiar. A Myron no le gustó.

– Greg se crió en Nueva Jersey -dijo-. Es un gran jugador de baloncesto. Está divorciado y tiene dos hijos.

– Tú saliste con su mujer, ¿verdad?

– De eso hace mucho tiempo.

– ¿Dirías que ella era de izquierdas?

– Rolly, te estás desviando del tema.

– Haz el favor de contestar a mi jodida pregunta. -El tono pretendía transmitir irritación e impaciencia, pero daba la impresión de que el miedo se superponía a ambas-. ¿Dirías que es radical en cuestiones políticas?

– No.

– ¿Salía con pervertidos?

– ¿A qué llamas tú «pervertidos»?

Dimonte meneó la cabeza.

– ¿Tengo pinta de estar de humor para tus gilipolleces, Bolitar?

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