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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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– ¡Vete! ¡Aléjate de mí o llamaré al agente de policía!

Un grupo de personas, intuyendo que se avecinaba algo emocionante, comenzó a formar un círculo en torno a nosotras. Mi madre se disculpó con la dama, que la miraba como a un ratón en la despensa. Mi madre trató de explicarle lo que había ocurrido, pero la señora seguía apartándose. Yo no tenía más opción que seguirla, lo que hizo que ella chillara más alto. Por fin apareció el agente de policía y preguntó qué era todo ese escándalo.

– Esta mocosa pretendía robarme la cartera -afirmó la dama, agitando el dedo en mi dirección.

– ¿Es eso cierto? -preguntó el policía.

Negué con la cabeza, aún con un hilo de voz, segura de que iban a arrestarme.

Entonces mi madre explicó lo sucedido con mi botón y la correa del bolso y el agente de policía asintió. La dama frunció dubitativamente el ceño. Luego todos miraron hacia abajo, observando la correa y mi botón, que en efecto estaba enredado en ella. El agente de policía le pidió a mi madre que me desenganchara.

Ella desenredó el botón, le dio las gracias, se disculpó una vez más con la señora y luego me miró. Yo estaba expectante, ¿cuál sería su reacción, la risa o el llanto? Ambas cosas, pero no en ese momento.

Me cogió por el abrigo marrón y me alejó de la multitud que se dispersaba. Se detuvo en cuanto doblamos la esquina de Railway Street. Cuando el tren que se dirigía a Londres salió de la estación, me miró y susurró:

– Maldita niña. Pensé que te había perdido. Acabarás matándome, ¿me oyes? ¿Es eso lo que quieres? ¿Matar a tu propia madre? -Luego me enderezó el abrigo, meneó la cabeza y me tomó de la mano, apretándola con tanta fuerza que me hizo daño-. Dios mío, ayúdame. A veces desearía haberte dejado en el orfanato.

Mi madre solía mencionar esas palabras cuando yo hacía travesuras y sin duda la amenaza contenía más de un ápice de verdad. Por cierto, muchos estarían de acuerdo en que habría sido mejor que me hubiera dejado en el orfanato. Nada era tan contundente como el embarazo para que una mujer perdiera su puesto entre el personal de servicio y desde mi nacimiento la vida de mi madre había transcurrido entre privaciones y dificultades.

Me habían contado tantas veces cómo me había librado del orfanato que solía creer que conocía la historia antes de nacer. El viaje de mi madre en tren hacia Russell Square, en Londres, llevándome envuelta dentro de su abrigo para protegerme del frío, se había convertido para nosotras en una especie de leyenda. El recorrido a pie por Grenville Street hacia Guilford Street, las personas que a su paso meneaban la cabeza, sabiendo muy bien adónde se dirigía con su pequeño paquete. La manera en que ella había reconocido el edificio del orfanato desde lejos, mientras avanzaba por la calle, por la aglomeración de mujeres jóvenes como ella que se arremolinaban en la entrada, balanceándose aturdidas con sus llorosos bebés. Y entonces fue cuando sucedió lo más importante: de pronto una voz, clara como el día (la de Dios, según mi madre; bobadas, opinaba mi tía Dee), le pidió que diera media vuelta, que su deber era conservar a su pequeña hija. El instante, de acuerdo con la tradición familiar, al que yo debía estar eternamente agradecida.

Esa mañana, el día del botón y la correa, las palabras de mi madre sobre el orfanato me hicieron callar. Pero no como ella creía -por estar reflexionando sobre la buena fortuna que me había evitado esa reclusión-, sino porque estaba recorriendo el ya explorado sendero de una de mis fantasías infantiles preferidas. Disfrutaba enormemente imaginándome en el hogar de niños abandonados Corana, cantando entre otros niños. Habría tenido montones de hermanos y hermanas con quienes jugar, no sólo una madre cansada y malhumorada, cuyo rostro estaba surcado por las desilusiones. Una de las cuales, me temía, era yo.

Sentí que alguien estaba detrás de mí y regresé por el largo túnel de la memoria. Me volví para mirar a la joven a mi lado y un segundo después la reconocí: era la camarera que nos había traído el té. Me observaba expectante. Yo la miré parpadeando.

– Creo que mi hija ya ha pagado la cuenta.

– Oh, sí -repuso la jovencita con voz suave y acento irlandés-, lo ha hecho. Pagó cuando pidieron.

Sin embargo, no se movía de su lugar.

– ¿Hay alguna otra cosa que quiera decirme? -pregunté.

Ella tragó saliva.

– Es sólo que Sue, que trabaja en la cocina, dice que usted es la abuela de…, es decir, que su nieto es Marcus McCourt, y para ser sinceros, yo soy su más ferviente admiradora. Sencillamente adoro al inspector Adams. He leído cada uno de los libros -afirmó.

Marcus. La pequeña polilla de la pena revoloteó en mi pecho, como siempre que alguien pronuncia su nombre.

– Me alegra saberlo. Mi nieto se sentiría halagado -conteste, con una sonrisa.

– Me apenó tanto cuando leí lo de su esposa…

Asentí con la cabeza. Ella dudó y yo me preparé para oír las preguntas que -bien lo sabía- sobrevendrían, como siempre: ¿continuaba escribiendo la nueva novela del inspector Adams? ¿Se publicaría en breve? Sin embargo, me sorprendió que el decoro o la timidez vencieran a la curiosidad.

– Bueno, me alegra haberla conocido -declaró la joven-. Debo volver al trabajo, antes de que Sue se ponga como loca. -Ya se dirigía hacia la cocina cuando se volvió-. Se lo dirá, ¿verdad? Dígale que sus libros son muy importantes para mí, y para todos sus admiradores.

Le di mi palabra, aunque no sabía cuándo podría cumplirla. Como la mayoría de las personas de su generación, Marcus es un trotamundos. Pero a diferencia de sus coetáneos, no ansía aventuras sino distracción. Ha desaparecido en la nube de su propio sufrimiento y desconozco cuál es su paradero. Han pasado meses desde la última vez que tuve noticias suyas, cuando me envió desde California una postal de la Estatua de la Libertad que simplemente decía «Feliz cumpleaños», firmado «M».

Pero no se trata sólo del dolor. La culpa lo persigue. Una culpa injustificada por la muerte de Rebecca. Se culpa a sí mismo, cree que si no la hubiera abandonado las cosas habrían sido diferentes. Me preocupa Marcus. Comprendo muy bien la peculiar clase de culpa que experimentan los sobrevivientes de una tragedia.

A través de la ventana puedo ver a Ruth, que está enfrente, enredada en una conversación con el pastor y su esposa, y aún no había llegado a la farmacia. Con gran esfuerzo me deslizo hasta el borde de la silla, me cuelgo el bolso del brazo y aferró mi bastón. Con piernas temblorosas, me pongo de pie. Hay un asunto que atender.

El señor Butler tiene un comercio de artículos para caballero con una minúscula fachada en la calle principal. Apenas un atisbo de toldo rayado encajonado entre la panadería y una tienda que vende velas e incienso. Pero más allá de la puerta de madera roja, con su brillante aldabón de metal y su timbre plateado, uno se encuentra con una multitud de variados productos desparramados por su modesto interior. Corbatas y sombreros de hombre, mochilas para escolares, maletas de cuero o palos de hockey, se disputan el espacio del local estrecho y largo.

El señor Butler es un hombre de baja estatura, de unos cuarenta y cinco años, con una calva incipiente y, según puedo observar, una cintura que tiende a desaparecer. Recuerdo a su padre, aunque no se lo digo. He aprendido que a los jóvenes les incomodan las historias de tiempos pasados. Esa mañana me sonríe, observándome a través de sus gafas, y afirma que me ve muy bien. Cuando era más joven -incluso durante mi octava década de vida- la vanidad me habría inducido a creerle. Ahora entiendo esos comentarios como amables expresiones de sorpresa que surgen cuando las personas comprueban que aún estoy viva. De todos modos se lo agradezco -sé que lo hace con buena intención- y le pregunto si tiene una grabadora.

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