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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Jinetes Del Mundo Incógnito

Электронная книга - «Jinetes Del Mundo Incógnito». Краткое содержание книги:

Novela de ciencia ficción acerca de la aparición sobre la Tierra de misteriosas “nubes” rosadas, que resultan ser visitantes inteligentes del espacio cósmico. Los miembros de una expedición antártica soviética son los primeros en tener contacto con ellas en una serie de aventuras inexplicables.
Las “nubes” remueven la capa de hielo de la Antártica y la envían al espacio. Son capaces de reproducir cualquier tipo de estructura atómica, incluyendo al hombre. Los héroes de la historia encuentran a sus “dobles”, ven aviones duplicados y viven muchas aventuras en una ciudad copiada. Incluso combaten contra agentes de la Gestapo reproducidos del pasado por las misteriosas “nubes”.
Los científicos no pueden explicarse con que objeto se duplica la vida terrestre. Todos los intentos por lograr tener contactos con los visitantes del espacio cósmico terminan en un fracaso. Sin embargo, los científicos soviéticos -héroes de la novela- llegan a desentrañar el enigma de las “nubes” rosadas y establecer contacto con una civilización superdesarrollada existente fuera de nuestra galaxia
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Para mí estaba claro la clase de ciudad que era ésta. Todo lo que necesitaba para comprobarlo era una prueba más: verlo con mis propios ojos. Miré hacia los lados, levanté mi brazo y detuve uno de los automóviles que pasaba por la carretera; éste se detuvo. Su chofer tenía también los ojos glaciales. Empero, me arriesgué a pedirle:

– Yo quisiera llegar a los límites de la ciudad, a dos barrios de aquí, ¿me lleva?

– Siéntese -propuso indiferente.

Me senté a su lado, en tanto que el gordo y Mitchell, sin comprender nada, se acomodaban en el asiento de atrás. El chofer, con apatía, dio la vuelta y aceleró el automóvil. Dejamos atrás estos dos barrios en medio minuto.

– Miren -susurró inquieto Baker. Delante de nosotros, allí donde la carretera era cortada por la arcilla roja, estaba la barrera de alambres espinosos. Sólo divisábamos una parte de ella, pues el resto se ocultaba detrás de las casas de la carretera, dando la impresión de que la ciudad estaba rodeada de alambres y aislada del mundo de los vivos. Todo lo que veía ahora me lo había imaginado después de escuchar el relato de Baker, pero la realidad resultó ser más absurda que las palabras de éste.

– ¡Cuidado con los alambres! -gritó Baker agarrando el brazo del chofer.

– ¿Dónde están? -preguntó éste liberando su brazo-. ¡Está loco!

Evidentemente, él no veía los alambres.

– Párate -le dije-, nos bajaremos aquí.

El chofer dejó de acelerar, pero yo ya comenzaba a ver cómo el radiador se evaporaba en el aire, como si algo invisible se tragara el carro pulgada por pulgada; desaparecía el vidrio delantero, el panel de instrumentos, el volante y las manos del chofer. Esto era tan horrible que instintivamente cerré mis ojos de terror; de súbito, un golpe fuerte me lanzó contra la tierra; mi nariz dio de sopetón contra el polvo del suelo y mis pies rozaron el asfalto. "Caí en el mismo borde de la carretera" pensé. ¿Pero cómo fui lanzado a tierra, si la puerta del automóvil estaba cerrada y éste no se volcó? Al levantar la cabeza noté la carrocería de un automóvil gris, desconocido. A su lado, en el polvo, al borde de la carretera, yacía sin sentido el pobre agente comercial.

– ¿Estás vivo? -preguntó Mitchell, arrodillándose a mi lado. Este tenía un ojo amoratado-. A mí me lanzó de frente contra el coche de Baker -me dijo, señalando la máquina enredada en la barrera de alambres.

– ¿Y dónde está nuestro automóvil?

Se encogió de hombros. Por un minuto o dos permanecimos de pie y en silencio al borde de la carretera cortada, mirando el fenómeno fantástico que nos había dejado sin automóvil. El agente comercial se levantó también e hizo suyo nuestro asombro. El milagro se repetía cada tres segundos, cuando los automóviles -a toda velocidad- cruzaban el límite de la carretera. Los "Fords", "Pontiacs" y "Buicks", reyes de la carretera, desaparecían sin dejar huellas, como pompas de jabón. Algunos automóviles se dirigían directamente en dirección a nosotros, pero ni nos movíamos del sitio, porque ellos se evaporaban casi a nuestro lado. Sí, se evaporaban, ésta es la palabra precisa. Este proceso de desaparición tan misterioso e inexplicable era visible ahora con claridad al ser iluminado por los rayos del sol. En realidad, no desaparecían de improviso, sino paulatinamente, como si se introdujeran en un agujero del espacio y se volatilizaran de él, comenzando por el radiador y terminando por la chapa de la matrícula. La ciudad parecía estar rodeada por un vidrio transparente, tras el cual no existían ni la carretera, ni los automóviles, ni la propia ciudad.

A los tres nos inquietaba probablemente un mismo pensamiento. ¿Qué hacer? ¿Retornar a la ciudad? Pero, ¿qué clase de milagros nos esperaba todavía en esta ciudad embrujada? ¿Qué tipo de personas encontraríamos y con quiénes podríamos cruzar unas palabras humanas, normales? Hasta este momento no habíamos encontrado ni una persona normal, excepto el viajante gordo. Supuse que los culpables de todo lo acontecido eran las "nubes" rosadas, a pesar de que los habitantes de la ciudad no se asemejaban a los dobles aparecidos en el Polo Sur. Aquellos eran, o parecían ser, personas, en tanto que éstos tenían el aspecto de resucitados que no recordaban nada, a excepción de la necesidad de ir a algún lugar, conducir el auto, golpear las bolas del billar o beber whisky delante del mostrador del bar. Recordé la versión de Thompson y, por primera vez, sentí verdadero miedo. ¿Será posible que "ellos" hayan reemplazado a todos los habitantes de la ciudad? ¿Acaso…? No, yo necesitaba hacer un nuevo ensayo psicológico; solamente uno.

– Regresemos a la ciudad, muchachos -les dije a mis acompañantes-. Nosotros debemos poner en orden nuestras ideas, si no queremos ser enviados al manicomio. A juzgar por los cigarrillos, el whisky de la ciudad tiene que ser real.

En ese momento pensé en María.

Capítulo 15 – La persecución

Cerca del mediodía llegamos al bar donde trabajaba María. El letrero y la vitrina estaban iluminados con luz de neón. Los dueños no economizaban energía eléctrica ni de día. Mi chaqueta blanca se encontraba bañada de sudor; por suerte, dentro del bar la temperatura era agradable y apenas había gente. Los taburetes altos del mostrador estaban vacíos; algunas parejas susurraban junto a la ventana y un viejo semiborracho en un rincón del bar saboreaba su brandy con jugo de naranja.

María no nos oyó al entrar. Ella, de espaldas a nosotros tras el mostrador, colocaba botellas en la estantería. Trepamos a los taburetes y cambiamos entre nosotros miradas expresivas sin pronunciar palabra. Mitchell estuvo a punto de llamarla, pero le detuve a tiempo, obligándole a guardar silencio: el ensayo psicológico me pertenecía a mí.

Este era el experimento más difícil de todos en esta ciudad loca.

– María -la llamé en voz baja.

Ella se dio la vuelta rápida, como si mi voz la hubiese asustado. Sus ojos miopes y semicerrados, desprovistos de espejuelos, y la luz viva que caía del techo cegándola, fueron quizás la causa de su indiferencia para con nosotros. No me reconoció.

Ella iba vestida y peinada como a mí me gustaba: un rizado simple sin presunción de artista de cine; y sobre su cuerpo jugueteaba el vestido rojo de mangas cortas que yo prefería entre todos. Todo ello evidenciaba una cosa: que ella sabía de mi llegada y me esperaba. Me sentí mejor y por unos minutos olvidé mis dudas y temores.

– ¡María! -la llamé en voz alta.

Su respuesta fue una sonrisa coqueta con una pequeña inclinación de cabeza, típica de cualquier muchacha de bar, pero no de María: el trato con las personas que conocía era diferente.

– ¿Qué te sucede, niña? -inquirí-. ¡Yo soy Don!

– ¿Cuál es la diferencia entre Don o John? -respondió ella coqueta y jugando con los ojos; pero sin reconocerme-. ¿En qué puedo servirle, señor?

– Mírame -le supliqué.

– ¿Para qué? -quiso saber ella asombrada y me miró. Observé no los dos ojos azules y rasgados como los de las muchachas de los cuadros de Salvador Dalí, siempre vivos, cariñosos y a veces furiosos, sino otros completamente diferentes, fríos, muertos, como los de Fritch, los ojos de la muchacha del quiosco de tabaco, los del chofer que se evaporó en la carretera junto con su automóvil; los ojos de una muñeca. Aparato de cuerda. Brujo. Nada vivo. El ensayo fracasó: en la ciudad no había seres vivos. Entonces, una decisión rápida se apoderó de mí: huir, huir a cualquier lugar, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que todo aquel horror se lanzara contra nosotros.

– ¡Síganme! -ordené saltando del taburete. El gordo, sin comprender nada, esperaba la bebida encargada; Pero Mitchell lo entendió todo. Este era un joven maravilloso: todo lo cogía al vuelo. Cuando salimos a la calle, inquirió:

– ¿Cómo podré encontrar aquí a mi patrón?

– Aquí no lo podrás encontrar -afirmé-. En este lugar no hay gente, hay solamente brujos y espíritus malignos.

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