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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Jinetes Del Mundo Incógnito

Электронная книга - «Jinetes Del Mundo Incógnito». Краткое содержание книги:

Novela de ciencia ficción acerca de la aparición sobre la Tierra de misteriosas “nubes” rosadas, que resultan ser visitantes inteligentes del espacio cósmico. Los miembros de una expedición antártica soviética son los primeros en tener contacto con ellas en una serie de aventuras inexplicables.
Las “nubes” remueven la capa de hielo de la Antártica y la envían al espacio. Son capaces de reproducir cualquier tipo de estructura atómica, incluyendo al hombre. Los héroes de la historia encuentran a sus “dobles”, ven aviones duplicados y viven muchas aventuras en una ciudad copiada. Incluso combaten contra agentes de la Gestapo reproducidos del pasado por las misteriosas “nubes”.
Los científicos no pueden explicarse con que objeto se duplica la vida terrestre. Todos los intentos por lograr tener contactos con los visitantes del espacio cósmico terminan en un fracaso. Sin embargo, los científicos soviéticos -héroes de la novela- llegan a desentrañar el enigma de las “nubes” rosadas y establecer contacto con una civilización superdesarrollada existente fuera de nuestra galaxia
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Por lo menos, ésa era mi impresión, Yuri, aunque todo ello resultó ser nada más que una ilusión. La ciudad carecía de amanecer y ni bullía ni dormía. Lo pudimos notar al doblar hacia la calle del Estado.

– ¿No crees que sea muy temprano para ir al club? -le pregunté a Mitchell, pensando por inercia en la ciudad amodorrada.

El se sonrió, porque en aquel momento, como respondiendo a mi pregunta, un grupo de personas detuvo el tránsito. Mas no era una muchedumbre matutina, ni éste era el amanecer de una ciudad. A pesar de que el Astro alumbraba ya todo el firmamento, la iluminación eléctrica de las calles continuaba encendida como si la noche pasada no hubiese concluido. Las vitrinas y los anuncios brillaban con luces de neón. Al pasar por enfrente de un cine, disparos atronadores llegaron a nuestros oídos a través de las puertas de vidrio que cerraban la entrada: James Bond, el temerario, hacía uso de su derecho para matar. Chasqueaban las bolas de billar al rodar sobre las mesas verdes. En el restaurante "Selena" la orquesta de jazz hacía estremecer las ventanas, dándome la impresión de que cerca cruzaba un tren, y las puertas de los boliches estaban abiertas de par en par. Por las aceras, los transeúntes vagaban, sí vagaban, paseaban lentamente sin ninguna premura y ni se apresuraban al trabajo, porque el trabajo ya había terminado y la ciudad vivía no la vida matutina, sino la vespertina; como si la gente de la calle, en contubernio con las luces eléctricas, tratara de engañar al tiempo y a la naturaleza.

– ¿Por qué no apagan la luz? ¿Acaso el sol no basta para iluminar? -inquirió Mitchell intrigado.

Sin responderle, me detuve frente a un quiosco de tabacos. Tiré sobre el mostrador unas monedas y le pregunté con cautela a la bella vendedora:

– ¿Están de fiesta hoy?

– ¿De qué fiesta está hablando? -replicó ella entregándome los cigarrillos-. Es una tarde corriente de un día habitual.

Sus ojos azules y sin vida miraban a través de mí como los ojos muertos de Fritch.

– ¿Tarde? -repetí-. Observe usted el cielo. ¿Cree que el sol de la tarde tiene esa posición? Ahora es mañana.

– No lo sé -repuso con un tono tranquilo e indiferente-. Ahora es tarde, y yo no sé nada.

Me aparté lentamente de la tienda. Mitchell me esperaba en el automóvil. Había oído la conversación que yo acababa de tener con la muchacha y posiblemente pensaba lo mismo que yo:

¿Quiénes son los locos, nosotros o los habitantes de la ciudad? ¿Y si en verdad es tarde y nosotros estamos alucionados? Observé de nuevo la calle. Esta era un tramo de la Ruta 66 que cruzaba toda la ciudad en dirección a Nuevo Méjico. Los automóviles corrían en dos columnas en ambas direcciones. Eran automóviles norteamericanos corrientes que rodaban por una carretera norteamericana corriente. Pero todos llevaban los faros encendidos.

Impulsivamente y sin pensar en nada, detuve al primer transeúnte que encontré en la calzada.

– ¡No me toques, muñeco maldito! -gritó él tratando de deshacerse de mi mano.

El era un hombre gordo, pequeño y ágil con una ridícula gorrita de ciclista. Sus ojos, llenos de vida y de furia, me miraban con repulsión. Miré a Mitchell, quien me hacía señas, dándome a entender que el desconocido estaba loco. El desconocido, al notarlo, dirigió su furia contra Mitchelclass="underline"

– ¿Quién está loco? ¿Yo? -chilló él acercándose a Mitchell-. ¡Locos están todos ustedes, todos los habitantes de esta ciudad! Encienden las luces eléctricas por la mañana y responden a todas las preguntas con un: "No lo sé". Bien, contéstame. ¿Es de mañana o de tarde?

– Es de mañana, naturalmente -respondió Mitchell-; pero en esta mañana hay algo extraño en la ciudad. No puedo decir lo que es ese algo.

La metamorfosis que tuvo lugar en el gordo fue asombrosa. Dejando sus gritos, rió en silencio y acarició la diestra sudorosa de Mitchell, mostrando unas lágrimas en su rostro.

– Gloria al Todopoderoso: he encontrado un hombre normal en esta ciudad de locos -dijo finalmente sin soltar la diestra de Mitchell.

– Ha encontrado dos -le aclaré, extendiendo mi mano-. Usted es el tercero. Cambiemos ahora nuestras impresiones, quizás logremos comprender este enredo.

Nos detuvimos en el borde de la acera, separados de la carretera por una fila cerrada de automóviles estacionados y vacíos.

– Señores, explíquenme lo más absurdo -comenzó diciendo el gordo-. Explíquenme estos trucos con los automóviles. Estos corren y luego, de improviso, desaparecen, se desvanecen en la nada.

Sinceramente yo no le entendía. ¿Qué era eso: "en la nada"? Nos lo explicó, mas antes de hacerlo, pidió un cigarrillo para tranquilizarse: "No fumo, saben, pero los cigarrillos calman los nervios".

– Mi nombre es Lesley Baker, y mi especialidad es agente comerciaclass="underline" ropa de mujer y cosméticos. Estoy todo el tiempo de viaje, un día aquí, otro día allá, como un nómada. Arribé a este lugar en ruta hacia Nuevo Méjico, por la carretera N° 66. Yo viajaba horriblemente mal, como un caracol. Recuerdo ahora un gran camión verde que iba delante de mí y no me dejaba pasar. ¿Saben ustedes lo que es ir despacio? El dolor de muelas es una delicia en comparación con eso. A mi memoria llega también el recuerdo de aquel letrero: "Está usted entrando en la ciudad más tranquila de los Estados Unidos". Y la ciudad más tranquila crea cosas que no se ven ni en las manos de los prestidigitadores. En los límites de la ciudad, allí donde la carretera sin aceras ya se ensancha, traté de nuevo de pasar al camión que me torturaba. Aceleré, viré levemente a la izquierda y… aquél desapareció, se desvaneció. ¿No lo comprenden? Yo tampoco lo comprendí. Viré levemente a la izquierda y reduje mi marcha, mas al mirar a ambos lados de la carretera no vi el camión: desapareció, se diluyó como azúcar en una taza de café. Y en ese momento choqué contra una barrera de alambres espinosos. Por suerte yo corría despacio.

– ¿De dónde apareció esa barrera de alambres en la carretera? -inquirí asombrado.

– ¿En qué carretera? Allí ya no había ninguna carretera; ésta desapareció junto con el camión. Había tan sólo un valle rojo pelado con una islita verdosa a distancia, y todo ello rodeado por una barrera de alambres. Era propiedad privada. ¿No lo creen? Al principio yo tampoco lo creía. Bien, desapareció el camión, al diablo con él; pero, ¿qué sucedió con la carretera? ¿Deliré acaso? Cuando me di la vuelta, estuve a punto de morir de terror: un "Lincoln" negro se lanzaba sobre mí y la barrera. Esta era la muerte negra que se acercaba a una velocidad de no menos de 100 millas por hora. Yo ni salté de mi coche, sólo cerré los ojos: era mi final. Transcurrió un minuto y el final no llegaba. Abrí los ojos: ni final ni "Lincoln"

– ¿Y no cruzó por su lado…?

– ¿Hacia dónde? ¿Por qué carretera?

– Entonces, ¿desapareció también?

Él asintió.

– ¿Siendo así, los automóviles desaparecieron antes de llegar a la barrera de alambres?

– Exacto. Uno tras otro. Durante los diez minutos que permanecí allí, desaparecieron todos en el borde de la carretera. Yo estaba de pie, pestañeando como Rip Van Winkle. Los habitantes de esta ciudad tienen para todas las preguntas una sola respuesta: "No lo sé". ¿Por qué los automóviles llevan los faros encendidos? No lo sé. ¿Hacia dónde desaparecen? No lo sé. ¿Se dirigen acaso al infierno? Tampoco lo sé. ¿Dónde está la carretera? No lo sé. Y sus ojos son glaciales como los de los muertos.

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