Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
La noche lo recibió, cargada del hedor que generaban los cadáveres allí congregados. La fría e inesperada brisa nocturna le secó el sudor de la frente. La luz del interior del templo, iluminado por varias decenas de velas, se desparramaba sobre las formas siniestras que esperaban fuera. Más allá sólo había oscuridad: Málaga era un manto espectral apenas iluminado por la luz de las estrellas.
El Padre Isidro, con los brazos en cruz, se ofreció a Ellos. Lo juzgarían, purgarían sus pecados con el santísimo sacramento de la redención. Miró hacia arriba, esperando ser abatido en cualquier momento. En su castigada cabeza se repetía un único mensaje incesante: "Ya voy, Señor, ya voy, Señor, ya voy…". Su sotana, mugrienta, tremolaba en el umbral, con los bajos tornados en jirones descosidos y rasgados.
Puede que fuera debido a su particular percepción de las cosas en aquel momento de entrega y rendición incondicional, pero en la lóbrega noche malagueña, el tiempo se detuvo con el sonido desacelerado de una vieja bobina de cine. El Padre Isidro contuvo su propia respiración; el silencio era tan denso, tan embriagador, que por un instante se sintió transportado. Pensó, incoherentemente, que todo había ocurrido ya, que había muerto, y que ascendía, ascendía hacia los cielos a reunirse con su Dios. Las estrellas parecieron salir a su encuentro.
Entonces bajó la cabeza y miró.
Vio un centenar de ojos sin pupila que lo taladraron con la precisión de un láser, y vio bocas muertas. Tuvo entonces sensaciones contradictorias: sintió debilidad, y sin proponérselo conscientemente, retrocedió un paso. Pero al mismo tiempo, alimentado por una fuerza que nacía de lo más profundo de su creencia religiosa, luchaba por permanecer, quedarse y atender los designios que, según creía, le llegaban desde los cielos.
– Oh, Dios mío… Dios mío, por favor, ayúdame… -gimoteó, sintiendo que el labio inferior se agitaba convulsivamente. Sin embargo, consiguió mantenerse firme, cerrando los puños y apretando los músculos del vientre. La brisa comenzó a soplar con más fuerza.
Entonces, como títeres movidos por hilos invisibles, los muertos empezaron a avanzar al unísono, de manera desgarbada. Se balanceaban de un lado a otro, chocaban con los hombros, lanzaban sus brazos hacia delante.
Se quedó quieto, congelado en un instante eterno.
Los muertos le rodearon…
Pasaron de largo.
Los muertos le rodearon, le rozaron con sus cuerpos blancos y empezaron a entrar en la iglesia, buscando, aquejados de frenéticos espasmos. El Padre Isidro pestañeaba, incapaz de comprender lo que pasaba. En cuestión de segundos se vio a sí mismo enterrado en el enjambre de cadáveres, como si fuera uno más. Miraba alrededor, sintiendo una mezcla de náusea, terror y… alivio.
¡No le atacaban! ¡No le arrancaban la carne a jirones, no le mordían, no lo sofocaban con sus manos frías de la tumba! Miraba con una mezcla de fascinación y repugnancia sus rostros descarnados. Uno de ellos, vestido con un traje de pana marrón, lucía una escalofriante herida en el cuello, lo suficientemente profunda como para caminar dando cabezadas. Al que estaba detrás le faltaba todo el maxilar inferior y la lengua le colgaba a un lado, fláccida, gris e hinchada. Otro caminaba con una gruesa barra de metal incrustada en el pecho, justo debajo del corazón. Pero ninguno de los resucitados parecía tener interés en él. En absoluto.
"¿Por qué?", se preguntaba. "¿Por qué yo?". Saltaba sin parar de una posible explicación a otra, pero las desechaba con la misma rapidez con la que aparecían en su mente. En el ínterin, los cadáveres comenzaron a moverse hacia todas direcciones. Estaba claro que la iglesia, que había sido ocupada por completo, no era ya un objetivo para ellos.
De pronto, en medio de aquel río infecto de muerte y podredumbre, y atormentado por tales pensamientos, lo comprendió. Y aquella comprensión rotunda del hecho indiscutible de que él era salvo, de que había sido juzgado y encontrado casto y libre de todo pecado, le hizo tambalearse.
– Oh, Padre… -dijo, mirando hacia el cielo cuajado de estrellas y sintiendo que un nuevo manantial de cálidas lágrimas empezaban a asomar en sus ojos, aquejados del brillo espectral de la demencia-. Guíame, Dios todopoderoso, ¿qué… qué debo hacer ahora?, ¿a dónde debo ir?
Pero allá arriba las estrellas titilaban, y nada decían. Miraba suplicante hacia todos lados, buscando una respuesta, una señal, un mensaje que él pudiera interpretar. Bien es verdad que, en aquel estado mental, el Padre Isidro podría haber interpretado hasta el vuelo errático de una mosca sobre un montón de mierda, pero el azar fue mucho más que caprichoso en aquella noche.
El viento estaba arreciando. Una pequeña cuartilla de papel traída desde no se sabía dónde le sacó de su ensimismamiento; se le pegó en el pecho, cerca del cuello. El Padre Isidro la cogió, pestañeando. Parecía un texto manuscrito con grandes caracteres.
ESTAMOS VIVOS
Estamos en el 53 de la Plaza de la Merced. Estamos sitiados. Somos 6 supervivientes y necesitamos ayuda medica urgente. Se nos acaba la comida y el AGUA. Por favor vengan a rescatarnos, acceso por tejado posible.
URGENTE
– Vivos… -murmuró el Padre Isidro, mirando la nota y releyendo sus palabras, una y otra vez.
Ésa era la señal. Todo encajaba tan suavemente en el puzzle de su destino que casi podía sentir los hilos con los que Dios le gobernaba. ¿Cómo se atrevían aquellos seis impuros a intentar escapar del sagrado Juicio Final? Examinó la letra, el acento que faltaba en la palabra "médica". Jóvenes, seguro, o gente baja, calaña que había vivido entregada al pecado. Casi podía imaginárselos, encerrados tanto tiempo en aquel refugio, subyugados ya por la impudicia y… que Dios les perdonase… la fornicación.
– Yo seré el Agua… -comenzó a decir, dando pequeños pasos hacia delante, en dirección a la Plaza de la Merced. Sus ojos eran dos océanos turbulentos viciados de locura-. Yo seré el Agua que os lave, porque yo he sido juzgado. Yo seré la Puerta que os conduzca de vuelta al Reino, al Reino del Señor…
La oscuridad se lo tragó.
XV
– Tenemos que irnos -dijo el joven-. Lo sabes, ¿no?
Ella no contestó inmediatamente. Miraba por el amplio ventanal mientras la lluvia caía copiosamente. Fuera, la ciudad que había amado tanto se sumía en tinieblas, desprovista de la energía eléctrica que antaño iluminaba ventanas y farolas. Sin ella, los edificios eran mortecinas moles erigidas sin aparente concierto; bloques totémicos, vestigios de una cultura que desaparecía rápidamente.
– Estoy lista -dijo al fin.
El joven consultó unos papeles que llevaba sujetos a una carpeta verde.
– Bueno. Hoy toca… -Se acercó al ventanal y, con los ojos entrecerrados, buscó entre los edificios que tenían enfrente. Luego miró sus documentos y por fin señaló una mole grande de muchas plantas y aspecto curvo que se recortaba contra el cielo plomizo-. Ése de ahí.