Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
De repente, calló. Podían imaginar la angustiosa y densa demencia a la que se había entregado el propietario de aquel piso a medida que el mundo enloquecía a su alrededor. Salieron en silencio, sin hablar entre sí.
En el cuarto derecha encontraron el cadáver, en avanzado estado de descomposición, de una señora entrada en carnes que había muerto tocando el piano. Llevaba un camisón rosa y su pelo seco y mate estaba enmarañado en lo que parecían ser rulos. También había algunos en el suelo. Sus manos aún se asentaban sobre las teclas cubiertas de polvo. La piel era horrible, un cuero tirante y negruzco que dejaba entrever sus huesos. La habitación estaba impregnada de un olor dulzón penetrante que ninguno pudo aguantar mucho tiempo.
– Afuera con eso -dijo José, poniéndose su mascarilla en la boca. Eran mascarillas comunes, de uso anestésico, de las que abundan en los centros de salud y hospitales.
– Por ahí… -comentó Dozer, señalando la ventana del salón. Ésta daba a la entrada del portal. La abrieron de par en par y, no sin esfuerzo, tiraron el cadáver abajo. Se precipitó con vertiginosa rapidez y acabó aplastando a los zombis que se habían congregado junto a la entrada. Luego echaron una mezcla casera de Bacplus y Bacter 900, unos desinfectantes bactericidas en polvo, sobre el asiento y el piano.
En la quinta planta encontraron una visión poco común: las puertas del quinto D estaban bloqueadas con un gran sofá, una mesa de escritorio apilada encima y dos grandes tablas cruzando la puerta horizontalmente. Dentro, como habían temido, encontraron varios zombis. Los abatieron sin dificultad, y sus cadáveres fueron arrojados por el balcón. Se estrellaron allá abajo contra el suelo, sobre el cuerpo de la pianista.
– Vamos a descansar un poco -pidió José después de lanzar el último cuerpo. Como accionado por un resorte, Uriguen se colocó el fusil al hombro, dejándolo colgar del cinto.
– Qué enfermizo… -comentó Susana-. Imaginaos a esos tres encerrados en estas habitaciones tanto tiempo… -Los visualizó en continuo deambular, rebotando contra las paredes, en la oscuridad, dedicados a la tarea de esperar, esperar infinitamente la llegada de nada en concreto.
– Y que lo digas.
José curioseaba por la casa, seguido por Dozer. La mayor parte de los adornos y estanterías habían sido derribados al suelo. Adivinaron también dónde había muerto, al menos, uno de ellos: la cama más grande tenía grandes y oscuras manchas en las sábanas convertidas en un hatillo inmundo.
En otra de las habitaciones encontraron algo interesante. Era una caja rectangular con varios indicadores y diales, y a un lado descansaba un micrófono que parecía ser de los tiempos de cuando el charlestón era el último grito en París.
– Coño… -dijo Dozer, sorprendido al ver la caja-. Es… ¡es una emisora de radio! -Se acercó y comenzó a examinarla y hacer girar los diales-. Por lo que se ve es de onda media y larga. Es militar, eso seguro. Mira las cintas que tiene por detrás… debían usarse para llevarla como mochila, en campaña. No estoy muy seguro, pero este modelo podría ser de 1930, o 1934; vi uno similar en la escuela de transmisiones de Guadalajara. Qué fuerte… -dijo, vivamente interesado en el aparato-. ¡Una como ésta podrían haber utilizado los resistentes del Alcazar de Toledo durante la Guerra Civil Española!
– Una emisora de radio… -dijo Susana, que asomaba ahora por la puerta. Volvió a repetir arrastrando lentamente las palabras-: Una… emisora… de radio.
– Aaah, joder… -dijo Dozer, examinando la parte trasera-. Le falta la batería… ¿De cuánto debió ser, en aquella época?, ¿doce voltios?
– Pero una emisora de radio… -dijo Susana-. ¿Cómo no hemos pensado antes en eso?
Dozer y José la miraron, sin comprender.
– ¿Qué quieres decir?
– ¡Una emisora! ¡De radio! ¡Podemos emitir, quizá alguien nos escuche!… Porque podemos, ¿no? -dijo de pronto, consciente de que no sabía nada de emisoras de radio, y sobre todo, dándose cuenta de que probablemente aquella antigualla había emitido su último código morse muchos, muchos años atrás.
– No lo sé -dijo Dozer, acariciando la lona que recubría el metal de la emisora con la palma extendida de la mano-. Esta belleza podría funcionar a 0,6 megahercios… probablemente. Digamos que, en ausencia de interferencias, el alcance de la onda terrestre de un transmisor de onda media, expresada en kilómetros, es igual a su longitud de onda en metros. Si tenemos suerte, y la emisora funciona a cien metros, podría tener una cobertura de hasta cien kilómetros.
– ¡Cien kilómetros! -repitió José, impresionado.
– Llegaríamos a Estepona… y por el este hasta Motril, probablemente.
– Tenemos que probar. -Dozer estaba cada vez más entusiasmado.
– ¿Podrás solucionar lo de la batería? -preguntó José.
– Creo que sí. Algo inventaremos…
– Nos la llevamos -dijo Susana con una gran sonrisa.
XVII
El Escuadrón regresó al campamento sin ninguna incidencia. Uriguen llevaba la radio a la espalda, en forma de macuto. Salieron, como de costumbre, por una ventana de la parte de atrás, ya que el portal estaba ahora infecto de caminantes intentando acceder. Desde allí llegaron a las alcantarillas, donde deshicieron el camino andado hasta el polideportivo.
Unos minutos más tarde, en la sala común del complejo, y en medio de cierta expectación, Uriguen colocaba la emisora de radio sobre la mesa. Aranda la examinó con manifiesto interés.
– ¿Podemos emitir con esto y nos escucharán con cualquier aparato de radio convencional? -fue su primera pregunta.
– En toda la provincia -confirmó Dozer-. Eso seguro. No vamos a tener ninguna interferencia en absoluto… todo el espectro para nosotros.
– ¿Funciona? -preguntó un hombre con una poblada barba pelirroja.
– Es lo que tenemos que averiguar. Por lo pronto, le falta la batería. Quiero decir, completamente. Podría intentar algún apaño para enchufarla a uno de nuestros generadores… -dijo pensativamente-, pero podría quemarla de forma irremediable. Recuerdo que había unas baterías recargables de 1,2 amperios… eran especiales para conectar equipos de electro-medicina, microcámaras, receptores y cosas así…
– De las de 500 gramos -dijo José-. Las conozco.
– Eso es. Si pudiéramos echarle el guante a una de ésas… Susana amartilló su fusil con un firme movimiento.
– Nenas, coged vuestros bolsos… ¡vamos de compras!