Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Ужасы » Los Caminantes
Los Caminantes - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 80
Перейти на страницу:

Seis negritos. Uno fue devorado, y cinco quedaron.

XIV

Málaga se moría. Una arrastrada agonía recorría sus calles como un germen infeccioso, necrosando a sus habitantes. Los caminantes estaban ya por todas partes; se unían formando grupos, acechaban los portales y bloqueaban las carreteras. Había accidentes y coches volcados en todos los rincones. En la autopista, los conductores sufrían accidentes intentando esquivar los cuerpos macilentos y otros vehículos siniestrados, y sus ocupantes morían en la colisión. Los que sobrevivían no llegaban tampoco muy lejos: eran rápidamente alcanzados por los caminantes. De cualquiera de las dos formas, a las pocas horas, todos los fallecidos volvían a la vida con los ojos ausentes y una única motivación: dar caza a los vivos.

Encerrado en la Iglesia de la Victoria, el Padre Isidro se postraba ante el altar, como cada día durante las últimas semanas. Allí rezaba a todas horas hasta caer desfallecido por la noche, pero incluso entonces, los ruidos nocturnos de una Málaga que agonizaba lo despertaban a menudo, y las noches eran una pesadilla mortecina que vivía en intervalos de vigilia. Ya no había luz eléctrica, pero aún contaba con un suministro prácticamente inagotable de velas e incensarios que había dispuesto por doquier. El aire era denso, embriagador, penetrante.

El Padre Isidro era un hombre increíblemente delgado. Apenas se había alimentado durante las últimas semanas, desde que los muertos comenzaron a vagar por la faz de la Tierra, y había perdido peso con una rapidez fascinante. Arrodillado en aquel altar, sudaba abundantemente; su frente y todo su cuello estaban perlados por una miríada de gotitas de sudor. A veces rompía a llorar, con los ojos fuertemente apretados, mientras sus labios articulaban, en silencio, los miles de rezos y súplicas que elevaba hacia su Dios.

– ¡Señor! -explotaba de pronto, levantando la mirada hacia el altar y llamando con voz colérica-. ¡Estamos preparados, Señor, cae sobre nosotros y juzga a tu pueblo impío, Señor!

Pero Él no venía, no respondía a sus plegarias, no les llamaba para terminar lo que había empezado. Entonces, movido por un febril impulso, se levantaba y se acercaba a su libro de la Biblia, abierto en el atril por un pasaje que había leído y releído innumerables veces.

No se maravillen de esto, porque viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz y saldrán; los que hicieron cosas buenas a una resurrección de vida, los que practicaron cosas viles a una resurrección de Juicio. Los hombres buscarán la muerte, y no la hallarán; y desearán morir, y la muerte ira huyendo de ellos.

El Padre Isidro temblaba de fervor cuando repasaba esas líneas. Por fin había ocurrido: Dios había llamado a justos y pecadores y los había convocado al Juicio Final. Los muertos habían abandonado sus tumbas y habían vuelto a la vida, y era cuestión de tiempo que Él los juzgase a todos: bajaría de los cielos y daría a cada cual según sus obras. ¿No lo profetizó el Apóstol Pablo en el Nuevo Testamento? El mismo Señor descenderá del cielo. Él estaba preparado, y rezaba -oh, cómo rezaba-, en preparación a Su venida.

Pero los días pasaban, y Él no venía. La ansiedad le devoraba como una enfermedad degenerativa. Consultaba la Biblia continuamente, pasando las páginas hacia delante y atrás, leyendo párrafos aleatorios. De vez en cuando se secaba el sudor de la frente con la manga de su sotana y leía algún párrafo con voz temblorosa, asintiendo mientras lo hacía.

"Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras…". -Se detuvo, con los ojos desorbitados, reflexionando unos instantes sobre lo que acababa de leer.

¿Y si él no se encontraba entre los Justos? ¿Y si Él lo encontraba indigno? Negó con la cabeza con vehemencia, como intentando arrojar esos pensamientos lejos, fuera de su cabeza. No, él había hecho lo que era necesario, lo que había que hacer, lo que Él hubiese querido. Había cerrado las puertas del templo y había mantenido a todos fuera, a los que querían escapar del Juicio Final, los que no querían ser juzgados. A Sofía y a los demás. Cómo habían corrido hacia él y aporreado las grandes puertas dobles cuando él las cerró ante ellos. Cómo habían gritado cuando se acercaron los resucitados, en lugar de sentir el gozo y la dicha del momento glorioso de encontrarse puros y redimir sus pecados. Cómo le habían engañado, tanto, tanto tiempo. Los creía hombres y mujeres Justos, servidores de Dios, devotos creyentes, pero los muertos habían venido a por todos ellos y los habían encontrado… culpables. Desgarraron sus torsos, henchidos de pecado, y separaron sus cabezas y desmembraron brazos y piernas.

Qué dicha había sentido cuando se le iluminó el camino que debía seguir. Corrió al altar, se arrodilló y permaneció allí, entregado, rezando y abriendo su corazón a Él hasta que las piernas le hormiguearon tanto que tuvo que dejarse rodar sobre un costado y llorar de dolor hasta que pudo volver a caminar.

– ¿Qué debo hacer, Señor? -imploró, con la voz rota, diluida en un sollozo lastimero-. ¡Señor, dime qué debo hacer!

Pero las ominosas paredes de roca no le respondieron, la noche no trajo ningún ruido excepto el constante frufrú de los muertos vivientes esperando en el exterior; las velas no titilaron, la señal que esperaba no llegó.

De repente la duda le asaltó, y con la duda venía mezclado un atisbo de esperanza… ¿y si Él estaba esperándolo? ¿Y si Él, en su infinita sabiduría, alabado fuese en Su Gloria, oh Señor… aguardaba un testimonio de su fe y de su devoción?, ¿alguna muestra de su Amor? ¿Y si Él…?

Una chispa se encendió en su atribulada mente, una chispa que detonó con un clic casi audible. Sus ojos se abrieron cuanto les era posible. Allí dentro, detrás de sus pupilas, bailaba el germen de la locura, infatuado por la absoluta certeza de que su Padre celestial requería que se sometiese a los Jueces: que se entregase a los difuntos resucitados, que también él se doblegase al Juicio Final.

Explotó en llanto, víctima de una fuerte taquicardia que le obligó a apoyarse contra la pared. Cuánta gratitud sentía, oh Padre misericordioso, por aquella revelación inesperada. Se preguntaba cómo había tardado tanto en descubrir el Camino Recto que le llevaría a la salvación eterna. Miró hacia las puertas del templo. Había apilado allí todos los bancos y hasta uno de los confesionarios para impedir la entrada de los difuntos.

– Oh, Señor… qué ciego he sido… -dijo, avanzando veloz hacia los bancos-. Ya voy, Señor, ya voy…

Los retiraba con extrema facilidad, y éstos caían a ambos lados con un sonoro estrépito. Sorprendía verlo desmontar la barricada pese a su pronunciada delgadez, consumido por un desbocado fervor. Por fin, retiró la última tranca y abrió las dos hojas de par en par.

1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 80
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)