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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Cuando Arturo se hubo marchado, volvió a echar un vistazo por el ventanal. Los muertos deambulaban, chocaban entre sí, cambiaban de rumbo sin razón aparente. En silencio, los odió a todos. Uno por uno.

Al día siguiente tuvieron una pequeña reunión de urgencia, después del desayuno, para discutir el problema del agua. Sentían que su salud podría resentirse si bebían solamente bebidas carbonatadas.

– En principio tenemos cinco palés de latas de Fanta de limón, dos de naranja y dos más de Coca-Cola -explicó Arturo-. Además he calculado unos mil litros de Coca-Cola normal en botellas de dos litros. Esto debería durarnos una buena temporada, pero existen unos problemas. Aparte del azúcar, está el problema de la cafeína: puede dar lugar a taquicardia, insomnio, dolor de cabeza, temblores y crisis de ansiedad. No necesitamos nada de eso, especialmente porque no contamos con ningún fármaco, ni siquiera una vulgar aspirina. Por si fuera poco, la combinación del ácido fosfórico con azúcar refinado y la fructosa que estas bebidas pueden tener, dificulta la absorción de hierro en el organismo, lo cual puede llevar a anemia. Otra cosa que no queremos aquí, por la cuenta que nos trae.

– Vaya… -dijo David, un chico alto y enjuto.

– Así que tenemos que pensar dónde conseguir agua. No a corto plazo, no inmediatamente, pero sí convendría ir estudiándolo.

Un murmullo generalizado les puso a todos de acuerdo.

– Eso no va a ser nada fácil -dijo Isabel.

– Está la idea del tablón… -dijo David.

Encontraron el tablón en la azotea, detrás del tendedero de la ropa, apoyado contra la pared. Era una tabla enorme, de al menos cuatro metros de largo, y reforzada con varas de hierro. Tenía restos de pintura por todas partes, así que pensaron que debía haberse usado como andamiaje en tareas de pintura. Si eso era cierto, seguramente contaba con la resistencia necesaria para soportar el peso de una persona.

También estaba la ventana. El edificio de enfrente, por la parte de atrás, parecía completamente vacío; nunca vieron ni escucharon nada en su interior. Sin embargo, una de las ventanas estaba abierta de par en par. Alguien tuvo la idea de usar el tablón para cruzar hasta el otro edificio, dado que la distancia entre ambas fachadas no era mayor que la altura de la tabla. En la práctica, nadie había querido arriesgarse a salvar esa distancia cruzando por una tabla abandonada en una azotea: la intemperie la había vuelto gris y macilenta, y resultaba sencillo imaginarla crujiendo, partiéndose por la mitad y cayendo al vacío.

– ¡No sabemos qué ventajas nos va a traer cruzar enfrente! -exclamó Isabel. Siempre había sido una voz en contra de la idea de cruzar la calle por ese método.

– Podría haber agua -dijo David.

– ¿Las cisternas? -preguntó alguien.

– Se habrán evaporado en este tiempo. Además, no debe suponer una cantidad de agua muy grande -contestó Isabel.

– No hay otra manera, Isabel.

– Sometámoslo a votación. ¿A favor de cruzar con la tabla? -dijo Mary, una chica rubia de aspecto frágil, levantando la mano.

Isabel miró alrededor y soltó un sonoro bufido. Ella era la única en contra.

Por la tarde, después de una frugal comida a base de albóndigas enlatadas con tomate, pusieron en práctica la idea del tablón. El día era favorable: tranquilo y con total ausencia de viento.

– Iré yo… -dijo David-. Soy el más delgado…

Mary le miró con una creciente sensación de pánico; ella era tanto o más delgada que él, y todavía más pequeña. Pero David le dedicó una mirada tranquilizadora.

– Iré yo… ¿vale?

Ella le sonrió, visiblemente aliviada.

Empujaron la tabla por la ventana, con mucho cuidado, y la apoyaron sobre el alféizar del edificio de enfrente. La probaron con las manos, haciendo presión.

– Parece bastante fuerte -observó Arturo.

– Ya veremos -comentó David, ayudándose de una silla para encaramarse a la ventana. Una vez arriba, se agarró de los marcos para hacer fuerza con el pie en varios puntos.

– Por Dios, ten cuidado, Deivid -dijo Isabel. Siempre le llamaba David, pronunciado a la inglesa.

Se agachó hasta ponerse a cuatro patas, y comenzó a avanzar despacio. La tabla no era muy ancha, apenas ochenta centímetros, lo que no ayudaba a imprimirle confianza. Intentaba no mirar abajo, donde los muertos arrastraban los pies en desmadejado tropel.

Nadie decía nada. Arturo y otro chico se apresuraron a sujetar el tablón cuando David se hubo alejado un poco. Avanzaba unos centímetros cada vez, primero una rodilla, luego la otra. Notaba que, a medida que ganaba terreno, la tensión se iba apoderando de él. Se sentía la cara roja. No quería sudar, pero se conocía demasiado bien, y sabía que en poco tiempo sus manos iban a dejar húmedos rastros en la madera.

– Vas bien… ya casi estás, tío… -le animaban desde atrás.

Pero entonces, un poderoso sonido llenó el aire, ominoso, terrible. Les atenazó el corazón a todos. Isabel dejó escapar un pequeño grito. Era la tabla: amenazaba con un buen y sonoro crujido.

– ¡Retrocede! -le llamaban sus compañeros, fuera de sí-. ¡Se parte, David, se parte!

David aguantaba la respiración. Tenía los brazos tensos como cables, y el estómago era un músculo prieto y dolorido. Muy despacio, volvió la cabeza hacia atrás, intentando no perder el equilibrio. Vio las caras de sus amigos: eran un mapa de las tierras yermas del terror.

– Eh… no pasa nada… -dijo, intentando mostrar una buena sonrisa, pero no tuvo tiempo. La tabla volvió a crujir, un fuerte y definitivo crac, seguido de un sonido que parecía el de un revólver de gran calibre. La tabla de partió en dos, levantando una nube de polvo blanco. David se precipitó hacia el vacío, con las manos extendidas. Cayó un par de pisos más abajo, en mitad de la pequeña calle que separaba los edificios y se partió ambas piernas y los dos brazos. Su boca escupió un aparatoso chorro de sangre.

Isabel chillaba. Arturo permanecía asomado con los brazos extendidos; no había sido lo bastante rápido como para cogerle por los pies. Miraba abajo, al fardo descoyuntado que era ahora su amigo. No acababa de asimilarlo… había sido tan rápido… Detrás suya le llegaba el sordo rumor de unos gritos, como amortiguados por una almohada. Alguien lloraba… ¿Mary, era Mary? A través de la piadosa neblina que cubría toda la escena, Arturo creyó comprender lo que veía abajo… se le habían echado encima, estaban encima del cuerpo de su amigo. Al principio uno, luego dos… tironeaban de las extremidades, clavaban sus bocas inmundas en todas las heridas. Arturo negaba con la cabeza, pero no podía apartar la vista de aquel dantesco espectáculo. Con creciente horror, empezó a ser consciente del sonido de una sirena que venía in crescendo de abajo, de la calle. Entonces lo entendió del todo… No era una sirena. Era David, aún estaba vivo, y gritaba, gritaba con tal intensidad que Arturo tuvo que cerrar los ojos, taparse los oídos y abrirse camino hacia el interior de la casa.

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