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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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– Pues tendremos que vivir de los zumos y los refrescos.

– También se han acabado los zumos. Sólo queda esa mierda de bebidas isotónicas.

– Ya serán mejores que beber Coca-Cola… -teorizó la chica.

– Pues no sabría decirte -dijo el joven, ajustando sus gafas sobre la nariz-. La Coca-Cola tiene varios ácidos que tienen un efecto descalcificante en los huesos, pero la bebida isotónica aun puede ser peor… Tiene vitaminas, pero están mezcladas con un agente químico muy peligroso. Lo desarrolló el Departamento de Defensa de los Estados Unidos durante los años 60 para estimular la moral de las tropas que luchaban en Vietnam. Actuaba como una droga alucinógena que calmaba el estrés de la guerra, ¿sabes?, pero sus efectos en el organismo fueron tan devastadores que fue retirado. -Hizo un gesto vago con la mano-. Alto índice de casos de migrañas, tumores cerebrales y problemas en el hígado en los soldados que la tomaron.

La chica rió con ganas la verborrea de su amigo.

– ¿De dónde leches sacas todo eso?

El joven pareció un poco ofendido, y cruzó los brazos varias veces como si estuviese incómodo.

– Lo leí. Lo leí en un blog. Antes, cuando… cuando había Internet.

– Eres increíble, Arturo -dijo con una sonrisa.

Fue, en verdad, un momento extraño, de los que no abundaban desde hacía semanas. Resistían a la invasión de los muertos vivientes en uno de los emblemáticos edificios de la Plaza de la Merced. Eran seis, aunque John, un extranjero de cincuenta y dos años que había venido a Málaga a estudiar a Picasso, estaba realmente enfermo. Lo mordieron en la pierna y perdió mucha sangre. Desde entonces la infección se había ido extendiendo, y le provocaba sudores fríos, fuertes episodios de fiebre y periodos de coma.

Pero John aguantaba, gracias a Dios. Los otros eran todos gente joven, y quitando algún momento de histeria, lo llevaban bastante bien. Salir a la calle era algo del todo irrealizable debido al número de cadáveres que vagabundeaba constantemente por la plaza, pero habían aguantado gracias a un boquete que practicaron en el suelo de uno de los pisos de la primera planta, que les condujo, como habían previsto, al pequeño supermercado de abajo. Había numerosos alimentos en lata, cereales con fechas de caducidad muy alejadas en el tiempo, garrafas de agua y muchos otros productos que podían almacenar sin que se comprometiese su salubridad: chocolates, frutos secos, barras energéticas y demás.

– ¿Cómo está John hoy? -preguntó la chica.

– Sigue igual… Seguimos necesitando medicamentos. Antibióticos. Lo ideal sería que lo viera un médico… -Miró hacia abajo, experimentado una gran impotencia.

– Quizá deberíamos hacer más de esas hojas…

– Tiramos quinientas -dijo él, pronunciando mucho cada golpe de voz.

Habían preparado quinientas cuartillas encabezadas con un visible titular: "ESTAMOS VIVOS", y habían escrito su localización exacta, cuántos eran, y sus problemas más graves: la necesidad de encontrar un médico para John y la de la falta de agua. Esperaban que las hojas se esparcieran por todas partes, y que, en algún momento, alguien encontrara alguna.

– Prepararé más. Si mañana hace viento, las tiraré desde el tejado otra vez. Estoy convencida de que alguien… en alguna parte… dará con una de ellas.

– Está todo muerto, Isa.

– Si nosotros estamos aguantando, tiene que haber más. Arturo pensó unos instantes. No compartía su ilusión, pero concluyó que no le vendría mal estar ocupada.

La clave de la convivencia, como tan bien había vaticinado Isabel, era mantenerse ocupados. Los tres pisos que usaban no eran demasiado grandes, pero suficientes como para que todos tuvieran su espacio. Intentaban mantenerlo todo limpio y ordenado, quizá en clara contraposición al hediondo caos que reinaba en la calle.

– ¿Algo nuevo? -preguntó Arturo, señalando hacia la ventana.

– La verdad… no.

Miraron ambos hacia el exterior. A Arturo no le gustaba nada hacerlo: era como mirar a un abismo negro de desesperanza, y como decía Nietzsche, si miras al abismo, el abismo devuelve siempre la mirada.

– No sé qué esperaba… -continuó Isabel-. Quizá un grupo de gente subidos en un tanque, uno grande que pudiera abrirse camino, aplastar todas esas cosas y llegar hasta aquí… -Dejó escapar una tímida risa, consciente de que semejante cosa nunca ocurriría.

– Un tanque… eso estaría bien -dijo Arturo, apartando por fin la mirada de la ventana-. A veces me pregunto qué les pasó a los militares… nunca vimos ninguno. ¿Tú viste alguno?

– No… -contestó Isabel, dándose cuenta de que nunca había pensado en la cuestión.

– Vi policías, guardia civiles… pero militares… ¿Teníamos acaso militares en Málaga? -preguntó despacio, un poco incómodo por confesar su ignorancia en el tema.

– No lo sé.

– Antes estaba el Campamento Benítez, pero se lo llevaron… ¿No era allí donde está ahora el centro comercial Plaza Mayor?

– Más o menos, creo que sí.

– Más nos hubiera valido tener militares.

– ¿Qué era lo más cercano entonces: la base de Rota, San Fernando, los legionarios…? ¿Dónde estaban, en Ceuta?

– La verdad, no tengo ni idea. Supongo que ahora da igual.

– ¿Crees que será igual en otros países? A lo mejor en algunas partes han conseguido controlarlo…

– Es posible. Quizá los ingleses; tienen un buen ejército profesional, muy disciplinado.

– ¿Y los americanos? Arturo rió.

– ¿No recuerdas lo de Nueva Orleans?, ¿la inundación aquella? Toda aquella gente estaba muriendo en sus casas, sin recibir ayuda. Tardaron tanto en reaccionar que el agua desbordada empezaba a constituir un grave peligro para la salud, por la infección y todo eso, ya sabes… agua, sol, cuerpos en descomposición. Una ecuación que no falla. ¿Y dónde estaba en aquel momento toda la grandilocuente parafernalia americana? -Rió de nuevo-. Ni idea, francamente. Increíble. Todos estos años hemos tenido a Hollywood vendiéndonos la idea de que ellos serían siempre los que salvarían el mundo en todos los casos de invasiones extraterrestres y demás, y cuando pasa algo en su propia casa, no funciona.

– Es verdad… -dijo Isabel, reconsiderando la idea.

– En definitiva, creo que debe estar todo igual. Acuérdate de la rapidez con la que se fue todo a pique.

Isabel asintió, cabizbaja.

Hubo unos instantes de silencio, que resultaron algo incómodos para ambos. No solían hablar de las malas noticias excepto cuando era absolutamente necesario, pues habían aprendido la importancia de mantener la moral alta. Sin embargo, el cauce de la conversación había conseguido bajarles los ánimos. Arturo sacudió la cabeza.

– Escucha… estaré abajo, tengo cosas que hacer. Seguro que al final todo se arregla, ¿vale?

Isabel le miró y forzó un intento de sonrisa, pero volvió a bajar la cabeza rápidamente, incapaz de sostenerla por mucho tiempo.

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