Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
—Sí, es un precio magnífico —asintió Arvardan—, pero ya le he explicado que no dispongo de camisas para vender.
—Bueno —murmuró Creen, y se encogió de hombros—. Supongo que se quedará una temporada en la Tierra, ¿no?
—Quizá.
—¿A qué se dedica?
El arqueólogo permitió que la irritación que sentía se hiciera visible por fin.
—Oiga, señor Creen, si no tiene inconveniente… En fin, estoy un poco cansado y me gustaría dormir un rato. Espero que no le moleste, pero…
—Eh, ¿qué mosca le ha picado? —preguntó Creen frunciendo el ceño—. ¿Qué pasa, es que los sirianos no creen en la amabilidad o qué? Le he hecho una pregunta, nada más… Sólo intentaba ser afable. No hace falta que me muerda por ello.
Hasta aquellos momentos la conversación se había estado desarrollando en voz baja, pero Creen fue subiendo el tono hasta acabar casi gritando. Los rostros hostiles se volvieron hacia Arvardan, y el arqueólogo tensó los labios.
Pensó que él mismo se lo había buscado, y sintió una punzada de amargura. Si se hubiese mantenido alejado desde el primer momento y no hubiera sentido la necesidad de exhibir su maldita tolerancia imponiéndosela a personas que no la necesitaban para nada, ahora no estaría metido en aquel lío.
—Señor Creen, yo no le he pedido que me hiciese compañía y no le he faltado al respeto en ningún momento —dijo en el tono más tranquilo y razonable de que fue capaz—. Le repito que estoy cansado y que deseo dormir… Creo que no hay nada malo en eso, ¿verdad?
—Oiga, no tiene por qué tratarme como si fuese un perro callejero —exclamó el joven. Se puso en pie, arrojó violentamente su cigarrillo al suelo y señaló a Arvardan con un dedo—. Espaciales asquerosos… Vienen aquí con su altivez y sus discursitos y creen que eso les da derecho a pisotearnos, ¿no? Bueno, pues no tenemos por qué aguantar su presencia, ¿entiende? Si esto no le gusta, vuelva al sitio del que ha venido; y si continúa provocándome mucho rato verá cómo le doy una lección. ¿Cree que le tengo miedo?
Arvardan volvió la cabeza y clavó la mirada en la ventanilla.
Creen no dijo nada más, y volvió al asiento en el que había estado sentado antes. Un murmullo nervioso empezó a recorrer la cabina del estratosférico, pero Arvardan no le prestó atención. Sintió más que vio las miradas cargadas de veneno que se clavaban en él, y las soportó hasta que la atención de que era objeto se fue disipando poco a poco como ocurre con todas las cosas.
El asiento que había a su lado permaneció vacío hasta el final del viaje, y Arvardan no volvió a abrir la boca.
El aterrizaje en el aeródromo de Chica fue todo un alivio. Arvardan sonrió para sus adentros al ver por primera vez desde el aire «la ciudad más condenadamente maravillosa de toda la Tierra»; pero no tardó en descubrir que Chica significaba una notable mejora en comparación con la atmósfera cargada de hostilidad del estratosférico.
Vigiló la operación de descarga de su equipaje e hizo que fuese llevado a un taxi de dos ruedas. AL menos allí sería el único pasajero, por lo que si no hablaba más de lo necesario con el conductor no habría muchas probabilidades de que se metiera en líos.
—A la Casa del Estado —dijo, y el conductor puso en marcha el vehículo.
Así fue como Arvardan llegó por primera vez a Chica, y lo hizo el mismo día en el que Joseph Schwartz huyó de su habitación en el Instituto de Investigaciones Nucleares.
Creen siguió con la mirada la marcha de Arvardan. Sus labios estaban curvados en una sonrisa siniestra. Sacó su libretita y la estudió detenidamente entre calada y calada al cigarrillo. A pesar de la historia de su tío (un truco que ya había utilizado frecuentemente con buenos resultados), no había conseguido gran cosa de los pasajeros. El viejo había protestado porque un hombre había vivido más tiempo del que le tocaba, y había atribuido el que lo hubiese conseguido a su relación con la Sociedad de Ancianos. Eso podía ser considerado como una calumnia contra la Hermandad; pero el viejo cumpliría los sesenta dentro de un mes, así que no valía la pena que anotara su nombre en la libretita.
Pero el espacial…, bueno, eso era muy distinto. Repasó las anotaciones con una sensación de júbilo. «Bel Arvardan, Baronn, Sector de Sirio. Parece interesado en los Sesenta. Muy discreto respecto a sus actividades. Llegó a Chica el 12 de octubre en un vuelo estratosférico comercial a las 11 de la mañana, hora de Chica. Claros sentimientos antiterrestres.»
Quizá por fin había pescado un pez gordo. Pillar a los gruñones que hacían comentarios indiscretos resultaba cada vez más aburrido, pero sorpresas ocasionales como aquélla lo compensaban sobradamente.
La Hermandad dispondría de su informe antes de que hubiera transcurrido media hora. Creen salió del aeropuerto sin apresurarse.
8. ENCUENTRO EN CHICA
El doctor Shekt estaba hojeando por vigésima vez su último volumen de anotaciones cuando Pola entró en su despacho. Shekt alzó la mirada, y vio que Pola fruncía el ceño mientras se ponía la bata blanca.
—¿Aún no has comido, papá?
—¿Eh? Pues claro que sí… Oh, ¿qué es esto?
—Esto es el almuerzo o al menos lo era. Lo que comiste debe de haber sido el desayuno. No sé de qué sirve que compre comida y la traiga aquí si no te la comes. Acabaré teniendo que obligarte a ir a comer a casa.
—Vamos, Pola no te enfades… Te aseguro que me lo comeré. ¡No puedo interrumpir un experimento vital cada vez que a ti te parece que debo alimentarme! —protestó Shekt. Pero cuando llegó al postre ya volvía a estar de buen humor.
—No puedes ni imaginarte qué clase de hombre es Schwartz… —dijo—. ¿Te he hablado alguna vez de sus suturas craneanas?
—Me dijiste que tienen un aspecto muy primitivo.
—Pero eso no es todo, Pola… Tiene treinta y dos dientes, ¿sabes? Tres muelas arriba y tres abajo a cada lado, contando una muela artificial que debe de ser de fabricación casera a juzgar por su aspecto. Puedo asegurarte que nunca había visto un puente dental que estuviera sujeto mediante ganchos de metal a los dientes de al lado, en lugar de estar adherido a la mandíbula… ¿Pero has visto alguna vez a una persona con treinta y dos dientes?
—No me dedico a ir por ahí contando los dientes de la gente, papá. ¿Cuál es el número correcto? ¿Veintiocho?
—Tan cierto como que el espacio es grande, hija, pero aún no he terminado. Ayer le hicimos un examen interno. ¿Qué crees que encontramos? ¡Venga, adivínalo!
—¿Intestinos?
—Pola, me estás tomando el pelo deliberadamente, pero me da igual. No hace falta que intentes adivinarlo, yo te lo diré… Schwartz tiene un apéndice vermicular de siete centímetros de longitud, ¡y está abierto! ¡Es algo que no tiene precedentes! Hice algunas averiguaciones en la facultad de medicina…, con mucha discreción, naturalmente…, y me enteré de que los apéndices jamás superan el centímetro y de que nunca están abiertos.
—¿Y qué significa todo eso?
—Pues que estamos ante un caso de regresión…, que Schwartz es un fósil viviente, dicho en otras palabras. —Shekt se había levantado de la silla y había empezado a ir y venir rápidamente por la habitación—. Voy a decirte una cosa, Pola: creo que no debemos devolver a Schwartz. Es un ejemplar demasiado valioso.
—No. No, papá —se apresuró a decir Pola—. No puedes retenerle. Prometiste al granjero que le devolverías a Schwartz al cabo de una semana, y debes hacerlo por el bien del mismo Schwartz. No es feliz aquí.
—¡Que no es feliz aquí! ¡Pero si le estamos tratando mejor que si fuese un millonario espacial!
—¿Y qué importa eso? El pobre hombre está acostumbrado a su granja y a la compañía de su familia. Pasó allí toda su vida, ¿entiendes? Ahora acaba de sufrir una experiencia espantosa y quizá también bastante dolorosa, y su mente ha empezado a funcionar de otra manera. No puedes pretender que lo comprenda, papá. Debemos tener en cuenta sus derechos como ser humano y permitir que vuelva con su familia.