Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
En cualquier caso los padres, sea cual sea su condición social, gastan lo que tienen y lo que no tienen para mostrar su patrimonio.
Setrak, el chófer del primer coche que alquilé al cabo de unos días, me contó que había roto con su hija -está muerta para mí y para toda mi familia, decía con profunda convicción- porque se había enamorado de un armenio como ella y se había casado con él en Armenia, no en Damasco como él habría querido para poder así invitar a los amigos y parientes al festival nupcial para el que, muy probablemente, había estado ahorrando toda su vida. Porque en una boda se invita a cientos de personas y a veces a miles, y las mesas de los banquetes están repletas de todos los alimentos del mundo, hay flores por doquier, y los trajes de las novias son un alarde de fantasía de arabescos, lentejuelas, volantes, bordados con perlas y frunces, y faldas superpuestas, una exhibición de riqueza que mantiene embobadas a las mujeres frente a los escaparates.
Al entrar en la ciudad antigua por Bab Tuma, nos encontramos la minúscula acera de la derecha llena de cestas de flores que apenas dejaban pasar. Tras ellas una escalerilla con exiguos escaparates a ambos lados mostraba una serie inacabable de esos trajes brillando bajo focos potentes que desafiaban la última luz del sol apenas visible en la umbrosa penumbra de las calles antiguas. Vestidos de novia, con bordados a mano y diminutas perlas cosidas formando cenefas que habrían ocupado durante meses a cientos de costureras, sepultadas en damascos, brocados, tafetán, cintas, lazos y flores de pedrería; vestidos para las invitadas, las madres, incluso las abuelas, en uno o varios colores tan brillantes que ni siquiera el arco iris en sus mejores momentos se le puede comparar. Verde esmeralda, rojo fuego, azul añil. Entramos y recorrimos esa casa antigua convertida en tienda que se inauguró ayer, nos dijo el dueño ufano, y que los vecinos y amigos habían llenado con los monumentales ramos de nardos y rosas cuya espesa fragancia invadía escaleras y aceras, para desear suerte y muchos años de vida al propietario y a su nuevo comercio.
A la salida me llamaron la atención varias mujeres vestidas de azul. Es el hábito celeste de la Virgen María que algunas mujeres cristianas visten durante el mes de mayo, me dijo Adnán, lo que significa que durante todo el mes sus cuerpos no serán mancillados por ultraje alguno a su pureza. La Iglesia católica, añadió, tampoco parece tener mucho aprecio por los dones naturales con los que nos ha adornado Dios. En esto y en muchas otras cosas es tan obcecada y puritana como los fundamentalistas.
Yamid el peluquero vivía a la entrada de Bab Tuma en una casa árabe de mil años de antigüedad, me dijo orgulloso su inquilino. Constaba de un patio al que daban las habitaciones de la planta y la galería porticada del piso superior donde se hallaban las viviendas de otros inquilinos, al que accedimos por una escalera lateral desvencijada. Eran habitaciones grandes abiertas a la galería, de altísimos techos de casi cuatro metros, pintados y descascarillados que nadie había retocado ni adecentado en varias generaciones. En la que vivía Yamid con un hermano y una hermana había, además de dos sofás, un sillón, tres camas, una hornacina gigantesca donde descubrí la televisión, tres aparatos de radio de distintos periodos, una plancha, un inmenso Cristo de metal dorado, libros por todas partes y varios electrodomésticos. Cuando llueve, me explicó, entra el agua a cántaros, aunque tenemos suerte porque como el suelo de baldosas está en las mismas condiciones que el techo, el agua no permanece sino que se filtra a través del pavimento y desaparece.
Por las mañanas Yamid estaba empleado en un banco y al ser cristiano los domingos tenía derecho a dos horas libres para ir a misa, las tardes las pasaba en la peluquería del barrio cristiano, y al salir trabajaba de guardia jurado.
Además tocaba la guitarra, era poeta y adivinaba el porvenir. Hablaba francés con un acento peculiar, muy despacio, y como muchos árabes de Damasco lo hablaba mejor que lo entendía.
Salimos a la galería, a la que, además de las habitaciones de otros inquilinos, se abría una cocina minúscula y un baño comunes. Yamid trajo sillas y una mesita y se fue a preparar el café. En un rincón junto a la barandilla y a la vieja y oxidada máquina de lavar, se amontonaban varias maletas, sillas sin patas y hierros retorcidos.
Era la hora mejor de Damasco.
El bullicio y la multitud de la calle tan cercanos en esa parte no cubierta de la galería parecían estar al alcance de la mano y tenían el color de mil vidas superpuestas. El cielo estaba pálido y había comenzado a correr el aire.
Salió Yamid al cabo de un momento y me dijo que me sentara y que como su francés no era demasiado bueno hablaría en árabe y Adnán traduciría. Tomé el café turco hirviendo, sorbiendo primero el vaho caliente para acostumbrar la boca a tan alta temperatura como me había enseñado Fathi, y cuando no quedó más que el poso, lo eché en el platito siguiendo las instrucciones de Yamid.
– Tú no crees demasiado en estas cosas, ¿verdad? -me preguntó.
– Bien, no sé, es la primera vez que lo hago, en realidad estoy esperando a ver qué pasa.
Corría el viento más ligero y sentí frío.
Él dejó la tacita boca abajo y se puso a hablar con Adnán en árabe.
– ¿Qué ocurre? -pregunté yo temerosa de que ante mi falta de fe hubiera decidido echarse atrás.
– ’Cinc minutes’ -dijo él abriendo la mano para que yo viera los cinco dedos-, tiene que secarse el café para que pueda leer los dibujos que deja el poso en el fondo de la taza.