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Электронная книга - «El anillo en el agua». Краткое содержание книги:

Entre la novela y la memoria literaria, El anillo en el agua es la crónica irónica y melancólica del panorama cultural y político en la ciudad de Cádiz desde la muerte de Franco a la constitución de 1978. Recién salidos de la adolescencia, un grupo de aprendices de escritor se conoce, se contagia de ilusiones, comparte aspiraciones e ingenuidades y funda una revista, Jaramago, que los mantiene unidos y activos durante dos veanos que los marcarán profundamente. Nombres hoy desconocidos y nombres que ahora ya tienen cierto bagaje como autores asoman en estas páginas, más jóvenes, más idealistas, más ingenuos y hasta con menos dioptrías. Este libro es una ceremonia de iniciación, el rito de madurez de unos adolescentes que quisieron ser poetas y que, durante un breve periodo de tiempo, hasta llegaron a conseguirlo.
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Aquellas tertulias las impulsaba un espejismo que nos tenía a todos enganchados desde hacía unos pocos meses, algo llamado «Congreso de Cultura Andaluza» que creíamos iba a poner al país patas abajo y que quedaría, poco después, perdido en el laberinto de sí mismo, sin conclusiones ni más hazañas, diluido como un terrón de azúcar en un vaso de agua turbia. Una de las actividades paralelas patrocinadas por aquel congreso fantasma era también un programa radiofónico aburrido y nacionalista andaluz que presentaba y dirigía Manolo González Piñero con más ilusión que audiencia. Manolo nos llamó un jueves a Radio Juventud para hacernos una entrevista al Colectivo Jaramago y le debió de gustar mi voz, pues me propuso que le ayudara en la creación del programa de la semana siguiente, dedicado a Almería.

Manolo tenía una casa antigua justo en San Juan de Dios, sobre la parada de taxis y la reventa de entradas para el Trofeo Carranza, y durante dos o tres semanas Juanito Mateos y yo acudimos a las cinco de la tarde todos los miércoles, un día antes de la emisión, para escribir el guión y reírnos con sus salidas y soportar a su hija, un torbellino de dos años que no había quien pudiera quitarse de encima. Uno de los detalles que me extrañó de la casa de Manolo fue ver que en su estudio, junto a la bandera andaluza que tanto creíamos amar, había también una banderita roja y gualda.

Por entonces teníamos todos cierto afán republicano que en la mayoría de nosotros no desaparecería, me parece, hasta la noche célebre de transistores y tanquetas, y le señalé a Manolo lo que me parecía una contradicción. Manolo, que era algo folklórico, muy senequista, charlatán y burlesco casi siempre, se puso de pronto muy serio y me dijo, marcando las palabras, pontificando como si fuera Antonio Gala:

– No te olvides de que yo he jurado esa bandera.

Fue una lección que me ha acompañado desde entonces.

Manolo militaba en el PSA, me parece, a punto ya para pasar a la primera división de partidos mayores, y trabajaba en Astilleros como delineante u oficinista. Tenía a sus espaldas un pasado de niño seminarista o algo así, y me entregó el programa para mí solito porque bailaba también en el grupo que dirigía su mujer y no tenía tiempo para simultanear ambas cosas (Manolo, metido en política, sería durante varios años Concejal de Cultura del ayuntamiento gaditano; yo siempre he creído que tenía además carisma para ser un buen alcalde).

Me vi de pronto, ese verano, con la responsabilidad de escribir y presentar cada semana, en directo, tras el rosario de las siete, un programa sobre andalucismo, que yo sentía pero del que no tenía más idea. Menos mal que el libro «Andalucía tercer mundo» me echaba una mano (jamás hemos pagado a Antonio Burgos el haberle pirateado cada semana sus palabras por las ondas). El acompañamiento musical de cada monográfico, entre Jarcha y Aquaviva, lo remataba con Serrat, que había regresado ya a España tras su aventura mexicana, haciendo que el doble que le salió por aquí en su ausencia se perdiera por una cloaca y se olvidase para siempre (¿se llamaba Paco Martín?). Serrat era catalán y no andaluz, lo que podría chocar un poco con el contenido del programa, pero yo me las apañaba para que cada frase antes de la música tuviera alguna relación con la canción que iba a sonar a continuación. Además, a ese programa (se llamaba Portavoz), a aquella intempestiva hora de verano no lo escuchaban ni las viejas beatas, que apagaban el receptor tras el rosario (detalle comprobado).

En octubre, a punto de empezar un nuevo curso universitario, dejé con pena el programa en manos de Juanito Mateos, después de haber escrito el último guión. En Radio Juventud, que eran algo de derechas y nos miraban con mala cara cada jueves cuando llegábamos para adueñarnos de los micrófonos, aprovecharon en seguida el cambio de presentador y, sin dar más explicaciones, sabiendo que el afamado congreso no era más que una cortina de humo, cancelaron el programa. No se perdió gran cosa.

TOMATADA EN COLUMELA

Nuestros amigos los poetas publicaron entonces un par de libros de verdad, no como el panfletito de Téllez, y lo presentaron una tarde en un Instituto Columela completamente vacío que indicaba, por si aún no lo habíamos advertido, que el vuelco de los intereses generales iba por otros derroteros menos dados a poesías y laureles. Nosotros, que habíamos llenado por dos veces aquel local enorme, con el mismo éxito de taquilla y público que Dagoll Dagom y su «No hablar en clase», presenciábamos ahora que el castillo de naipes se había derrumbado hasta sus cimientos.

Para colmo de males, el Colectivo decidió gastarles una broma y, mientras ellos recitaban sus poemas ante el público casi inexistente, nosotros hacíamos saltar al aire, de una mano a otra, los tomates que Leo había traído de su puesto de frutas. La intención era esperar a que terminara el recital, tirar los tomates y luego aplaudir, solamente, pero por lo que se ve tener a cinco o seis chavales en segunda fila con una sonrisita en los labios y un tomate de buenas proporciones con deseos de convertirse en pelota de primera base no era una perspectiva muy alentadora. José Ramón Ripoll no supo estarse callado y metió la pata.

– Oye, no se os ocurra tirar esos tomates.

El que le lanzó Juanito estuvo a punto de estamparse en su coronilla. Los demás no hicimos blanco por muy poquito (mi proyectil rozó a Jesús Fernández Palacios). Esa fue nuestra última actuación en público. Los poetas se enfadaron con nosotros y pasó algún tiempo antes de que pudieran perdonarnos, si lo han hecho.

ADIOS A TODO ESO

Nos habíamos convertido en un fantasma que arrastraba a sus espaldas las cadenas de su nombre. Todavía identificados como Colectivo Jaramago, cada uno de nuestros antiguos compañeros había ido desapareciendo de nuestras vidas poco a poco, regresando a sus mundos de origen, olvidando el sueño que nos había iluminado a todos un verano antes. Miguel Martínez, Vicente Sosa yo publicamos por fin nuestro fanzine de cómics, más por cabezonería que por ganas de hacer llegar algo nuevo, sabiendo que tampoco ibamos a editar jamás una segunda entrega que teníamos preparada desde hacía tiempo.

La intelectualidad nos había aceptado entre sus filas, y de vez en cuando la gente se nos acercaba para preguntar cuándo ibamos a sacar un nuevo número de Jaramago, pero nosotros sabíamos la cuantía de nuestras deudas y el problema que se nos presentaba para continuar adelante. Eramos una reputación con un pasado y sin futuro, un espectro sin cuerpo. Cuando el suplemento cultural del diario Arriba, más liberal de lo que cabría esperar de su título, nos auguró un gran futuro, sólo pudimos mover de un lado a otro la cabeza.

De todas formas, tras meditarlo mucho, empezamos a preparar el número seis. Descartada la imprenta, no nos quedó más opción que volver a las faldas de la copistería de siempre, que en esos meses de hiato había aprendido a manejar las máquinas y, al menos enMcClure, nuestro fanzine paralelo dedicado al tebeo, no habían hecho un mal trabajo (ya no se veían tantas huellas de dedos).

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