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Электронная книга - «El anillo en el agua». Краткое содержание книги:

Entre la novela y la memoria literaria, El anillo en el agua es la crónica irónica y melancólica del panorama cultural y político en la ciudad de Cádiz desde la muerte de Franco a la constitución de 1978. Recién salidos de la adolescencia, un grupo de aprendices de escritor se conoce, se contagia de ilusiones, comparte aspiraciones e ingenuidades y funda una revista, Jaramago, que los mantiene unidos y activos durante dos veanos que los marcarán profundamente. Nombres hoy desconocidos y nombres que ahora ya tienen cierto bagaje como autores asoman en estas páginas, más jóvenes, más idealistas, más ingenuos y hasta con menos dioptrías. Este libro es una ceremonia de iniciación, el rito de madurez de unos adolescentes que quisieron ser poetas y que, durante un breve periodo de tiempo, hasta llegaron a conseguirlo.
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No sé muy bien por qué demonios me volví y, pegadito a la acera, andando muy despacio, llegué a la esquina, bajo un centenar de gritos y la algarabía de otras batallas lejanas. En la esquina, al apoyarme contra uno de esos cañones invertidos que adornan muchas calles del casco antiguo sin motivo aparente, me quemé la mano con el contenido de una ampolla de cristal cuyo origen todavía desconozco. Los policías conversaban a pocos metros más allá, tal vez tan asustados como nosotros, pero conservando el tipo. Había diez o doce, una lechera, un resplandor de fusiles y de armas. Yo sólo tenía que acercarme y decirles que iba camino de casa, que acababa de hablar con una representante del gobierno, que me dejaran continuar caminando, por favor, que tenía hambre, pero visto el panorama no me atreví a hacerlo. Pasmado, mucho más despacio que antes, me di la vuelta. Uno de los policías me vio en ese momento y, todavía más despacio, se echó a la cara el arma.

Seguí caminando como si tal cosa, con los ruidos ahora apagados por el martilleo de mi corazón acelerado. Una detonación muchísimo más fuerte que las demás tronó a mi espalda, y entonces supe que no me había dado porque, según había leído en algún sitio, la bala llega a la víctima antes que el sonido, cuestión de velocidad y leyes físicas. En efecto, la bala de goma pasó volando a un metro y pico de mi cabeza, para perderse entre rebotes por las camisas abiertas de los manifestantes. Entonces eché a correr y me metí en una casa brindada a tal efecto, como casi siempre, por una anciana solidaria y compasiva. Allí dentro estaba ya Juanito Mateos, preguntándose por qué había hecho aquella locura de encaminarme a la boca del lobo. No pude, no supe contestarle.

Un buen rato después salimos de la casa, callejeamos hacia la calle Plocia y de allí, tras cruzar a la carrera el Callejón de los Negros y la Fábrica de Tabacos, llegamos a la estación. La batalla, desde ese sitio a salvo, se veía lejana, casi bella. Regresamos andando a casa, todavía con el corazón en un puño, acalorados, preguntándonos qué podría haberles sucedido a Téllez y Leo, que nos acompañaban esa mañana.

Los dos aparecieron al día siguiente, Leo con los ojillos satisfechos, Téllez con la espalda dolorida, marcada de arriba a abajo por el tajo de una porra. El policía que lo abatió no hizo preguntas, ni pretendió hablarle de poesía. Sólo vio que era un muchacho que escapaba de sus botas y no tuvo tiempo de llegar a la puerta que se cerraba. Durante semanas, mientras le duró el dolor, Téllez mostró aquella huella del golpe como si fuera la herida de un veterano de guerra, pero seguro que hubiera preferido no tenerla.

(Nuestro intento de legalización quedó en agua de borrajas cuando Juanito, encargado del papeleo, nos confesó agotado que con la burocracia no había manera: pólizas, impresos, fés de bautismo, avales, declaraciones juradas, más papeles y muchas, muchísimas firmas. La subvención prometida, si rebasábamos alguna vez aquella carrera de obstáculos, vendría en un futuro demasiado lejano para nuestra impaciencia. Preferimos seguir en la brecha ilegal, esclavos tan solo de nuestro capricho. Juventudes de ucedé y pequeños cachorros socialistas se quedarían más tarde con el oro prometido y nunca visto. Que les aprovechase, tanto mejor. Nosotros saboreábamos la independencia).

DESMADRE A LA GADITANA

El número cinco de Jaramago ya fue otra cosa. Era una revista de verdad, no un panfletito, con papel de calidad y buena letra, sin más faltas de ortografía que las precisas, bella de mirar aunque no se leyera. Los artículos y los poemas se estructuraban en una lógica matemática y lineal, sin dibujitos monos que facilitaran la lectura, porque las ilustraciones eran muy caras y, de todas formas, en aquel resplandor en blanco y negro no se necesitaban. La última entrega de Jaramago fue tocar el techo, llegar al cielo, imprimir de verdad una revista que hasta tenía depósito legal, aunque el nombre que tan bien nos identificaba siguiera sin estar registrado. Fue otra cosa, en efecto. Pero quizás ya no era nuestra.

La intelectualidad que se nos había acercado desde el acto de desagravio al veintisiete ocupó casi la totalidad de sus páginas, desplazando a un segundo plano a los autores noveles de los que nos habíamos nutrido en los primeros tres números, cuando de verdad parecíamos una revista de batalla y hasta nos lo creíamos. Los nombres de la generación poética inmediatamente anterior a la nuestra se adueñaron de las páginas, del espacio que tendría que haber sido de los nuestros (Téllez y yo no habíamos vuelto a publicar producción propia desde el número tres, conscientes de que nos podríamos estar quemando). Rafael de Cózar, José Ramón Ripoll, Francisco Bejarano, Jesús Fernández Palacios, Luis Gonzalo. Junto a ellos tal vez pasaran inadvertidos los autores (Antonio Anasagasti, Manolo Ruiz Torres, Leo Hernández), con los que por edad, por inocencia, por inmadurez o por estética nos tendríamos que haber sentido más identificados, más solidarios. Por calidad, por pura plástica, tal vez aquel Jaramago cinco fuese el mejor de todos. Pero ya no era nuestro. Habíamos cambiado.

Nuestro público también lo notó. Apenas nueve meses de democracia habían parido un ciudadano distinto, más hedonista, menos dado a contraculturas, más desconfiado, descafeinado. Los que nos habían seguido con entusiasmo semanas atrás ahora nos miraban con recelo, aterrados ante el olor a formalismo que desprendía la presencia de una revista que, cuando no era más que un puñado de papel verde, les encantaba y les seducía. Tal vez fuimos las primeras víctimas del desencanto.

Y seguíamos debiendo a la imprenta el dinero de la edición. Mis más agoreras profecías se venían cumpliendo, por desgracia, aunque Leo continuaba sin dar su brazo a torcer y vendía ejemplares como luego vendería fruta, a destajo, consciente de que aquellos papeles de hermosa factura eran algo suyo, algo importante. Incluso una medio novia que había conocido en un fugaz viaje a Barcelona, Coralito, había publicado un cuentecito infantil que nos parecía lo mejor de la revista, pero la partida de ejemplares enviada a Cataluña y vendida por las Ramblas tampoco fue suficiente para que nuestra deuda se saldara.

Nos habíamos puesto la soga al cuello, desde luego, como el dibujo de Manolo Rincón que adornaba con crudeza inaudita la portada de aquel número.

Nos dimos cuenta, porque no eramos tontos, de lo difícil que iba a resultar poder deshacernos de mil ejemplares de la revista, por muchas horas extra que le echáramos al asunto, ahora que ni la pandilla ni la infantería ligera estaban a nuestro servicio. El público que nos seguía empezaba ya a aburrirse de vernos las caras, y no nos pareció aconsejable, por esta vez, organizar un acto público donde se cobrara la entrada y exprimiéramos a cantautores o grupos de teatro (tampoco parecía probable que quedara aún gente con ganas de ver llorar sobre las tablas a los de siempre). No sé muy bien de quién pudo partir la idea, ni tampoco tenía mucho sentido después de diez meses en la brecha, pero la formalidad del número a imprenta se nos contagió en alma y decidimos hacer la presentación oficial del Colectivo.

Jesús Fernández Palacios nos echó una mano, sirviendo de anfitrión y maestro de ceremonias. En una de las salas pequeñas del Meneíto, donde apenas un par de meses más tarde escucharíamos a Fernando Quiñones leernos en primicia el divertido cuento de «Legionaria», Jesús se encaró a un público compuesto de cien o doscientas personas, desde una mesa vacía donde nosotros no estábamos presentes, insistiendo una y otra vez que éramos un grupo serio y formal, amantes de la poesía, gente responsable y preparada, un partidito, una delicia.

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