El anillo en el agua
- Автор: Marin Rafael
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El anillo en el agua». Краткое содержание книги:
Entre el público, algo ausentes, Vicente Sosa y yo revisábamos el primer ejemplar recibido delMètal Hurlant francés al que, a mi nombre, se había suscrito huyendo de las críticas despectivas de su padre. Ninguno de los dos sabía ni una palabra de francés (ya me escocía bastante la oportunidad perdida con Claudine), pero la ilusión por tener en las manos un tebeo en otro idioma resultaba más fuerte que la barrera del lenguaje. Era, como nos sucedería después con los comic-books americanos, saberse por unos meses adelantado al país, poseedor en exclusiva de unas historias que, cuando las leyéramos en nuestro castellano, nos causarían sólo desinterés y aburrimiento.
Eso fue un treinta de diciembre, catorce días después deStar Wars. Nuestro homenaje al 27 en su cincuentenario se cumplió por los pelos, pero ahí quedaba.
El número 4 nos lo pulimos una tarde en mi casa, en la cocina, trabajando a destajo y con tijeras y pegamento sobre planas de cartulina de tamaño gigante. Lo primero que hicimos fue deshacernos de la greca rococó y dejar el título de la revista desnudo, sin más flores. Nos ilusionaba la idea de probar un sistema de reproducción que nos iba a permitir ser prolíficos en ilustraciones que ya no tendrían que ser rayones marcados sobre un frágil cliché, y de todas partes sacamos fotos y dibujos que sirvieran de complemento ideal a los artículos y versos. Creo que nos pasamos un poco.
Con ese número cuatro, en cierto modo, la revista ya había dejado de ser nuestra. Muchas firmas ajenas se adueñaron de las páginas, dándole un sello que suponíamos de calidad, centrándose en el 27 pero incapaces en su mayoría de transmitir una imagen sensata de lo que querían expresar (a mí, al menos, casi todos me parecían un aburrimiento). El hecho de contar con firmas conocidas (Jesús Fernández Palacios, José Ramón Ripoll y Carlos Álvarez, que nos cedieron en exclusiva poemas inéditos) nos hizo sacrificar un poco aquella propuesta primera de dar a la luz la poesía de gente nueva por el tirón de unos nombres que a lo mejor tampoco iba a reconocer nadie.
El punto de originalidad, como siempre, lo pusieron los comics, una bella contraportada de Carlos Forné y una historieta sobre textos de Téllez dedicada a García Lorca que le ilustró más bien con pocas ganas Miguelito Martínez. Eran dos páginas en teoría, pero Miguel ya estaba en otra órbita, preparando el comic con el que aparecería en el fanzine McClure, y lo comprimió todo en una sola plancha. Había demasiado texto en los dibujos, pero tampoco se notó demasiado. Fue uno de los momentos más bajos de la producción de Miguel, que quizá temía que Téllez le acaparara la mano derecha para siempre y nunca más le dejara dibujarse cosas propias.
La portada la hizo Vicente Sosa sobre la marcha, con mis rotrings que chorreaban tinta y acabó por romper, el vestigio de la época en que yo también quise ser dibujante. Las gafas a las que yo me acababa de encadenar posaron para la posteridad, bajo una luna blanca y una luna negra, junto a un olivo reseco, rotas de un disparo, compartiendo cartel con tres casquillos de bala (eramos así de simbólicos). Un poema de Carlo Frabetti, reproducido sin autorización a partir de una revista publicada en contra del atentado a «El Papus», terminó de redondear lo que era una bella alegoría, aquel verso de «Siguen tus asesinos, Federico, partiendo voces y cortando manos» que nos remitía directamente a Víctor Jara y sus carceleros.
Perdimos un centenar de veces las tijeras, gritamos, nos manchamos de pegamento y estuvimos a punto de asfixiarnos por culpa de las colillas de Vicente (ni Téllez, ni Juanito ni yo fumábamos; soy el único que ha seguido fiel a esa promesa), pero por fin el número quedó terminado. Borrachos de trabajo, no pudimos evitar rellenar los huecos con comentarios al margen. Caímos directamente en el panfleto un par de veces, pero mereció la pena.
La decepción nos sacudió de arriba a abajo cuando recogimos las revistas de la imprenta. Los tonos negros se habían corrido, con perdón, las fotos quedaron quemadas, o diluidas, y la tinta de los escritos, multitud de veces, se veía letra sí letra no (le echaron la culpa a la cinta de mi máquina). Además, cada dos por tres encontrábamos entre los renglones huellas de dedos, como si la policía hubiera estado fichando a alguien mientras imprimían el número o los encargados de la copistería hubieran querido dejar también su impronta en nuestras páginas, a las que confundieron con el paseo de la fama hollywoodiense. La solución era más sencilla: en la copistería habían experimentado con nosotros y habían fracasado miserablemente en su labor. Quizá por eso, y no porque la revista careciera de depósito legal (esa fue la excusa), su atentado a nuestro trabajo quedó sin firma, sin que se responsabilizaran de sus manazas negras.
Con todo, pese a la guarrada que al final quedó, los dibujos de Miguel y Carlos Forné se veían algo mejor que en el cliché electrónico, y con las grapas centrales y las páginas dobles la revista tenía otro empaque que la hacía hasta atractiva.
Para que el paso al offset no nos diera la puntilla en el acto nos vimos forzados a aumentar de nuevo la tirada, y el precio. Quinientos ejemplares a cinco duros, era ya un riesgo, pero Leo Hernández parecía dispuesto a compensar él solito el retraso de seis meses en aparecer por el Colectivo. Costó algo más de trabajo de vender que los viejos números en multicopia, pero se logró. Lo más curioso fue que los progres que nos seguían, después de ver el contenido dedicado al 27, tras leer el poema de Frabetti y admirar embelesados la portada, nos preguntaban, invariables:
– Ah, ¿pero Lorca tenía gafas?
GENIO Y FIGURA
Cuando Manolo Chulián se marchó ya para siempre de nuestras vidas, y como Miguel Martínez vivía muy lejos y Téllez tenía la compañía de Ana, Juanito y yo reforzamos día tras día los lazos de amistad que nos unían desde poco después de mi cumpleaños.
Por su aspecto desinhibido y noblote, de niño ochomesino criado con mucha pringue y mucho frite, Juanito se hacía querer, se dejaba ver, y encarnó muy pronto, ya lo he dicho, al símbolo por el que era conocido todo el Colectivo. Buscaba mi consejo cuando no le quedaba más remedio, algo que hizo con prontitud milimétrica durante otros diez o doce años, casi siempre para escuchar con la cabeza gacha mis reproches y hacer luego, lo natural, cuanto le venía en gana. Juanito Mateos iba a ser mi Peter Pan, sí, pero sin quererlo, hasta en mi contra, yo me ví adjudicado al papel de encarnar su Pepito Grillo, su conciencia.
Era la época de las confesiones, de reparar con palabras no haber compartido una infancia en la que, sin duda, nos habríamos peleado a puñetazos por cualquier tontería insignificante. Fue así como supe que uno de sus abuelos, el que todavía vivía en el pueblo, emigró siendo muy joven a Cuba (Juanito lo imitaría muchos, muchos años más tarde, cuando dio portazo a sus amigos y cerró su risa a cal y canto), y que volvió cantando habaneras sobre una guitarra sin cuerdas, cosas como «Mi Cirujeda querida» o algo así, que le habían hecho ganar allá en Cáceres el sobrenombre cirujedano para toda la familia. El otro abuelo, el que nos invitaba a cervecita en Los Lunares y sonreía arrugando mucho los ojos, como un niño grande, casi un personaje de Spider-Man, el Remendón o el Buitre, se ufanaba de no haber visto jamás desnuda a su mujer, era viudo y conservaba la castidad desde hacía la tira de años, había servido en los dos bandos durante la guerra civil, igual que tanta otra gente, y sobre su conciencia pesaba haber fusilado a un pobre infeliz con un trabuco. Yo consolaba a Juanito intentando hacerle ver que podría haber sido aún peor, a puñaladas (el abuelo me caía muy bien y el sentimiento era mutuo).