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Электронная книга - «El anillo en el agua». Краткое содержание книги:

Entre la novela y la memoria literaria, El anillo en el agua es la crónica irónica y melancólica del panorama cultural y político en la ciudad de Cádiz desde la muerte de Franco a la constitución de 1978. Recién salidos de la adolescencia, un grupo de aprendices de escritor se conoce, se contagia de ilusiones, comparte aspiraciones e ingenuidades y funda una revista, Jaramago, que los mantiene unidos y activos durante dos veanos que los marcarán profundamente. Nombres hoy desconocidos y nombres que ahora ya tienen cierto bagaje como autores asoman en estas páginas, más jóvenes, más idealistas, más ingenuos y hasta con menos dioptrías. Este libro es una ceremonia de iniciación, el rito de madurez de unos adolescentes que quisieron ser poetas y que, durante un breve periodo de tiempo, hasta llegaron a conseguirlo.
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Luego nos enteraríamos que una de las niñas había olvidado el bolso, las llaves o una pamplinilla por el estilo, pero en ese momento a Juanito y a mí se nos cayó el alma a los zapatos. Nos quedamos solos un domingo de carnaval, sin gente con quien compartir el jolgorio, y en esas circunstancias tampoco nos apetecía ya ver la cabalgata. ¿Una solución? Volvernos a casa, pero eran las seis de la tarde y no era plan. ¿Otra más sencilla? Meternos en un cine. Aprobada por mayoría absoluta la segunda opción, intentamos ir al Cine Municipal, donde daban una de Clint Eastwood, Licencia para matar. El cine, además, estaba cerquita. Nos pusimos otra vez en marcha, pero no pudimos entrar: la cabalgata pasaba justo por delante y la taquilla nos quedó al otro lado del río de disfraces, tras las sillas de palo y los martillitos horribles que entonaban ya su canto de cisne.

Los demás cines del Cádiz antiguo nos quedaban también en la frontera más allá de la cabalgata, inaccesibles. Sólo teníamos ya una opción: regresar a Puertas de Tierra. Nos encogimos de hombros y aceptamos que nuestro destino ineludible era una película que no queríamos ver de ninguna de las maneras.

Nos gustaba ir a la contra, eran los tiempos. Juanito se había aburrido de muerte con El último tango, que yo tampoco habia querido ver, y en cuestión de cine picantón preferíamos las españoladas interpretadas por actrices que luego manoseábamos en los Lib y en Interviú, y además nuestro listón de cine erótico extranjero tenía por culmen Madame Claude, igual que poco después sería La Bestia. No nos apetecía nada babear como todo el mundo y tragarnos Emmanuelle, no sé por qué, quizás porque la actriz nos parecía poco rotunda o por simples ganas de negarnos a pagar la entrada. Pero no tuvimos otra opción. La tarde se presentaba larga y aburrida, sin nada más que hacer sino preguntaros en qué rincón cubierto de papelillos podrían estar buscándonos el resto de los amigos.

Regresamos andando a Puertas de Tierra (los autobuses no se habían hecho para nosotros), y ante las puertas del Cine Gaditano, que en paz descanse, compramos las dos entradas. Yo ya tenía dieciocho años caducados, pero Juanito no. Pasó lo de siempre, lo inevitable, lo que ya suponíamos no iba a pasar nunca jamás: a Juanito le pidieron el carnet. No lo llevaba encima, ni tampoco tenía la edad de todas formas, y en la taquilla no quisieron descambiarnos las entradas. Juanito cumpliría los dieciocho años en menos de un mes, pero no creo que eso conmoviera al portero (que era distinto al que a mí me había amargado La Naranja Mecánica aunque tenía la misma alma de sargento en Melilla). Como la casa-cuartel donde vivía estaba cerca, decidimos continuar hasta allí y buscar el carnet de las narices, a ver si con un palo de ciego el inflexible de la puerta no sabía contar y no se fijaba en la fecha (ya había pasado otras veces).

En casa de Juanito, por ser el día y la hora que era, no había nadie. Regresamos al cine, con la entrada en la mano, sin el carnet que tampoco nos habría solucionado nada, cuando faltaban menos de dos minutos para que empezara la función. La cabeza me dolía ya como si la cabalgata que nunca vimos estuviera transitando entre una oreja y otra (Juanito dice tener la inmensa suerte de no haber sufrido jamás dolores de cabeza, aunque lo volvían loco las muelas, que aliviaba llevando tapones de corcho en media docena de bolsillos, remedio casero de la madre medio bruja). Ante la puerta del cine, comenzados ya los títulos de crédito, el portero nos dejó entrar por fin, sin exigir el carnet esta segunda vez, lo que no nos hizo tampoco mucha gracia, porque nos podíamos haber ahorrado la última y más agotadora caminata de la tarde, hijo de su madre.

La película, para variar, nos pareció un tostón con música almibarada, aunque descubrimos que la protagonista estaba bastante más potable de lo que habíamos supuesto en un principio, y además tragaba como ella sola, la tía.

(Unas cuantas semanas después, en el transcurso de uno de los recitales que improvisamos para ganar pesetas y pagar el número 5 de nuestro Jaramago, José Ángel no se pudo creer que no nos hubiera gustado ese título mítico, y hasta nos explicó que la escena final significaba que el amor puro estaba por encima de lo físico. No le quise sacar de su ilusión, pero para mí que el viejo pedante se estaba poniendo ciego con el tailandés del sam-lo, por mucha poesía oral que quisiera meterle por el culo, y la Emmanuelle liberada no recitaba poemas de Kavafis ni discutía sobre el Pacto Social mientras se corría como una loca y alcanzaba el Nirvana).

LA GENERACIÓN DEL CHOCO FRITO

Manolo Ruiz Torres, aquel chico calladito que nos acompañó como una sombra la noche de carnaval, ya había publicado alguna cosilla en Jaramago, un cuentecito torpe de ciencia ficción, y estaba a punto de formar la trinca de poetas de nuestro complemento «A tientas». Manolo era, como Téllez, de Algeciras, un muchachito largirucho y con las mejillas picadas que, hundidos los hombros, parecía mirarlo todo desde abajo cuando, por su estatura de gran poeta, tendría que mirarlo desde arriba.

Manolo era carlista, o eso decía, y la boinita roja venía de herencia de abuelos o quizá fuese reliquia propia, no lo sé. Se le veía entonces un poco fuera de lugar, como si sólo estuviera medio él, timidito y modoso y con ganas de no respirar muy fuerte por si se molestaba alguien. Menos mal que aquel carlismo era más folkórico, ganas de hacerse notar, supongo, que otra cosa más seria.

Manolo dejó la prosa en buena hora y empezó a escribir poemas algo ingenuos al principio, pero con mucha sonoridad, con unas imágenes muy bellas que a mí me encandilaron desde el primer momento. Eran poemas de cosas de todos los días, los desaires y las contradicciones que ibamos viviendo en propia carne, sin recubrir de esa pátina falsa que vuelve incomprensible y rebuscada a otras poesías. Y además, entre mazazo poético y pistoletazo sentimental, soltaba chisporroteos de humor negro, una bilis anti-romántica despendolada y moderna que iba abriendo camino a un estilo original y divertido, a un lenguaje perfecto y propio, como cuando escribió un libro entero (no sé si inédito todavía), y lo llamó Échale la culpa al bugi, como la canción de los remozados Jackson 5 que torturaban nuestros oídos de jóvenes no dispuestos a claudicar nuestras ideas ante el avance ya implacable de las discotecas.

Manolo recitaba, como Téllez, con ese acento cantarín algo cargante, como de monaguillo en ciernes, que tanto he visto en todos los poetas de verdad, desde Jesús Fernández Palacios y aquel salvaje «sangre, sangre, sangre», al propio Rafael Alberti y su canturreo peculiar ya algo senil. Nadie mejor que él para recitar sus poemas con aquella cadencia monótona que se convertía en pura música.

Manolo nos acompañó en lo que sería ya la última etapa de nuestra revista, pero coincidiríamos después en otras aventuras conjuntas, para mi fortuna. Manolo escribía porque, en confesión propia, no era feliz, lo cual me parecía una forma muy sencilla de expresar lo que todos veníamos haciendo, y además tuvo la honradez de cortarse la coleta cuando parece que consiguió serlo, para desgracia de todos aquellos que nos sentíamos identificados con su poesía más que con ninguna otra (en vano le suplicábamos que sufriera un poco y volviera a los folios).

Por entonces, contagiado del virus poético que me rodeaba, yo también empecé a escribir versos, lo siento, lamentos amorosos que vendría a estilizar durante un par de años, hasta que no tuve nada más que decir, y que siguen inéditos por ahí, supongo que para mi suerte y la de quienes me leen. Al principio, los poemas me salían de tres en tres, y es así como me los recuerda siempre Téllez, aunque pronto superé ese estigma trinitario. No creo que mis poemas fueran nada del otro jueves, porque tenían el terrible problema de que se entendían, aunque el hecho de que a Manolo Ruiz Torres le gustaran me llenaba de un orgullo algo tonto de padre.

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