El anillo en el agua
- Автор: Marin Rafael
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El anillo en el agua». Краткое содержание книги:
Juanito tenía un hermano pequeño y no tan rubio como él, algo desangelado, aunque con el tiempo acabaría pareciendo su doble clónico, y una hermana alocada y protestona, una grunge adelantada de su fecha (o una hippie retrasada de la suya), que tenía unas cuantas amigas que no desmerecían en nada a las francesitas que ya se iban convirtiendo en un espejismo en nuestra biografía: Carmen Mari, una especie de James Dean femenino, una naricita despellejada con la que nunca intenté nada porque era un poquito más alta que yo, y además le gustaba otro tipo de música; o María del Mar y Charo, hermanas y casi gemelas, dos verdaderas jacas al trote, carne morbosa y prieta con un no sé qué de años cuarenta en las faldas que siempre les quedaban tensas por las caderas, las actrices que inconscientemente imaginaba como protagonistas de la versión cinematográfica de «Las Ninfas». Juanito tenía también una madre algo bruja a la que se le apareció un ángel en el Puerto, cuando buscaba una cura a la lejía que se había bebido la montuna de su hija.
Como yo andaba enamorado, Juanito se convirtió en el confidente al que, sin rubor ni medias palabras, contaba de pe a pa cada día cuanto me pasaba, para que me ayudase a adivinar si los sís eran nos o los nos eran sís (tampoco tenía ni puñetera idea), y se nos perdían las horas sentados en un banco verde y raído del que hubo que huir cuando alguien nos avisó que tenía pulgas. Juanito me escuchaba con atención, sorbiendo todo lo que le contaba con la boca abierta, mis proyectos de historias, mis novelas de terror y de fantasía, mis sueños eróticos; fue sin duda mi primer fan (más que eso, seguro, mi primer amigo verdadero, sin demandas). Yo le regalaba los Penthouse cuando me cansaba de arrugarlos o no me cabían en los escondites de mi casa, y le relataba cada tarde, muertos de frío los dos, los progresos de «Insólito Esplendor», de un recién descubierto Stephen King, matándole el intríngulis para cuando él lo leyera después, pero sabiendo que, en mi narración oral, noche tras noche, había un singular capacidad que he heredado de mi madre, la habilidad de referir un clímax que a lo mejor, no sé, después no he sabido transmitir de la misma manera en mis novelas.
Juanito tenía la virtud, o el handicap, de que todo el mundo que se acercaba a su vida lo hiciera para intentar quedarse, apalancándose para siempre al calor de su risa contagiosa y su melena de sol desmadejado, pero sólo unos pocos conseguían no pasar de largo y perderse entre las sombras de los rostros reconocidos o esquivados en una multitud carnavalesca. Yo le contaba mis cosas, claro, y Téllez las suyas. Juanito presumía de ser un gran besador, cualidad que había aprendido de una gitanilla descarada y algo puta. Téllez parecía un curita moderno; en cuestión de secretos de confesión, Juanito Mateos lo era. Incluso el impenetrable José Ángel, el de las tildes odiadas, le confió algún pecado de su pasado inmediato, bajas pasiones reconocidas entre la estela del hashish que no sólo no lo hacían más asequible y más humano a nuestros ojos de adolescentes ingenuos, sino que lo elevaban a la categoría de mito, de misterio con perilla.
Juanito escribía a escondidas, cosas que no se atrevía a enseñar a nadie, quizá porque se equivocaba y creía, como nosotros, que lo que los demás hacíamos tenía calidad. No llegó a publicar nunca en Jaramago, ni recitó un poema, ni dibujó una línea. Cuando contactamos con la intelectualidad de provincias, con los poetas consagrados en la poltrona de la sombra vacía que eran y seguirían siendo, se sabía al instante que Téllez era poeta, que yo era prosista (no podía decir novelista todavía, aunque lo sintiera), pero a la pregunta de ¿Y el rubio qué hace? no podíamos responder, ni siquiera con evasivas. El rubio no hacía nada. No lo necesitaba, ¿para qué? El rubio era.
Políticamente, quizás para compensar al padre guardia civil, Juanito era más radical que yo, más visceral que Téllez, más en una onda exagerada y libertaria que después olvidaría, como tanta gente (yo me había definido a José Ángel, entre bromas y veras, como anarcoburgués, pero él no quiso creerme y declaró que aquello no existía). Juanito no tenía una base racional a sus creencias, ni falta que le hacía. Estaba rozando la marginalidad por decisión propia, pero sabiendo que tampoco había que tomar las barbaridades que decía demasiado en serio.
– El mundo está superpoblado. ¿Cuál es la solución? Matar a los viejos.
– ¿Y cuando nosotros seamos viejos?
– Matamos a los jóvenes.
Juanito acudió una tarde a una especie de fiesta salvaje en la sede de la Liga Comunista Revolucionaria, un happening desmadrado donde el alcohol corrió a raudales (yo he visto a Juanito emborracharse con un vaso de agua), y las ideas de compromiso y revolución se olvidaron cuando empezaron a sobrar sujetadores y bragas. Juanito asistía a aquella orgía controlada con los ojos más desorbitados que de costumbre, comprobando para su sorpresa que tras los foulards y las faldas anchas, bajo las camisas negras de tantos pliegues había cuerpecitos blancos que pedían caña (fue una de las muchas desventajas de la horrible moda de la época: jamás supimos si las mujeres que nos rodeaban estaban buenas). La sangre no llegó al río, por desgracia. En medio del festival, los comunistas revolucionarios terminaron por hacer una parodia de la Semana Santa, con un Juanito semidesnudo encarnando a un Cristo en negativo, todo carnes, todo risas, contra quien se frotaban con lascivia inocente las más bellas jovencitas, como Salomés de pasado proletario y narices con pecas.
Vencida la borrachera, recuperado el sentido, Juanito se pasó toda la noche sin pegar ojo en casa, acongojado, rezando alternativamente padrenuestros de perdón y masturbándose.
DE SKYWALKER A EMMANUELLE
La tarde siguiente, domingo, volvimos a reunirnos en casa de Troglo, que era medio noviete ya de una de las niñas, para intentar ver todos juntos la cabalgata. Troglo parecía en efecto un antepasado de Pedro Picapiedra, un mosquetero después de haber salido de la turmix, y alguien me explicó que debía su aspecto algo llamativo a las ganar de ir siempre contracorriente, porque de niño tenía pesadillas donde se le aparecía Jesucristo y le señalaba diciéndole que iba a ser cura. Troglo se despertaba gritando, contestándole que no, y por eso había amañado su físico para que nadie pudiera tener ninguna duda de que no lo era.
Nuestra cita fue en su casa, un hostal pequeñito y limpio cerca del puerto, donde a veces nos empeñábamos en celebrar guateques pasados de moda que yo arruinaba casi siempre, aburrido y melancólico, enamoriscado de alguien que no estaba allí presente, pinchando la versión de Meco de La Guerra de las Galaxias, que las niñas odiaban, o amargándoles la velada escuchando una y otra vez a Aute y su «De alguna manera» (me había dado fuerte, desde luego). Con retraso y con resaca fuimos llegando, hasta que al fin pudimos salir a la calle a intentar buscar un rinconcito desde donde ver disfraces y carrozas.
Juanito y yo ibamos bajando los primeros la cuesta, charlando de nuestras tonterías, aumentando yo mi diccionario con palabras como guarrepeao y demás préstamos del extremeño o del idioma propio de mi amigo, cuando al llegar a la segunda esquina nos dimos cuenta de que el resto de la pandilla no nos seguía. Rehicimos nuestros pasos, volvimos al hostal de Troglo. Nadie. Pensamos que no habrían tirado calle abajo, sino calle arriba. Nada. Dimos tres o cuatro veces la vuelta a la manzana. Ni rastro. Ocho o diez personas se habían borrado del mapa en un abrir y cerrar de puertas.