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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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—¿Todas las noches?

La muchacha asintió, a medias desafiante.

—No es bueno dormir más de una noche donde hay un árbol.

—Mariposas Rosadas es hija suya. Lo sé porque mucho antes de que naciera él me lo dijo en un sueño. Le gusta tenerla aquí.

Cuidadosamente Paso en la Arena dijo:

—Todos nacimos de mujeres preñadas por árboles. Pero pocas veces quieren que nos quedemos con ellos más de una sola noche.

—¡Con nosotras él es bueno! Cuando viniste pensé… —la voz de la muchacha bajó, hasta apenas oírse bajo el susurro del viento en la hierba— que a lo mejor te había enviado él a traernos algo de comer.

Paso en la Arena miró la pequeña poza.

—¿Hay peces aquí?

Humildemente, como si confesara una falta, la muchacha dijo:

—No he logrado encontrar ninguno desde… desde…

—¿Cuándo?

—Desde hace tres días. Así estuvimos viviendo. Yo comía los peces de la poza y tenía leche para Mariposas Rosadas —bajó la mirada al bebé y la alzó de nuevo a Paso en la Arena, rogándole con los ojos que le creyera—. Acaba de beber. Había leche suficiente.

Paso en la Arena miraba el cielo.

—Va a hacer frío —dijo—. Mira qué claro está.

—¿Harás aquí tu lugar de dormir esta noche?

—Toda la comida que encuentre he de regalársela al sacerdote —le contó lo que había soñado.

—Pero ¿volverás?

Paso en la Arena asintió, y ella le describió los mejores lugares para cazar; los lugares donde su gente había encontrado caza.

Subir la larga cuesta rocosa que se alzaba sobre el árbol, la poza y la hierba viva le llevó la mayor parte de una hora. En la roca torcida —un encorvado dedo de piedra que por cierta erosión calamitosa apuntaba al cielo— encontró el lugar de dormir que había usado la gente de ella: las rocas que habían cobijado del viento a los duermientes, raspadas huellas que el tiempo aún no había borrado, relucientes huesos de animalitos. Mas el lugar de dormir no tenía para él utilidad ni interés.

Estuvo cazando hasta que asomó la esfera hermana, y nada encontró, y habría dormido donde estaba; pero le había prometido a la muchacha que volvería, y en el aire había ya un espíritu glacial. Como esperaba, la encontró tendida entre las enmarañadas raíces del árbol, con los brazos rodeando al bebé.

Exhausto, se arrojó junto a ella. La muchacha despertó, sobresaltada, y en seguida lo miró con una sonrisa; de repente él se alegró de haber vuelto.

—¿Cazaste algo? —dijo ella.

Él sacudió la cabeza.

—Yo sí. Mira. Pensé que quizá lo quisieras para tu regalo.

Mostró un pececillo, ya duro de frío. Paso en la Arena lo tomó; luego meneó la cabeza. Si el falso faisán había sido inadecuado, esto sin duda lo sería aún más.

—Un pez se echaría a perder antes de que yo llegara allí —dijo.

Con los dientes abrió un agujero en la panza, lo amplió metiendo los dedos hasta que pudo arrancar los intestinos y quitó la mayoría de las espinas, dejando dos pequeñas lonjas de carne. Le dio una a la muchacha.

—Muy bueno —dijo ella tragando—. ¿Adónde vas?

Paso en la Arena se había levantado, masticando todavía, y estiraba los músculos fríos y cansados a la luz azul de la esfera hermana.

—A cazar —respondió—. Antes me entretuve buscando algo grande, algo que pudiera llevar de regalo. Ahora buscaré algo pequeño, sólo para que comamos esta noche. Ratones de roca, tal vez.

Entonces se fue, y la muchacha se quedó estrechando a la niña, mirando entre las hojas la brillante franja de La Cascada y los anchos mares y dispersas tormentas de la esfera hermana. Luego se le cerraron los ojos y pudo arrancar la esfera del árbol. Se llevó la cascara azul a los labios y saboreó la dulzura. Luego volvió a despertarse, con el dulce zumo todavía en la boca. Alguien se inclinaba hacia ella, y por un momento se asustó.

—Ven —era él, Paso en la Arena—. Despiértate. He encontrado algo.

La muchacha sintió otra vez los dedos de él en los labios: estaban pegajosos, y olían a fruta, flores y tierra. Ella se levantó, apretando contra sí a Mariposas Rosadas, los prominentes pechos calentando el estómago y las piernas de la niña (para eso eran, aparte de la leche), los brazos envolviendo el cuerpecito, temblando. Paso en la Arena tiró de ella.

—Ven.

—¿Es lejos?

—No, no muy lejos.

Era lejos, y él quiso llevar a Mariposas Rosadas, pero sabía que Siete Niñas que Esperan temería que le hiciese daño. Iban hacia el noroeste, donde nacía el río. Cuando al fin llegaron, Siete Niñas que Esperan se tambaleaba. Había un pequeño agujero oscuro donde Paso en la Arena había pisado la tierra con el talón.

—Aquí —dijo—. Paré a descansar aquí, y acercando la oreja los oí hablar.

Con dedos fuertes desgarró el suelo, que parecía sólido, apartando los terrones; luego, oscuro como los otros a la luz azul de la esfera hermana, surgió un terrón goteante. Hubo un leve murmullo. Partió el panal en dos, y se metió la mitad en la boca, y puso la otra mitad en la boca de ella. De pronto ella comprendió que estaba muerta de hambre y masticó y tragó frenéticamente, escupiendo la cera.

—Ayúdame —dijo él—. No te picarán; hace demasiado frío. Bastará que te las sacudas.

Estaba cavando de nuevo y ella se le unió, dejando a Mariposas Rosadas a resguardo después de untarle con miel la boquita y luego las manos para que se lamiera los dedos. Comieron no sólo la miel sino las gordas larvas blancas, hurgando y masticando hasta tener los brazos y la cara, el cuerpo entero, pegajoso y empolvado de tierra carcomida de abejas; Paso en la Arena metiendo los hallazgos más escogidos en la boca de la muchacha y ella los mejores descubrimientos en la de él; apartando las abejas estupefactas y hurgando y volviendo a comer hasta que felices y ahítos cayeron uno en brazos de otro. Ella se abrazó a Paso en la Arena, apretando el estómago duro y redondo como un melón contra las costillas y la piel de él. Le apoyó los labios en la cara, y estaba sucia y dulce.

Él le movió suavemente los hombros.

—No —dijo ella—. Tú encima no. Escupiría. Me haría mal. Así… —el árbol de él había crecido, y ella lo envolvió con las manos.

Después pusieron a Mariposas Rosadas entre sus cuerpos sudorosos para darle calor, y el resto de la noche durmieron, los tres, apretados en un nudo de piernas y suspiros.

A los oídos de Paso en la Arena llegó el bramido de Siempretrueno. Se levantó y fue a la cueva del sacerdote, pero esta vez, aunque estaba tan oscuro como antes, lo veía todo. Había encontrado el poder, no sabía dónde, de ver sin ojos y sin luz; la cueva se extendía a ambos lados y delante de él en un revoltijo de lajas caídas.

Caminó hacia adelante y subiendo. Estaba más seco. El suelo se volvió arcilla pedregosa. Carámbanos de piedra colgaban de las sudorosas piedras de arriba y surgían del suelo hasta que anduvo como en la boca de una bestia. El suelo era ahora todavía más seco, y no había más dientes de piedra; sólo la tosca lengua de arcilla y la abovedada garganta encogiéndose cada vez. Entonces vio la cama del sacerdote con los huesos de los regalos en torno, y el sacerdote se alzó en su cama a mirarlo.

—Lo siento —dijo Paso en la Arena—, tienes hambre y no te traigo nada.

Entonces tendió las manos y vio que tenía un panal chorreante en una y una masa de gordas larvas cementadas con miel en la otra. El sacerdote los tomó, con una sonrisa, y agachándose eligió de entre las pilas de huesos un cráneo de animal, que le tendió a Paso en la Arena.

Paso en la Arena lo tomó; estaba seco y frío, pero la mano del sacerdote lo había manchado de sangre fresca, y al mirarlo vio que la sangre le daba vida: el hueso se volvía nuevo y húmedo, se marmolaba de venas oscuras, se cubría de piel y pelo. Era una cabeza de nutria. Los ojos, líquidos y vivos, miraban a Paso en la Arena a la cara.

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