La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
Vio en ellos el río donde la nutria había nacido; el río cuyos hilos corrían junto al panal expoliado; vio el agua que se hundía entre altas colinas buscando la verdadera superficie del mundo; la vio precipitarse en torrentes por Siempretrueno y pasar de trepidantes rápidos a rumorosos arroyos y al fin a un amplio cauce de media milla, serpenteando entre los pantanos casi sin corriente. Vio un rígido vuelo de garzas peludas y garcetas, sapos amarillos peleando por la posesión del viento; y a través de la lenta agua verde, como si estuviese nadando a veinte pies de profundidad entre las piedras y la grava de la arena del fondo nacido de montañas, la figura de la nutria. Con una piel marrón que era casi negra, surcó las aguas igual que una serpiente hasta que, cerca de él, viró dando el costado y él vio las patas cortas y fuertes braceando, separadas a un dedo del fondo arenoso pero aparentando caminar por él.
—¿Qué? —dijo—. ¿Qué?
Mariposas Rosadas se retorcía contra él. Silenciosamente la ayudó a alcanzar uno de los pechos de su madre; luego ahuecó la mano sobre el otro. Tenía frío y pensaba en su sueño, pero el sueño parecía lejos de haber terminado.
Estaba junto a un río ancho, los pies en el barro. No había amanecido del todo, pero las estrellas empezaban a apagarse. Unos torrentes se rizaban en el viento del alba, y las olas corrían hacia la linde del mundo. Metidos hasta las pantorrillas en el agua, con lentos remolinos circundándoles las piernas, estaban Pies Voladores, Dedo de Sangre, Hojas que se Comen, la niña Dulceboca y Ondulante Rama de Cedro.
Detrás de él había dos hombres. Las gentes de los prados de agua, sabía, alejaban a los jóvenes de las mujeres hasta que el fuego de las montañas les probaba la hombría y les dejaba muslos y espalda marcados con cicatrices. Estos hombres tenían cicatrices así, y se habían anudado el pelo en mechones, y llevaban hierba en las muñecas y capullos de cera en el cuello. Un hombre con la cabeza marcada entonaba un cántico; luego se interrumpía. Él veía que Pies Voladores miraba al hombre que ponía los ojos en él, y luego retrocedía hasta un lugar donde de repente el río era más hondo. Pies Voladores se hundía, debatiéndose. Los hombres marcados lo atrapaban. Con el forcejeo el agua se encrespaba; pero los hombres marcados, hundidos ahora hasta la cintura, se inclinaban sobre él y lo mantenían hundido. El forcejeo decrecía, y Paso en la Arena, sabiendo que soñaba —Paso en la Arena dormido junto a Siete Niñas que Esperan— pensaba soñando que si él fuese Pies Voladores se fingiría muerto hasta que lo sacaran de nuevo al aire. Mientras, Pies Voladores ya no encrespaba el río. El limo alzado por su pataleo se alejaba, dejando el agua clara. Los brazos y piernas de Pies Voladores yacían inertes, y su largo pelo era como una estela de algas. El Paso en la Arena del sueño se le acercaba a los trancos, levantando mucho los pies, apenas salpicando cuando tocaba la superficie. Miraba el vacío rostro blanco que estaba bajo el agua, y mientras miraba, los ojos se le abrían, y también la boca, y había allí un dolor que se desvanecía y aflojaba, pues los ojos ya no veían.
Paso en la Arena no podía respirar. Se sentó temblando, tragando aire, con el pecho oprimido. Se incorporó con la sensación de que debía empujar la cabeza por encima de un agua que no veía. Siete Niñas que Esperan se movió, y Mariposas Rosadas se despertó gimoteando.
Las dejó y fue hasta lo alto de una pequeña loma. Como en el sueño iba a salir el sol, y el reflejo de su cara volvía el este rosa y púrpura.
Cuando Siete Niñas que Esperan bebió en el río y se puso a alimentar a Mariposas Rosadas, él le explicó el sueño…
—Pies Voladores pensó como yo: quiso fingirse muerto. Pero los hombres de los pantanos conocían la treta y… —Pies en la Arena se encogió de hombros.
—Dijiste que no podía levantarse —dijo ella, práctica—, así que habría muerto igual.
—Sí.
—¿Cazarás hoy? Sigues necesitando un regalo, y ya que ayer no nos quedamos en el árbol, hoy podrías dormir allí.
—No creo que el sacerdote requiera de mí otro regalo —dijo despacio Pies en la Arena—. Yo creía que no me estaba ayudando, pero ahora sé que el sueño de flotar y mirar las estrellas lo soñé porque él me ayudó, y en el sueño que soñé de día de andar con mi madre y en otros muchos también me ayudó, y lo mismo en el sueño que soñé anoche. De veras, los hombres del pantano tienen a mi gente.
Siete Niñas que Esperan se sentó, con Mariposas Rosadas en el regazo y sin mirarlo a la cara.
—Esos hombres están muy lejos.
—Sí, pero mi sueño me ha mostrado cómo viajar deprisa.
Paso en la Arena fue hasta el borde del arroyuelo que se haría el gran río y bajó los ojos. El agua era muy clara, y le llegaría a la cintura. El fondo era de arena y piedras. Se zambulló.
La corriente, rápida incluso allí, lo arrastró alejándolo de la orilla. Por un momento sacó la cabeza del agua. Siete Niñas que Esperan estaba ya muy lejos, y era una figura brillante a la luz nueva del sol; agitaba la mano y alzaba a Mariposas Rosadas para que él la viera, y él supo que estaba diciendo: «¡Ve con Dios!».
El agua lo arrastró de nuevo y él se volvió sobre el vientre y pensó en la nutria, imaginando que él tambien tenía los agujeros de la nariz cerca de la coronilla y, en vez de piernas y brazos, patas de nadar cortas y poderosas. Braceó y se dejó llevar, una y otra vez, y en ocasiones parando a ver si oía un rugido de cataratas.
Pasó por muchas, dejando el río para bordearlas a pie. Por las menos rápidas nadaba, y en cada una se volvía más diestro. A lo largo de medio cañón de Siempretrueno llevó consigo un gran pez para dejarlo como ofrenda en la cueva del sacerdote. En las pozas profundas las corrientes lo enviaban girando hacia el fondo, hasta que esa fuerza se agotaba y él quedaba suspendido en la luz verde, el pelo rodeándole la cara como una nube, y fluyendo luego detrás cuando él subía a la superficie entre cristalinas esferas de aire.
Más tarde ese día, pasó por el país que le era más familiar, las colinas rocosas donde erraban los suyos; pues desde la mañana había llegado más al norte de lo que en cinco días viajara hacia el sur en camino a Siempretrueno. Llegó el anochecer, y en un tramo del río más tranquilo gateó a una ribera arenosa, descubriéndose casi demasiado exhausto para sacar el cuerpo fuera del agua. Durmió en la arena al cobijo de unas hierbas altas, y no miró para nada las estrellas.
A la mañana siguiente anduvo por la playa media hora antes de sentir hambre y meterse de nuevo en el agua. Ahora todo era más fácil. Abundaban los peces y atrapó uno excelente, y después un pato, nadando bajo el agua —abiertos los ojos y los miembros casi quietos— hasta que pudo aferrar a la desdichada criatura por los pies.
También el río se había amansado; y si Paso en la Arena no se precipitaba muy deprisa, el avance era menos agotador. Las aguas fluían blandamente entre colinas boscosas; luego, mucho más anchas, se deslizaban por tierras bajas donde unos grandes árboles hundían las raíces en el agua y desde ambos lados arqueaban unas ramas hasta cincuenta pies por encima del cauce. Al fin pareció estancarse en una planicie donde se extendían sin límite juncos salpicados de árboles y matas; y la fría agua inanimada cobró, por medios que Paso en la Arena no comprendía, un gusto a sudor.
Entonces llegó de nuevo la noche, pero no hubo ribera amiga. Con cautela, por sobre el fango rezumante hizo media milla de camino hasta alcanzar un árbol. Arriba unas aves de agua trazaban círculos, llamándose unas a otras y a veces gimiendo, como si también para ellas la muerte del sol significara espanto y muerte, una noche de miedo.
Al llegar al árbol le habló, pero no hubo respuesta y sintió que, cualquiera fuese el poder que moraba en los solitarios árboles de oasis de su propia tierra, aquí estaba ausente; que ese árbol no hablaba ni con los invisibles ni con él, y que no engendraba bebés en las mujeres. Después de pedir permiso —al fin y al cabo, quizá se equivocaba—, trepó a una alta horqueta para dormir. Unos pocos insectos lo encontraron, pero el frío los aturdía. El cielo se había veteado de nubes, por entre las cuales la luz exangüe de la esfera hermana brillaba sólo irregularmente. Durmió; luego se despertó. Y primero olió, luego oyó y por fin en los escasos rayos vio acercarse al trote un oso demonio, enorme, patigrueso y pestilente.