La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Por regla general, las series de tratamientos consistían en un máximo de un tratamiento por semana durante cuatro o cinco semanas, seguido por un período de reposo. Bryan todavía no sabía si repetirían el tratamiento, pero algo le decía que sí, puesto que los primeros pacientes habían iniciado una nueva serie de tratamientos después de una pausa de un mes. Durante los períodos de descanso les suministraban pastillas; siempre las mismas, una o dos al día por hombre.
Bryan tenía miedo de lo que un tratamiento como aquél podía suponer. Las imágenes a las que se había aferrado hasta entonces habían ido desapareciendo lentamente de su conciencia. La idea de volver a ver a sus seres queridos, de poder hablar con James o, sencillamente, de dar un paseo sin ser vigilado en medio de la lluvia gris, se iba desvaneciendo. La memoria le jugaba malas pasadas y había días en los que le venía a la mente algún recuerdo de su infancia en Dover y otros en los que apenas era capaz de recordar su propio aspecto.
Los planes de evasión morían antes de que hubiera terminado de concebirlos.
También empezaba a disminuir su apetito. A medida que pasaban tas semanas y, con ellas, las sesiones de ducha semanales, Bryan iba constatando cómo las caderas y las costillas se perfilaban cada vez más debajo de la piel. No era porque no le gustara la comida, de hecho, a veces resultaba incluso deliciosa, sobre todo cuando les servían crepés de patatas y gullash, sopa o compota de frutas en conserva, pero le faltaban las ganas de comer. Cuando finalizaba una tanda de electrochoques y el cuerpo pedía energía a gritos, Bryan era capaz de devolver con sólo pensar en la papilla de avena y la rebanada de pan negro con margarina de! desayuno. Entonces solía dejar el plato intacto y nadie se lo retraía. Únicamente lograba tragarse los sandwiches de la cena recubiertos de restos de la comida y, rara vez, de embutido y queso, y eso sólo si le permitían tomarse su tiempo.
Y allí estaba James, en su esquina, dejando pasar los días, escuchando, soñando y toqueteando el pañuelo de Jill, que siempre tenía al alcance de la mano. Debajo del jergón, debajo de la sábana o debajo del camisón.
Durante las primeras semanas no abandonaron ni una sola vez sus camas. Sin embargo, a medida que se fue haciendo habitual que los pacientes se dirigieran a los lavabos del final del pasillo por cuenta propia, también los enfermeros empezaron a tardar más en traer los orinales. Bryan amplió su vocabulario con las palabras «Schieber, Schieber», pero aún así, el tiempo de espera llegaba a hacerse insoportable hasta que se oía el traqueteo de la tapa en el lavadero y alguien introducía el orinal de esmalte por debajo de la manta-James fue el primero en levantarse. De pronto, una mañana sacó los pies por el borde de la cama y empezó a pasearse de cama en cama recogiendo la vajilla y depositándola sobre la mesa con ruedas. Bryan contuvo la respiración. Con qué perfección hacía su papel de demente, dando saltitos con aquellos calcetines que llevaba tan bajados que apenas le cubrían los tobillos. Los brazos totalmente pegados al cuerpo, de manera que sus movimientos se volvieran desmañados, el cuello rígido, para que tuviera que girar todo el cuerpo, cada vez que su mirada atrapaba algo nuevo.
Bryan se alegró de la movilidad que había conseguido James. Así, pronto podrían restablecer el contacto.
Pocos días después, James fue separado de la tarea que se había impuesto por su vecino. En cuanto James empezó a desplazarse por la sala, el grandullón de la cara picada de viruela saltó de la cama y se puso a contemplar la recogida. Entonces cogió a James por los hombros y le acarició el pelo, tras lo cual lo condujo con determinación de vuelta a la cama y, una vez allí, le hundió la cara en la almohada. A partir de aquel día sería el del rostro picado quien ayudaría a los enfermeros y cuidaría de los pacientes cuando se presentara la ocasión.
Sobre todo James era objeto de la atención del grandullón y si a James se le caía la almohada al suelo durante la noche o una miga durante la cena, éste saltaba solícitamente de la cama y recogía lo que se hubiera caído.
En un principio, aquel hombre había ocupado la cama que se encontraba justo enfrente de la de Bryan, pero el día en que el primer vecino de James fue trasladado a la capilla, cambió de lecho por iniciativa propia. Al principio, algunas de las enfermeras más jóvenes intentaron devolverlo a su sitio, pero entonces el hombretón los agarraba de los brazos con sus enormes garras y empezaba a gimotear de una manera tan lastimosa que acabaron por desistir. Cuando finalmente apareció la jefa de enfermeras, el de la cara picada ya dormía tranquilamente en su nueva cama.
Y ella se lo permitió.
Tras este intento fallido de hacerse con una tarea fija. James sólo salía de la cama cuando tenía que ir al baño.
La primera vez que Bryan salió de la cama por cuenta propia fue un par de días después de una sesión de electrochoque.
Durante la habitual ablución de brazos y cabeza que su familia acostumbraba denominar desdeñosamente «cuello alto y mangas largas», Bryan se había mareado y había empezado a vomitar descontroladamente, provocando que la palangana se volcara y gran parte del agua jabonosa y la pastilla de jabón hecha de polvos para fregar y serrín se partiera por la mitad y se desparramara por el suelo. En ese mismo instante, una de las enfermeras más viejas entró en la sala. En lugar de ayudar a Bryan, empezó a maldecirlo por haber volcado el agua que ahora se escurría por el suelo, formando una banda oscura. Entonces lo arrastró hasta el otro extremo de la sala, lejos de los consultorios, mientras Bryan fue dando tropezones y dejando vómitos a su paso por el suelo recién fregado.
En la estancia blanca y cubierta de baldosas, la luz entraba por una enorme ventana empernada que mostraba otros edificios del complejo y algunas colinas cubiertas de nieve. Sin mediar ni una sola palabra, la enfermera lo encerró en un lavabo. Bryan cayó pesadamente de rodillas delante de la taza y devolvió los restos de su mareo con un hondo gemido. Cuando los calambres en el estómago hubieron remitido, Bryan se sentó sobre la fría taza de porcelana y echó un vistazo a su alrededor.
No había ninguna ventana en el lavabo que le procurara luz suficiente. Una vez hubo examinado cada pequeño desconchado o rasguño, se estiró en el suelo y escudriñó la habitación de arriba abajo lo mejor que pudo. El tabique se soportaba en unas barras de metal oxidadas que estaban empotradas en el suelo de terrazo y al otro lado había un lavabo más y luego una pared. En la pared contraria había una puerta estrecha que daba al almacén donde las enfermeras guardaban la ropa de cama, y la mujer de la limpieza, la escoba y el cubo. Bryan las había visto llevar y traer utensilios y ropa blanca. Por tanto, la habitación de la esquina debía de estar inundada de luz y la puerta que había al lado de la ventana debía de dar al lavadero.
Pasaron a por él inmediatamente antes de la visita médica, prestándole tanta atención y tantos mimos que Bryan no pudo hacer más que corresponderles con una sonrisa.
A partir de entonces, Bryan empezó a levantarse de la cama varias veces al día. Durante los primeros días intentó ponerse en contacto con James y no tardaba mucho más de un par de segundos en seguirlo cuando éste hacía ademán de dirigirse al baño. Sin embargo, no sirvió de nada. Por idónea que pareciera la ocasión, James siempre se escurría y cambiaba de dirección en cuanto veía que Bryan se acercaba a él.
Otras veces, generalmente después del chequeo de control de la tarde, cuando solía reinar la calma en la sala, Bryan intentaba en vano intercambiar alguna mirada con James mientras se paseaba tranquilamente entre las camas sin un cometido determinado.