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Электронная книга - «Sensaciones Al Límite». Краткое содержание книги:

Cuando el investigador privado Ben Callahan asumió el encargo de vigilar y proteger a la rica heredera Grace Montgomery, creyó que sería una misión fácil. Pero pronto descubrió que la maravillosa Grace representaba una seria amenaza para su libido. No le preocupaba poder mantenerla a salvo de cualquier amenaza, pero… ¿quién podría protegerla de él?
Grace era finalmente libre: libre para descubrir quién era y lo que quería. Y lo que quería en aquel momento era a su nuevo y sexy vecino. Pensaba explorar su propio lado sensual, despojarse de todas sus inhibiciones y descubrir lo que significaba ser una mujer: la mujer de Ben. Aunque jamás hubiera podido imaginar que a Ben le habían pagado por obtener ese privilegio.
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– ¿Y qué sorpresa es ésa, si se puede saber?

– Oh, Marcus Taylor, masajista. A su servicio -se volvió hacia él, tendiéndole la mano.

Masajista. Una intrusión que en absoluto necesitaba Ben. De todas formas le estrechó la mano, seguro de una cosa: de que no podría soportar el pensamiento de que aquel hombre tocara a Grace. No le importaba que ese tipo se ganara la vida con sus manos, ni lo muy profesional que pudiera ser. No iba a ponerle las manos encima a Grace.

– ¿Cuánto le pagan por una sesión? -le preguntó mientras se llevaba una mano a la cartera.

– ¡Ben! -le recriminó Grace, ofendida, en el mejor tono indignado de los Montgomery.

Ignorando aquella protesta Marcus citó una suma verdaderamente astronómica, y sólo por una hora de trabajo.

– Voy a proponerle algo -le dijo Ben mientras contaba el dinero que tenía y se lo iba entregando billete a billete-. La señorita y yo queremos estar solos. Seré yo quien le haga ese masaje. Esto debería cubrir el alquiler del material y algo más. Tómese la tarde libre, haga el favor.

Grace asistió a aquel diálogo, o más bien monólogo, con la boca abierta.

– ¿Grace? -Marcus se volvió hacia ella, desorientado.

A modo de incentivo adicional, Ben añadió un último billete de cien dólares al fajo que ya le había dado.

– Vaya, lo cierto es que me viene muy bien para comprarle a mi novia el anillo de compromiso del que se ha encaprichado… -comentó el hombre, algo avergonzado.

– Al menos lo empleará en un buen fin -repuso Ben.

Miró a Grace. Sus cálidos ojos castaños se habían oscurecido de placer y se echó a reír. Con una risa cantarina, contagiosa. Ben pensó irónico que disponía de otros medios para salirse con la suya, pero aquél era sin duda el más efectivo. Y, por lo que se refería a su cartera, el sacrificio valía la pena.

Ben la había echado del dormitorio mientras se preparaba. En aquel instante Grace paseaba nerviosa de un lado a otro del salón, hirviendo de expectación y deseo. No se hacía ilusiones. Aún seguía furioso, pero al menos había sentido celos de Marcus. Lo suficiente para sobornarlo.

Se estremeció, consciente de que por mucho que amara su recién conseguida independencia, también la encantaba la posesiva actitud de Ben. Siguió esperando mientras él se encargaba de su sorpresa de cumpleaños, incapaz de creer que se hubiera olvidado del ritual de Emma. Cada año desde que cumplió los dieciocho, Emma había enviado a su masajista particular a su nieta a modo de regalo especial, con el lema «si cuidas bien tu cuerpo, lo demás vendrá solo». Como Grace padecía de jaquecas desde que era niña, generalmente provocadas por la tensión de vivir bajo las reglas de una familia tan estricta y con tantas y constantes discusiones, Emma había insistido en que siguiera aquel particular método de cura. Lo que había empezado como una forma de terapia se había convertido en un regalo de cumpleaños del que Grace disfrutaba plenamente… y que ansiaba recibir todos los años.

– Venga -la llamó de pronto Ben-. La camilla ya está lista. Te he dejado la sábana encima de la cama. Saldré cuando te hayas cambiado.

Grace sintió un delicioso cosquilleo en su interior mientras entraba en el dormitorio. Ben se había metido en el cuarto de baño a esperar allí a que se desvistiera, tal y como habría hecho Marcus. Se desnudó, ignorando los estremecimientos que la recorrían. Porque sabía que aquello no iba a ser un simple masaje…

Envuelta en la sábana, se tumbó boca abajo en la camilla.

– Ya está -gritó, y apoyó la cabeza en los brazos, esperando.

La puerta del cuarto de baño se abrió.

– ¿Qué música prefieres? -le preguntó Ben.

– Mmm… la cascada -nada la relajaba más que el lejano estruendo de la cascada acompañado de unos acordes de violín.

Ben puso en el equipo la cinta adecuada y bajó la intensidad de las luces hasta dejarlas en penumbra. A los pocos segundos Grace reconoció el exquisito aroma del aceite de coco. Estaba cada vez más expectante. Por fin las grandes y cálidas manos de Ben empezaron a hacer su trabajo, comenzando por los pies y trazando lentos círculos en sus plantas, relajando músculos que no sabía que tenía. La tensión empezó a abandonar poco a poco su cuerpo…

Prosiguió con los tobillos y las pantorrillas, tomándose su tiempo antes de llegar a los muslos… donde la relajación cedía su turno a la excitación sensual. Sus largos dedos resbalaban por la cara interior de sus piernas ascendiendo cada vez más, explorando lugares que ningún masajista se habría atrevido a tocar.

– No estoy muy segura de que esto responda a la definición habitual de «masaje».

– Bueno, pensé que podríamos forzar un poquito las reglas -deslizó un dedo por su húmedo sexo, arrancándole un gemido-. Al fin y al cabo, mañana es tu cumpleaños -se acercó más, hasta abanicarle el oído con su cálido aliento-. A no ser que tú tengas alguna objeción.

– Ya te dije que durante demasiado tiempo siempre fui una buena chica.

La acarició íntimamente una vez más antes de retirarse y romper todo contacto, Grace se estremeció, frustrada.

– Tranquila -le dijo él con una voz ronca que consiguió inflamarla aun más.

Grace alzó la cabeza a tiempo de ver cómo se untaba nuevamente los dedos de aceite. Un brillo de pasión y deseo fulguraba en sus ojos. ¿Eran imaginaciones suyas o había creído distinguir un violento dolor en aquella mirada, una desesperación que no creía posible?

Sabía que Ben no había planificado aquella intimidad. De hecho, desde la llegada de su hermano, probablemente lo que había planificado era retirarse, retraerse de nuevo. Aquel interludio debía de ser su manera de aligerar la tensión que había vivido antes, cuando ella estuvo en peligro. Grace también era consciente de que su propia y abrasadora necesidad era, en cierta medida, un desahogo de miedo y adrenalina.

Volvió a sentir las manos de Ben en sus caderas y sus nalgas, acercándose de nuevo a aquel inexplorado territorio de su cuerpo. Una inesperada punzada de gozo y alegría la atravesó al ver la satisfacción que brillaba en sus ojos. Tal vez la desesperación que antes había vislumbrado en su mirada se debía a la necesidad que sentía de aprovechar al máximo el poco tiempo que le quedaba.

Ese descubrimiento la impulsó a querer ofrecerle todo lo que tenía. Todo y más. De esa manera, cuando abandonara su vida, jamás olvidaría a Grace Montgomery. Lo miró con avidez, devorándolo con los ojos.

– Sólo he sido mala contigo -una seductora sonrisa se dibujó en sus labios.

En esa ocasión Ben deslizó los dedos todavía más profundamente dentro de su sexo, en una caricia lubricada por el aceite de coco y por su propia y femenina humedad.

– ¿Qué tal?

– No está mal… pero puedes hacerlo mejor.

Capítulo 11

– Tenías razón. Sí que puedo -pronunció Ben, levantándola de la camilla para tumbarla en la cama-. Dado que no me enteré hasta esta mañana de que era tu cumpleaños, no he tenido tiempo de prepararme. No quiero que te lleves una decepción.

Sabía que su tiempo de estar juntos tenía que llegar a su fin, pero se negaba a renunciar a Grace sin oponer resistencia. Por el momento no había nada que pudiera hacer para evitarlo; sin embargo, lo primero que haría al día siguiente sería desenredar aquel cúmulo de mentiras. Mientras tanto, se concentraría en ella con la esperanza de que algún día llegara a perdonarlo. Y de que pudiera existir un futuro para su relación.

– Tú nunca podrías decepcionarme.

Si supiera lo muy falsa que era aquella frase… Ben tuvo que obligarse a dejar de pensar en sus propias mentiras. Los grandes ojos castaños de Grace buscaron su mirada, llenos de emoción y necesidad, cautivándolo.

– No quiero regalos. Sólo te quiero a ti.

– Entonces estábamos pensando en lo mismo, corazón -porque lo que le tenía reservado era un regalo procedente de lo más profundo de su ser-. Pero necesito tu cooperación. Y también tu confianza.

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