Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]
- Автор: Шеффилд Чарльз
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-7735-934-2
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]». Краткое содержание книги:
Sólo unos pocos seres humanos que habitan en las primitivas colonias en órbita en torno a la Tierra logran escapar a la hecatombe Nuclear. Deben iniciar el éxodo en busca de nuevos mundos lejos de la Tierra destruida.
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A estos mundos llegan los inmortales, seres con extraños lazos con la vieja tierra, que parecen vivir eternamente, que pueden recorres años luz en sólo unos días, y que utilizan sus extraños poderes apara controlar la existencia de los simples mortales. En el planeta Pentecostes, un pequeño grupo se prepara para encontrar a los Inmortales y enfrentarse a ellos. Pero en la búsqueda deberán transformase ellos mismos en inmortales y descubrirán una nueva amenaza que se cierne no sólo sobre ellos mismos sino sobre toda la galaxia.
—Sabemos todo eso. —Wolfgang Gibbs no compartía la calma fatalista de De Vries ni la nerviosa vacilación de Charlene. Parecía tener un interés objetivo en el nuevo experimento—. Míralo de esta forma, Charlene. Si podemos colocar a JN en el Modo Dos en las próximas horas, pueden pasar dos cosas. Si se estabiliza y recupera la conciencia, muy bien. Intentaremos comunicar con ella y averiguar cómo se siente. Si la colocamos en Modo Dos y no es estable, podemos devolverla a la normalidad. Si tenemos éxito, tendremos la oportunidad de intentarlo otra vez. Si fallamos, morirá. Eso es lo que te preocupa. Pero si no intentamos estabilizarla en Modo Dos, ya está muerta de todas formas. Recuerda el diagnóstico. Morirá en menos de tres meses, y esto es algo que no podemos cambiar. Míralo de esta forma: si tú estuvieras sobre esa mesa, ¿qué querrías que hiciéramos?
Charlene se mordió el labio. Sintió la terrible tentación de no hacer nada, de dejar a JN con una temperatura corporal cercana a la congelación mientras deliberaban. Pero la temperatura en el interior de la cámara seguía descendiendo. En el plazo máximo de media hora tendrían que devolver a Judith Niles a la conciencia o intentar el Modo Dos.
—¿Qué es lo que dicen los últimos informes sobre Jinx? —preguntó bruscamente Charlene.
—Está bien.
—Vale. Entonces sigamos adelante. Esperar no servirá de nada.
Si los otros dos se sorprendieron por el repentino cambio de actitud, ninguno lo mencionó. Se ajustaron las mascarillas y volvieron al interior de la cámara. La temperatura había bajado otro grado. Los monitores registraban un pulso de cuatro latidos por minuto, y la sangre congelada era conducida lentamente a través de las venas contraídas.
La etapa final dio comienzo. Sería ejecutada bajo el control del ordenador, con los humanos presentes solamente para provocar una anulación si las cosas salían mal. Jan De Vries inició la secuencia de control. Entonces se acercó a la figura inmóvil sobre la mesa y gentilmente colocó la palma de la mano sobre su fría frente.
—Buena suerte, Judith. Haremos todo lo que podamos. Y nos comunicaremos contigo, Dios lo quiera, cuando llegues.
Se quedó mirándole la cara largo rato. Las inyecciones de droga cuidadosamente medidas y las masivas transfusiones de sangre cambiada químicamente habían empezado ya. Los monitores mostraban ahora pautas extrañas, períodos constantes que se alternaban con bruscos cambios en el pulso, la conductividad de la piel, el equilibrio de iones y la actividad del sistema nervioso. Los osciloscopios mostraban cimas y valles impredecibles en los ritmos cerebrales, a medida que los ciclos de las ondas se alzaban, caían y se fundían.
Incluso ante los experimentados ojos de los observadores, todo lo que sucedía en los monitores parecía extraño y desconocido. Y, sin embargo, no hubo ninguna sorpresa. Como ella misma había solicitado, Judith Niles fue embarcada en un extraño viaje. Exploraba una región donde la sangre estaba cerca de la congelación, donde las reacciones químicas del cuerpo tenían lugar a una fracción de sus ritmos normales, donde sólo unos pocos animales hibernados y ningún ser humano se había aventurado y regresado con vida.
El corazón congelado se desaceleró aún más, y la sangre se arrastró perezosamente a través de frías arterias y venas. El cuerpo sobre la mesa tembló de repente, se retorció y, luego, volvió a quedarse quieto. Los monitores emitieron una señal de alerta.
Pero ya no había medio de volver atrás. La búsqueda había empezado. Durante las horas siguientes, Judith Niles protagonizaría una aventura desesperada. Tenía que encontrar un nuevo modelo de estabilidad psicológica, más allá de donde ningún humano había estado jamás. Y su única guía era la senda incierta dejada por un oso kodiak.
Segunda parte
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Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.