La elegancia del erizo
- Автор: Барбери Мюриель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:
Por ahora aguanta sin pestañear el parloteo pitiático de Jacinthe Rosen, que parece una gallina ante un gran montón de grano.
– Buenos días, señora -han sido sus primeras y únicas palabras, en un francés sin acento.
Yo me he ataviado con mi máscara de portera medio estúpida. Pues se trata de un nuevo residente a quien la fuerza de la costumbre no dicta aún la certeza de mi ineptitud, y con el que debo desarrollar esfuerzos pedagógicos especiales. Me limito pues a unos «sí, sí» asténicos como respuesta a las salvas histéricas de Jacinthe Rosen.
– Ya le enseñará usted al señor No Sé Qué (¿Shu?) las zonas comunes.
– ¿Puede explicarle al señor No Sé Qué (¿Pshu?) cómo funciona el reparto del correo?
– El viernes vendrá un equipo de decoradores. ¿Podría estar al tanto para avisar al señor No Sé Qué (¿Opshu?) entre las diez y las diez y media?
Etc.
El señor No Sé Qué no da muestras de impaciencia y aguarda cortésmente, mirándome con una sonrisita amable. Considero que todo está saliendo muy bien. Sólo hay que esperar hasta que la señora Rosen se canse, y entonces podré volver a mi antro.
Hasta que ocurre lo siguiente.
– El felpudo que estaba delante de la puerta de los Arthens no se ha limpiado. ¿Puede paliar a ello? -me pregunta la gallina.
¿Por qué siempre ha de convertirse la comedia en tragedia? Desde luego, yo misma recurro a veces al error, pero para emplearlo como arma.
«¿Cree usted de que es un infarto?», le había preguntado a Chabrot para distraerlo de mis modales extraños e inesperados.
No soy pues tan sensible como para que una desviación menor del buen uso me haga perder la razón. Hay que conceder a los demás lo que uno se permite a sí mismo; además, Jacinthe Rosen y su patata en la boca nacieron en provincias, en una modesta torre de pisos con escaleras no muy limpias, por lo que tengo con ella una indulgencia que no merece en cambio la señora «podría usted coma recibir y firmar en mi nombre».
Y sin embargo, he aquí la tragedia: he dado un respingo al oír lo de «paliar a ello» en el preciso momento en el que el señor No Sé Qué daba también un respingo, y nuestras miradas se han cruzado. Desde esa infinitesimal porción de tiempo en que, estoy segura, hemos sido hermanos de lengua en el sufrimiento común que nos atenazaba y, haciendo temblar nuestro cuerpo, manifestaba ante el mundo nuestro desasosiego, el señor No Sé Qué me mira con ojos muy diferentes.
Unos ojos alerta.
Y he aquí que me dirige la palabra.
– ¿Conocía usted a los Arthens? Tengo entendido que era una familia muy especial -me dice.
– No -le contesto, precavida-, no los conocía mucho; era una familia como las demás de esta casa.
– Sí, una familia feliz -interviene la señora Rosen, que se impacienta a ojos vistas.
– ¿Sabe?, todas las familias felices se parecen -mascullo para ventilar el asunto-, no hay nada que decir de ellas.
– Pero las familias desdichadas lo son cada una a su manera -me contesta, mirándome con una expresión extraña y, de repente, aunque no por primera vez, me estremezco.
Sí, lo juro. Me estremezco, pero como sin darme cuenta. Se me ha escapado, no lo he podido evitar, la situación me ha superado.
Como las desgracias nunca vienen solas, León elige ese momento preciso para escabullirse entre nuestras piernas, rozando de paso las del señor No Sé Qué en una actitud cordial.
– Tengo dos gatos -me dice-. ¿Puedo preguntarle cómo se llama el suyo?
– León -responde en mi lugar Jacinthe Rosen que, zanjando así nuestra conversación, toma al señor No Sé Qué del brazo y, dándome las gracias sin mirarme, procede a guiarlo hasta el ascensor. Con una delicadeza infinita, éste apoya la mano sobre su antebrazo y la inmoviliza sin brusquedad.
– Gracias, señora -me dice, antes de dejarse arrastrar por su posesiva gallina.
2
En un momento de gracia
Extraño concepto este de la supuesta ignorancia o inconsciencia de uno al hacer o decir algo. Para los psicoanalistas es el fruto de las maniobras insidiosas de un inconsciente oculto. Qué vana teoría. En realidad es la marca más visible de la fuerza de nuestra voluntad consciente que, cuando nuestra emoción se erige como obstáculo, recurre a cualquier ardid para lograr sus fines.
– Cualquiera diría que quiero que me descubran -le digo a León, que acaba de volver a sus aposentos y, podría jurarlo, ha conspirado con el universo para cumplir mis deseos.
Todas las familias felices se parecen; las familias desdichadas lo son cada una a su manera es la primera frase de Ana Karenina que, como toda portera que se precie, no puedo haber leído, como tampoco se me permite estremecerme al oír la segunda parte de esta frase, en un momento de gracia, sin saber que era de Tolstoi, pues si bien las personas humildes son sensibles sin conocerla a la gran literatura, no pueden aspirar a la alta consideración en la que la tienen las personas instruidas.
Me paso el día tratando de persuadirme de que me estoy angustiando por nada y de que el señor No Sé Qué, cuya cartera es lo bastante abultada como para comprarse la cuarta planta entera, tiene otros motivos de preocupación que los temblores parkinsonianos de una portera corta de luces.
Después, a eso de las siete, llama a mi puerta un joven.
– Buenas tardes, señora -dice, articulando a la perfección-, mi nombre es Paul N'Guyen, soy el secretario personal del señor Ozu.
Me tiende una tarjeta de visita.
– Éste es el número de mi móvil. Van a venir unos decoradores a casa del señor Ozu, y no querríamos que ello le ocasionase a usted una carga adicional de trabajo. Por eso, al menor problema, llámeme y vendré en cuanto me sea posible.
Habrán notado ustedes, llegados a este punto de la intriga, que el sainete carece de diálogo, el cual suele reconocerse por la sucesión de guiones al inicio de cada turno de palabra.
Debería haber habido algo parecido a ésto:
– Encantada de conocerlo.
Y después:
– Muy bien, así lo haré.
Pero es obvio que nada de esto hay.
Y es porque, sin necesidad de obligarme a ello, me he quedado muda. Soy desde luego consciente de tener la boca abierta, pero ningún sonido escapa de ella, y compadezco a este apuesto joven que no tiene más remedio que contemplar a una rana de setenta kilos llamada Renée.
En ese punto del intercambio suele el protagonista preguntar:
– ¿Habla usted mi idioma?
Pero Paul N'Guyen me sonríe y espera.
A costa de un esfuerzo hercúleo, acierto a decir algo.
En realidad, al principio no es más que algo así como:
– Grmbll.
Pero él sigue aguardando con la misma abnegación admirable.
– ¿El señor Ozu? -termino por decir a duras penas, con una voz a lo Yul Brynner.
– Sí, el señor Ozu -repite-. ¿Ignoraba usted su nombre?
– Sí -digo con esfuerzo-, no lo había entendido bien. ¿Cómo se escribe?
– O, z, u -me dice.
– Ah -contesto-, muy bien. ¿Es japonés?
– Sí, señora, exactamente -me dice-. El señor Ozu es japonés.
Se despide muy cordial, yo mascullo un buenas tardes para el cuello de mi camisa, cierro la puerta y me dejo caer sobre una silla, aplastando a León.
El señor Ozu. Me pregunto si no estaré viviendo un sueño demente, con suspense, sucesión maquiavélica de la acción, aluvión de coincidencias y desenlace final en camisón con un gato obeso en los pies y un despertador crepitante sintonizado en France ínter.
Pero todos sabemos, en el fondo, que el sueño y la vigilia no tienen la misma textura y, mediante la auscultación de mis percepciones sensoriales, sé con certeza que estoy despierta.
¡El señor Ozu! ¿El hijo del cineasta? ¿Su sobrino? ¿Un primo lejano?