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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Un nivel por debajo se oyen cosas como: «Ah, oye, tío, la rubia que le mola a J.-B. es una anglicista, una rubia, vaya» (ídem) y un nivel por encima: «la conferencia de Marian era una chorrada, cuando dijo eso de que la existencia no es el atributo primero de Dios» (ídem, justo después de cerrar el tema de la rubia anglicista). ¿Qué queréis que piense de todo esto? Y aquí está la guinda, palabra por palabra (o casi): «Que uno sea ateo no quiere decir que no pueda ver el poder de la ontología metafísica. Sí, tío, lo que cuenta es el poder conceptual, no la verdad. Y el cura este, Marian, cómo controla, el jodido, ¿eh?, menos mal.»

Las perlas blancas

que en mis mangas cayeron cuando con el corazón aún pleno

nos separamos

las llevo conmigo

como recuerdo suyo.

(Kokinshu)

Me he plantado los tapones para los oídos de goma espuma amarilla de mamá y me he puesto a leer unos haikús de la Antología de poesía japonesa clásica de papá para no oír su conversación de degenerados. Después, Colombe y Tibère se han quedado solos y se han puesto a hacer ruidos inmundos cuando sabían muy bien que podía oírlos. Para colmo de males, Tibère se ha quedado a cenar porque mamá había invitado a sus padres. El padre de Tibère es productor de cine, y su madre tiene una galería de arte en los muelles del Sena. Colombe está loquita por los padres de Tibère, el fin de semana que viene se va con ellos a Venecia, de buena me he librado, voy a poder estar tranquila tres días.

Bueno, a lo que iba. El padre de Tibère ha dicho durante la cena: «Pero cómo, ¿no conocéis el Go, este fantástico juego japonés? En este momento estoy produciendo una adaptación de la novela de Sa Shan, La jugadora de Go, es un juego fa-bu-lo-so, el equivalente japonés del ajedrez. ¡He aquí otro invento más que les debemos a los japoneses, es fa-bu-lo-so, os lo aseguro!» Y se ha puesto a explicar las reglas del juego del Go. No decía más que tonterías. Primero, el Go lo inventaron los chinos. Lo sé porque me he leído el manga de culto sobre el Go. Se llama Hikaru No Go. Segundo, no es el equivalente japonés del ajedrez. Quitando el hecho de que es un juego de tablero y que dos adversarios se enfrentan con piezas negras y blancas, no tiene nada que ver con el ajedrez. En el ajedrez, hay que matar para ganar. En el Go, hay que construir para vivir. Y tercero, algunas de las reglas enunciadas por el señor Soy-el-padre-de-un- cretino no eran verdad. El objetivo del juego no es comerse al adversario sino construir un territorio mayor que el suyo. La regla de la posesión de piedras de construcción estipula que uno puede «suicidarse» si es para tomar las piedras del adversario, y no que esté formalmente prohibido ir allí donde uno pierde automáticamente sus piedras. Etc.

Entonces, cuando el señor He-traído-al-mundo-a-una-pústula ha dicho: «El sistema de clasificación de los jugadores empieza en 1 kyu y después se sube hasta 30 kyu, y de ahí se pasa a los danes: primer dan, segundo dan, etc.», no he podido contenerme y he dicho: «No, es al revés: se empieza en 30 kyu y luego se llega hasta 1.»

Pero el señor Discúlpenla-no-sabe-lo-que-dice se ha obcecado con cara de mala leche: «No, mi querida señorita, te aseguro que tengo razón yo.» Yo lo negaba con la cabeza, mientras papá me miraba con el ceño fruncido. Lo peor es que me ha salvado Tibère. «Que sí, papá, que tiene razón ella, el primer kyu es lo más alto a lo que se puede llegar.» A Tibère le apasionan las mates y juega al ajedrez y al Go. Odio esa idea. Las cosas hermosas deberían ser de la gente hermosa. Pero bueno, sea como fuere, el padre de Tibère estaba equivocado, pero papá, después de cenar, me ha dicho, furioso: «Si sólo vas a abrir la boca para ridiculizar a nuestros invitados, mejor te abstienes.» ¿Y qué se supone que tendría que haber hecho? ¿Abrir la boca como Colombe para decir: «La programación de Les Amandiers me deja perpleja» cuando la pobre sería del todo incapaz de citar un solo verso de Racine, y menos aún de percibir su belleza? ¿Abrir la boca para decir, como mamá: «Parece que la Bienal del año pasado fue muy decepcionante» cuando daría la vida por sus plantas sin importarle que ardiera la obra entera de Vermeer? ¿Abrir la boca para decir, como papá: «La excepción cultural francesa es una sutil paradoja», que es, casi palabra por palabra, lo que ha dicho en las veinte cenas anteriores? ¿Abrir la boca como la madre de Tibère para decir: «Hoy en día, en París, apenas se encuentran ya buenos queseros», sin contradicción, esta vez, con su naturaleza profunda de comerciante de Auvernia?

Cuando pienso en el Go… Un juego cuyo objetivo es el de construir territorio sólo puede ser bello. Puede haber fases de combate, pero no son sino medios al servicio del fin, a saber: asegurar la supervivencia de los territorios de cada adversario. Uno de los logros más hermosos del juego del Go es que está comprobado que, para ganar, hay que vivir pero también dejar vivir al contrincante. El jugador demasiado ávido pierde la partida: es un juego sutil de equilibrio en el que hay que lograr ventaja sin aplastar al otro. Al final, la vida y la muerte no son sino la consecuencia de una edificación bien o mal construida. Es lo que dice uno de los personajes de Taniguchi: vives, mueres, son consecuencias. Es un proverbio de juego de Go y un proverbio de vida.

Vivir, morir: no son más que consecuencias de lo que se ha construido. Lo importante es construir bien. Por ello, me he impuesto una nueva obligación: voy a dejar de deshacer, de derribar, y me voy a poner a construir. Hasta de Colombe haré algo positivo. Lo que cuenta es lo que uno hace en el momento de morir y, el próximo 16 de junio, quiero morir construyendo.

16

El spleen de Constitución

Ese alguien que ha llamado resulta ser la esplendorosa Olimpia Saint-Nice, la hija del diplomático del tercero. Me cae bien Olimpia Saint-Nice. Encuentro que hace falta un carácter considerable para sobrevivir a un nombre tan ridículo, sobre todo cuando se sabe que condena a la infeliz a desternillantes «Eh, Olimpia, ¿puedo subirme a tu monte?» a lo largo de una adolescencia que se antoja interminable. Por añadidura, Olimpia Saint-Nice no parece desear convertirse en aquello que su cuna le ofrece. No aspira ni al matrimonio desahogado, ni a los pasillos del poder, ni a la diplomacia y menos aún al divismo. Olimpia Saint-Nice quiere ser veterinaria.

– En provincias -me confió un día que hablábamos de gatos ante mi puerta-. En París sólo hay animalitos pequeños. Yo también quiero vacas y cerdos.

Olimpia tampoco actúa de cara a la galería, como ciertos residentes de la finca, no trata conmigo para que se vea que charla con la portera porque es una «niña bien educada, de izquierdas y sin prejuicios». Olimpia me habla porque tengo un gato, lo cual nos integra a ambas en la misma comunidad de intereses, y yo aprecio en su justo valor esta capacidad suya de obviar las barreras que la sociedad yergue sin tregua en nuestros ridículos caminos.

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