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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Ya que, única entre todos, eludía cuidadosamente al señor Ozu. Nos cruzamos dos veces en el vestíbulo pero siempre estaba acompañado y se limitó a saludarme educadamente, a lo que yo respondí de idéntica manera. Nada en él delataba otros sentimientos que no fueran la cortesía y una indiferente benevolencia. Pero de la misma manera que los niños huelen bajo la cáscara de las conveniencias la verdadera textura de la que están hechos los seres, mi radar interno, presa de un pánico repentino, me indicaba que el señor Ozu me consideraba con atención paciente.

Sin embargo, su secretario subvenía a todas las tareas que requerían contacto conmigo. Imagino que Paul N'Guyen contribuía en algo a la fascinación que la llegada del señor Ozu suscitaba en los autóctonos. Era el joven más apuesto que hallarse pueda. De Asia, de donde era originario su padre, había tomado prestadas la distinción y la misteriosa serenidad. A Europa y a su madre (una rusa blanca) debía su gran estatura y sus pómulos eslavos, así como unos ojos claros y muy ligeramente rasgados. En él se aunaban la virilidad y la delicadeza, se realizaba la síntesis de la belleza masculina y la dulzura oriental.

Me había enterado de su ascendencia un día en que, al concluir una tarde de frenético ajetreo en la que lo había visto muy ocupado, al llamar a mi puerta para anunciarme la llegada temprana al día siguiente de una nueva hornada de entregas a domicilio, le propuse una taza de té que aceptó con sencillez. Conversamos con exquisita indolencia. ¿Quién hubiera dicho que un hombre joven, apuesto y competente -pues, cielo santo, eficaz desde luego era, como habíamos podido juzgar al verlo organizar las obras y, sin parecer nunca desbordado o cansado, llevarlas a término con total tranquilidad- sería asimismo del todo carente de esnobismo? Cuando se marchó, dándome las gracias con efusividad, caí en la cuenta de que, con él, había olvidado hasta la idea de disimular mi verdadera naturaleza. Pero vuelvo a la noticia del día.

– Ha despedido a la baronesa y a todos los demás con ella.

Manuela no esconde su alegría. Anna Arthens, al abandonar París, prometió a Violette Grelier que la recomendaría al nuevo propietario. El señor Ozu, respetuoso de los deseos de la viuda a la que compraba un bien y desgarraba el corazón, había aceptado recibir a su personal de servicio y entrevistarse con éste. Los Grelier, protegidos por Anna Arthens, podrían haber encontrado una colocación escogida en una buena casa, pero Violette acariciaba la loca esperanza de permanecer allí donde, según sus propias palabras, había pasado sus mejores años.

– «Marcharme sería como morir», le había confiado a Manuela. «Bueno, no hablo por usted, mujer. A usted no le quedará más remedio que resignarse a ello.»

– Resignarme a ello, tururú que te vi -dice Manuela que, desde que, siguiendo mi consejo, vio Lo que el viento se llevó, se cree que es la Escarlata de los suburbios de París-. ¡Ella se va y yo me quedo!

– ¿El señor Ozu quiere contratarla? -le pregunto.

– No se lo va a creer -me dice-. ¡Me ha contratado doce horas a la semana con un sueldo de princesa!

– ¡Doce horas! -exclamo-. ¿Y cómo se va a apañar usted?

– Voy a dejar tirada a la señora Pallières -responde, al borde del éxtasis-, voy a dejar tirada a la señora Pallières.

Y porque de las cosas de verdad buenas hay que abusar:

– Sí -repite-, voy a dejar tirada a la señora Pallières.

Saboreamos un momento en silencio este aluvión de buenas noticias.

– Voy a hacer un té -digo, interrumpiendo nuestra beatitud-. Un té blanco, para celebrar el acontecimiento.

– Ah, se me olvidaba -dice Manuela-, he traído esto.

Y me enseña una bolsita de papel de seda beis. Procedo a desatar el lacito de terciopelo azul. En el interior, unos frutos secos cubiertos de chocolate negro resplandecen como diamantes tenebrosos.

– Me paga veintidós euros por hora -dice Manuela, colocando las tazas y volviendo después a sentarse, no sin antes pedirle cortésmente a León que se vaya a ver mundo-. ¡Veintidós euros! ¿No le parece increíble? ¡Los demás me pagan ocho, diez, once! La pretenciosa de la señora Pallières me paga ocho euros y deja tiradas las bragas sucias debajo de la cama.

– Quizá él también deje tirados los calzoncillos sucios debajo de la cama -le digo, sonriendo.

– Huy, no le pega nada -me contesta Manuela, de pronto pensativa-. Lo que sí espero es saber hacer mi trabajo. Porque allí arriba hay muchas cosas raras, ¿sabe usted? Hay que regar y vaporizar todos esos bonzos.

Manuela habla de los bonsáis del señor Ozu. Son muy grandes, con formas esbeltas, y no presentan en absoluto ese aspecto torturado que suele causar tan mala impresión. Se me antojó, mientras los transportaban por el vestíbulo, que provenían de otro siglo y en sus hojas, que un murmullo parecía atravesar, exhalaban la visión fugitiva de un bosque lejano.

– ¡Nunca hubiera imaginado que los decoradores hicieran eso! -prosigue Manuela-. ¡Destruirlo todo para luego volver a construirlo!

Para Manuela, un decorador es un ser etéreo que dispone cojines sobre divanes dispendiosos y retrocede luego dos pasos para admirar el efecto creado.

– Echan abajo las paredes a mazazos -me había anunciado Manuela una semana antes, casi sin aliento, mientras subía de dos en dos los escalones armada con una escoba desmesurada.

– ¿Sabe?… Ahora han dejado la casa preciosa. Me encantaría que la visitara.

– ¿Cómo se llaman sus gatos? -pregunto entonces para cambiar de tema y quitarle a Manuela de la cabeza tan peligroso capricho.

– ¡Oh, son preciosos! -contesta, considerando a León con expresión consternada-. Son muy delgados y avanzan sin ruido, haciendo así.

Describe con la mano unas extrañas ondulaciones.

– ¿Y sabe usted cómo se llaman? -sigo preguntando.

– La gata se llama Kitty, pero el gato ya no me acuerdo -me dice.

Una gota de sudor frío bate todas las marcas de velocidad bajando por mi columna vertebral.

– ¿Levin? -sugiero.

– Sí -me dice-, eso es, Levin. ¿Cómo lo sabe?

Frunce el ceño.

– ¿No se tratará de ese revolucionario, espero?

– No -le digo-, el revolucionario es Lenin. Levin es el protagonista de una gran novela rusa.

Kitty es la mujer de la que está enamorado.

– Ha mandado cambiar todas las puertas -prosigue Manuela, que siente un interés moderado por las grandes novelas rusas-. Ahora son correderas. Pues bien, tiene que creerme, es mucho más práctico. Me pregunto por qué no hacemos igual los demás. Se gana mucho espacio y hacen menos ruido.

Cuán cierto es. Una vez más, Manuela hace gala de ese brío en su capacidad de síntesis que tanto le admiro. Pero este comentario anodino provoca también en mí una sensación deliciosa que responde a otros motivos.

4

Ruptura y continuidad

Dos motivos, ligados también a las películas de Ozu.

El primero reside en las puertas correderas en sí. Ya desde la primera película, El sabor del arroz con té verde, me fascinó el espacio de vida japonés y esas puertas correderas que, deslizándose suavemente sobre sus invisibles raíles, rehúsan hender el espacio. Pues, cuando abrimos una puerta, transformamos los lugares de manera bien mezquina. Coartamos su plena extensión e introducimos en ellos una brecha imprudente a fuerza de malas proporciones. Pensándolo bien, no hay nada más feo que una puerta abierta. En la habitación en la que está, introduce una suerte de rotura, como un parásito marginal que rompe la unidad del espacio. En la habitación contigua, engendra una depresión, una grieta abierta y estúpida, perdida en un trozo de pared que hubiese preferido permanecer entero. En ambos casos, perturba el espacio sin más contrapartida que la licencia de circular, la cual puede sin embargo garantizarse mediante otros procedimientos. La puerta corredera, por el contrario, evita los escollos y magnifica el espacio. Sin modificar su equilibrio, permite su metamorfosis. Cuando se abre, dos lugares se comunican entre sí sin ofenderse mutuamente. Cuando se cierra, devuelve a cada uno su integridad. La puesta en común y la reunión se realizan sin intrusión. La vida es en los espacios japoneses un tranquilo paseo, mientras que en los nuestros se asemeja a una larga serie de fracturas.

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