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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Cáspita.

Idea profunda n°9

Si le sirves a un enemigo

Tejas de Ladurée

No creas que

Podrás ver más allá.

¡El señor que ha comprado el piso de los Arthens es japonés! ¡Se llama Kakuro Ozu! ¡Vaya suerte tengo, va y me pasa esto justo antes de morirme! Doce años y medio viviendo en la pobreza cultural y ahora que aparece en mi vida un japonés, tengo que levantar el campamento… De verdad es demasiado injusto.

Pero al menos soy sensible al lado positivo: ahora está aquí y, además, ayer tuvimos una conversación muy interesante. Antes de nada tengo que decir que todos los residentes del edificio andan locos con el señor Ozu. Mi madre no habla de otra cosa, mi padre la escucha, por una vez, mientras que normalmente piensa en otra cosa cuando ella se pone en plan blablablá sobre la vida y milagros de nuestros vecinos; Colombe me ha robado mi manual de japonés, y, hecho inédito en los anales del número 7 de la calle Grenelle, la señora de Broglie ha venido a tomar el té a casa. Vivimos en el quinto, justo encima del ex piso de los Arthens, y estos últimos tiempos ha estado en obras, ¡unas obras enormes! Estaba claro que el señor Ozu había decidido cambiarlo de arriba abajo, y todo el mundo se moría por ver esos cambios. En un universo de fósiles, el más mínimo movimiento de una piedrecita en la pendiente de un acantilado puede provocar crisis cardiacas en serie, de modo que, cuando alguien hace explotar la montaña, ¡os podéis imaginar la que se organiza! Bueno, resumiendo, que la señora de Broglie se moría por echar un vistacito al piso del señor Ozu, así que se las apañó para conseguir que mi madre la invitara a casa cuando se cruzó con ella la semana pasada en el portal. ¿Y sabéis cuál fue el pretexto? Es para mondarse de risa. La señora de Broglie es la esposa del señor de Broglie, el consejero de Estado que vive en el primero, que entró en el Consejo de Estado cuando gobernaba Giscard d'Estaing y es tan conservador que no saluda a los divorciados. Colombe lo llama «el viejo facha» porque nunca ha leído nada sobre la derecha francesa, y papá lo considera un ejemplo perfecto de la esclerosis de las ideas políticas. Su mujer es el equivalente a él, pero en femenino: traje sastre impecable, collar de perlas, mueca altanera y una multitud de nietos que se llaman todos Grégoire o Mane. Hasta ahora apenas saludaba a mamá (que es socialista, lleva el pelo teñido y zapatos terminados en punta). Pero la semana pasada se lanzó sobre nosotras como si su vida dependiera de ello. Estábamos en el portal, volvíamos de la compra y mamá estaba de muy buen humor porque había encontrado un mantel de lino color tostado por doscientos cuarenta euros. Entonces me pareció sufrir alucinaciones auditivas. Después de los «buenos días» de rigor, la señora de Broglie le dijo a mi madre: «quisiera pedirle algo», lo que ya debió de hacerle mucha pupa en la boca. «Por supuesto, usted dirá», le contestó mamá, con una sonrisa (que se explica por lo del mantel y los antidepresivos que toma). «Pues bien, mi nuera, la esposa de Étienne, no se encuentra muy bien y creo que sería aconsejable que siguiera una terapia.» «¿Ah, sí?», le dijo mi madre, sonriendo aún más. «Sí, esto… una terapia de psicoanálisis, si ve usted a lo que me refiero.» La señora de Broglie parecía un caracol en pleno desierto del Sahara, pero a pesar de todo aguantaba mecha como una jabata. «Sí, por supuesto, la entiendo perfectamente», le dijo mamá, «¿y en qué podría serle útil?» «Pues bien, tengo entendido que conoce usted bien este tipo de… o sea… este tipo de acercamiento… entonces me gustaría poder hablar de ello con usted.» Mamá no daba crédito a su buena suerte: un mantel de lino color tostado, la perspectiva de poder soltarle a alguien toda su ciencia del psicoanálisis y, por si eso fuera poco, la señora de Broglie bailándole el agua (¡oh, sí, desde luego, un día redondo!). Con todo no se pudo resistir porque sabía perfectamente adonde quería llegar la otra. Por muy rústica que sea mi madre intelectualmente hablando, no hay quien se la dé con queso, las cosas como son. Sabía muy bien que el día en que a los de Broglie les interese el psicoanálisis, los gaullistas cantarán la Internacional, y que su éxito repentino llevaba la etiqueta de «el rellano del quinto se encuentra justo encima del del cuarto». Sin embargo, decidió mostrarse magnánima, para demostrarle a la señora de Broglie cuan buena es y cuan abiertos de espíritu son los socialistas, eso sí, sin renunciar a someterla a una pequeña novatada. «Pues claro que sí, querida, encantada. ¿Quiere que vaya algún día a su casa para charlar de todo ello?», le preguntó. La otra puso una cara como si estuviera estreñida, no había previsto un desenlace así, pero se recuperó enseguida y, como mujer de mundo que es, replicó: «No, por Dios, qué disparate, no la voy a hacer bajar a usted, ya subiré yo a verla un momentito.» Mamá ya había conseguido su pequeña satisfacción y no insistió más. «Pues bien, esta tarde estaré en casa, ¿por qué no viene a tomar el té a eso de las cinco?»

La sesión de té fue perfecta. Mamá había hecho las cosas como es debido: el juego de té que le regaló la abuelita, el que tiene dorados y mariposas verdes y rosas, tejas de la pastelería Ladurée y, eso sí, azúcar moreno (un detalle de izquierdas). La señora de Broglie, que acababa de tirarse sus buenos quince minutos en el rellano de debajo, parecía algo descolocada pero satisfecha al fin y al cabo. Y un poco sorprendida también. Pienso que se imaginaba que nuestra casa sería de otra manera. Mamá le hizo todo el paripé de los modales distinguidos y la conversación mundana, incluyendo un comentario experto sobre las mejores tiendas para comprar café, antes de inclinar la cabeza hacia un lado con expresión compasiva y preguntar: «Entonces, querida, ¿le preocupa a usted su nuera?» «Mmm, ah, sí», contestó la otra, que casi había olvidado ya su pretexto y se estrujaba las meninges para encontrar algo que decir. «Sí, está deprimida», fue lo único que se le ocurrió. Mamá se puso entonces el turbo. Después de tanta muestra de generosidad, había llegado el momento de que la señora de Broglie pagara tributo: tuvo que tragarse una lección magistral sobre freudismo, que incluía algunas anécdotas sabrosas sobre las costumbres sexuales del mesías y de sus apóstoles (con detalles trash sobre Melanie Klein), adornada con algunas referencias al MLF [Movimiento de Liberación de la Mujer] y al carácter laico de la educación en Francia. Un programa completo. La señora de Broglie reaccionó como buena cristiana que es. Soportó la afrenta con encomiable estoicismo, mientras pugnaba por convencerse de que así expiaba su pecado de curiosidad flagelándose lo justito, sin exagerar. Ambas se despidieron satisfechas, aunque por motivos distintos, y luego esa noche, durante la cena, mamá dijo: «la señora de Broglie es una santurrona, desde luego, pero también puede ser encantadora.»

Resumiendo, que el señor Ozu tiene a todo el mundo alterado. Olimpia Saint-Nice le dijo a Colombe (que la odia y la llama la «mosquita muerta de los cerdos») que tiene dos gatos y que se muere de ganas de verlos. Jacinthe Rosen no para de comentar el trasiego de idas y venidas en la cuarta planta, y cada vez que lo hace se pone como en trance. Y a mí me apasiona también, pero por otros motivos. Esto fue lo que ocurrió.

Subí en el ascensor con el señor Ozu y nos quedamos bloqueados entre el segundo y el tercer piso durante diez minutos porque un inútil había cerrado mal la reja antes de renunciar a cogerlo y bajar a pie. En esos casos hay que esperar a que alguien se dé cuenta o, si la cosa dura demasiado, alertar a los vecinos gritando, tratando a la vez de no perder la compostura, lo cual tiene su dificultad. Nosotros no gritamos. Nos dio tiempo pues a presentarnos y a conocernos un poquito. Todas las señoras de la casa hubieran dado cualquier cosa por estar en mi lugar. Yo estaba contenta porque mi gran inclinación por lo japonés no puede por menos de alegrarse de hablar con un japonés de verdad. Pero sobre todo, lo que más me gustó fue el contenido de la conversación. Primero me dijo: «Tu madre me ha dicho que estudias japonés en el colegio. ¿Cuál es tu nivel?» Yo primero me hice mentalmente la observación de que otra vez mamá había estado presumiendo para hacerse la interesante y luego contesté en japonés: «Sí, señor, sé algo de japonés, pero no mucho.» Él me dijo a su vez, también en japonés: «¿Quieres que te corrija el acento?», y lo tradujo enseguida al francés. Eso ya de entrada me gustó. Mucha gente habría dicho: «¡Huy, pero qué bien hablas, bravo, es fantástico!», cuando seguro que pronuncio peor que una vaca bretona. Yo contesté en japonés: «Sí, señor, por favor». Él me corrigió una inflexión y añadió en japonés: «Llámame Kakuro.» Yo contesté, siempre en japonés: «Sí, Kakuro-san» y los dos nos reímos. Después fue cuando la conversación (en francés) se hizo apasionante. Me dijo sin preámbulos: «Me interesa mucho nuestra portera, la señora Michel. Me gustaría saber tu opinión.» Conozco a un montón de gente que habría tratado de tirarme de la lengua, disimulando, como quien no quiere la cosa. Pero él fue franco y directo. «Creo que no es lo que todo el mundo piensa», añadió.

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