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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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– Debería irse al albergue -le digo, como de costumbre-, va a hacer frío esta noche.

– Ah, ah -me contesta con voz agria-, ya me gustaría verla a usted en el albergue. Se está mejor aquí. Sigo mi camino pero, atenazada por un súbito remordimiento, vuelvo sobre mis pasos.

– Quería decirle… El señor Arthens murió anoche.

– ¿El crítico? -me pregunta Gégène, con una chispa repentina en la mirada, levantando la cabeza como un perro de caza que hubiera olisqueado el culo de una perdiz.

– Sí, sí, el crítico. El corazón le falló de golpe.

– Ah, vaya, vaya… -repite Gégène, claramente conmovido.

– ¿Lo conocía usted? -pregunto, por decir algo.

– Ah, vaya, vaya… -reitera el clochard-, ¡siempre se nos van primero los mejores!

– Tuvo una buena vida -me aventuro a decir, sorprendida del cariz que ha tomado la situación.

– Tía Michel, tipos como ése ya no nacen, se rompió el molde. Ah, vaya -repite-, lo voy a echar de menos.

– ¿Le daba acaso algo, quizá un aguinaldo por Navidad?

Gégène me mira, se sorbe la nariz y escupe a sus pies.

– Nada, en diez años ni una mísera monedita, ¿qué le parece? Ah, desde luego, las cosas como son, vaya carácter tenía. Se rompió el molde, sí, se rompió el molde. Este pequeño intercambio me perturba y, mientras recorro los pasillos del mercado, Gégène monopoliza mis pensamientos. Nunca he creído que los pobres tuvieran grandeza de alma por el simple hecho de ser pobres y por las injusticias de la vida. Pero al menos sí los creía unidos en el odio por los grandes propietarios. Gégène me saca de mi error y me enseña lo siguiente: si hay algo que los pobres detestan es a los otros pobres. En el fondo, tiene su lógica.

Recorro distraídamente los pasillos del mercado, llego al rincón de los quesos y me compro un poco de parmesano al peso y un buen pedazo de Soumaintrain.

18

Riabinin

Cuando estoy angustiada, me recluyo en el refugio. No hace falta viajar; me basta ir a las esferas de mi memoria literaria. Pues ¿qué distracción hay más noble, qué compañía más distraída, qué contemplación más deliciosa que la de la literatura?

Heme pues súbitamente ante un puesto de aceitunas, pensando en Riabinin. ¿Por qué Riabinin? Porque Gégène lleva una levita pasada de moda, con los faldones adornados con botones hasta casi abajo del todo, que me ha recordado a Riabinin. En Ana Karenina, Riabinin, comerciante de madera vestido con levita, va a concluir a casa de Levin, el aristócrata rural, una venta con Esteban Oblonsky, el aristócrata moscovita. El comerciante jura y perjura que Oblonsky sale ganando con la transacción, mientras que Levin lo acusa de despojar a su amigo de un bosque que vale tres veces más. A esta escena precede un diálogo en el que Levin pregunta a Oblonsky si ha contado los árboles de su bosque.

«-¡Contar los árboles! -exclama el aristócrata-. ¡Es como contar granos de arena en el fondo del mar!

– Seguro que Riabinin los ha contado -replica Levin.»

Me gusta particularmente esta escena, primero porque se desarrolla en Pokrovskaya, en el campo ruso. Ah, el campo ruso… Tiene ese encanto tan especial de los parajes salvajes y no obstante ligados al hombre por la solidaridad de esta tierra de la que todos estamos hechos… La escena más hermosa de Ana Karenina transcurre en Pokrovskaya. Levin, sombrío y melancólico, trata de olvidar a Kitty. Estamos en primavera, y se va a los campos a segar con sus campesinos. La tarea se le antoja al principio demasiado dura. Cuando está a punto de desfallecer, el viejo campesino que dirige la hilera de segadores ordena descansar. Luego reanudan su tarea. De nuevo, Levin se siente extenuado pero, una vez más, el viejo levanta la guadaña. Descanso. Luego la hilera vuelve a ponerse en marcha, cuarenta hombretones aplanando los manojos de hierba y avanzando hacia el río mientras se levanta el sol. El calor es cada vez más intenso, Levin tiene los brazos y los hombros empapados en sudor pero, a fuerza de descansar y reanudar la tarea, sus gestos antes torpes y dolorosos se vuelven cada vez más fluidos. Siente de pronto un agradable frescor en la espalda. Lluvia de verano. Poco a poco, libera sus movimientos del obstáculo de la voluntad, entra en el leve trance que confiere a los gestos la perfección de los actos mecánicos y conscientes, sin reflexión ni cálculo, y la guadaña parece manejarse sola mientras Levin saborea el abandono en el movimiento que convierte el placer de hacer algo maravillosamente ajeno a los esfuerzos de la voluntad.

Así ocurre con muchos de los momentos felices de nuestra existencia. Liberados de la carga de la decisión y de la intención, avanzando en nuestros mares interiores, asistimos, como a las acciones de otro, a nuestros distintos movimientos admirando sin embargo su involuntaria excelencia. ¿Qué otra razón podría yo tener para escribir esto, este irrisorio diario de una portera que se va haciendo vieja, si la escritura no participara de la misma naturaleza que el arte de la siega? Cuando las líneas se convierten en demiurgo de sí mismas, cuando asisto, como una maravillosa inconsciencia, al nacimiento sobre el papel de frases que escapan a mi voluntad e, inscribiéndose ajenas a ella en el papel, me enseñan lo que no sabía ni creía querer, gozo de este alumbramiento sin dolor, de esta evidencia no concertada, de seguir sin esfuerzo ni certeza, con la felicidad del asombro sincero, una pluma que me guía y me arrastra. Entonces, accedo, en plena evidencia y textura de mí misma, a un olvido de mi propio ser rayano en el éxtasis, saboreo la feliz quietud de una conciencia espectadora.

Por fin, al subir de nuevo a su carreta, Riabinin se queja abiertamente a su empleado de los modales de los señores.

«-¿Y qué me dice de la compra, Mijail Ignatich? -le pregunta el mozo.

«-¡Ah, ah…! -contesta el comerciante.» Cuan rápido sacamos conclusiones, por la apariencia y la posición, sobre la inteligencia de los seres… Riabinin, contable de los granos de arena del fondo del mar, hábil actor y manipulador brillante, se mofa de los prejuicios sobre su persona. Nacido inteligente y paria, la gloria no lo atrae; sólo lo impulsan a recorrer los caminos la promesa de la ganancia y la perspectiva de desvalijar cortésmente a los señores de un sistema estúpido que lo desprecia pero no sabe ponerle freno. Así soy yo, pobre portera resignada a la ausencia de todo fasto -pero anomalía de un sistema que se revela grotesco y del que me mofo bajito, cada día, en un fuero interno que nadie penetra.

Idea profunda n°8

Si olvidas el futuro

pierdes

el presente

Hoy hemos ido a Chatou a ver a la abuelita Josse, la madre de papá, que lleva dos semanas en una residencia de ancianos. Papá la acompañó cuando se instaló allí, y esta vez hemos ido todos juntos a verla. La abuelita ya no puede vivir sola en su caserón de Chatou: está casi ciega, tiene artrosis, ya casi no puede andar ni sostener nada en las manos y se asusta en cuanto se queda sola. Sus hijos (papá, mi tío François y mi tía Laure) intentaron solucionar el asunto con una enfermera privada, pero no podía quedarse con ella las veinticuatro horas del día; además, las amigas de la abuelita ya estaban ellas también en una residencia de ancianos, así que parecía una buena solución. La residencia de ancianos de la abuelita no es cualquier cosa. Me pregunto cuánto costará al mes un moridero de lujo como éste. La habitación de la abuelita es grande y luminosa, con muebles bonitos, cortinas muy cucas, un saloncito contiguo y un cuarto de baño con una bañera de mármol. Mamá y Colombe se han extasiado al ver la bañera de mármol, como si para la abuelita tuviera el más mínimo interés que la bañera fuera de mármol cuando ella tiene los dedos de hormigón… Además, el mármol es feo. En cuanto a papá, no ha dicho gran cosa. Sé que se siente culpable de que su madre esté en una residencia de ancianos. «¿No pretenderás que se venga a vivir con nosotros?», dijo mamá cuando ambos creían que yo no los oía (pero yo lo oigo todo, sobre todo lo que se supone que no debo oír). «No, Solange, claro que no…», respondió papá con un tono que quería dar a entender: «Hago como si pensara lo contrario a la vez que digo "no, no" con aire cansado y resignado, en plan marido bueno que acepta lo que dice su mujer, para que quede patente que el bueno de la película soy yo.» Conozco muy bien ese típico tono de papá. Significa: «sé que soy un cobarde, pero que nadie se atreva a echármelo en cara». Por supuesto, ocurrió lo que tenía que ocurrir: «Mira que eres cobarde», dijo mamá, tirando con rabia un trapo en el fregadero. Es curioso, no falla, cuando está enfadada siempre tiene que tirar algo. Una vez tiró incluso a Constitución. «Te apetece tan poco como a mí», añadió, cogiendo el trapo y agitándolo ante las narices de papá. «De todas maneras, ya está hecho», concluyó papá, lo cual es una frase de cobarde elevada a la máxima potencia.

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