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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Saturnino y sus compañeros bajaron de la tribuna para sumarse a la refriega, esgrimiendo espadas. Pero todo fue en vano. Aunque la cohorte de Mario había empezado sedienta de sangre, ahora disfrutaba con aquel ataque tipo ariete y había adoptado un ritmo que aplastaba sin piedad al populacho, arrastrándolo como un montón de piedras, reagrupándose acto seguido para cerrar filas una y otra vez, imparables. Algunos quedaron pisoteados, pero no fue un combate, sino una desbandada de la muchedumbre.

No tardó mucho la tropa de Saturnino en huir del campo de batalla: la ocupación del Foro Romano había concluido y casi sin derramamiento de sangre. Saturnino, Labieno, Saufeio, Equitio y unos treinta esclavos armados huyeron corriendo por el Clivus Capitolinus a refugiarse en el templo de Júpiter Optimus Maximus, implorando al gran dios para que hiciera regresar a la gigantesca multitud al Foro.

– ¡Ahora correrá la sangre! -gritó Saturnino desde el pedimento del templo en lo alto del Capitolio, de forma que Mario y sus hombres lo oyeran-. Antes de entregarme haré que matéis a muchos romanos, Cayo Mario! ¡El templo se mancillará con sangre romana!

– Puede que esté en lo cierto -dijo Escauro, con gesto de gran satisfacción, pese a la nueva preocupación.

– ¡No! -exclamó Mario, riendo estentóreamente-. Está alardeando como un animal acorralado, Marco Emilio. La solución de este asedio es simple, créeme. Los haremos salir sin derramar una sola gota de sangre romana. Lucio Cornelio -añadió dirigiéndose a Sila-, búscame a los ingenieros de la compañía de abastecimiento de aguas y que corten inmediatamente el suministro al Capitolino.

– ¡Qué sencillo! -exclamó maravillado el portavoz de la cámara, asintiendo con la cabeza-. A nadie se le habría ocurrido. ¿Cuánto tardarán en rendirse?

– No mucho. Tened en cuenta que han estado haciendo un ejercicio que da sed. Supongo que mañana. Voy a mandar hombres allá arriba para que rodeen el templo y que los agobien constantemente con la idea de que no tienen agua.

– Pero Saturnino es muy decidido -comentó Escauro.

Era un criterio que Mario no compartía, y lo manifestó.

– Marco Emilio, él es un político, no un militar. Tendrá que darse cuenta de que no dispone de la fuerza de las armas ni de una estrategia aplicable -replicó, volviendo el lado tullido del rostro hacia Escauro, con aquel ojo irónico caído y aquella siniestra sonrisa asimétrica-. ¡Si yo fuese Saturnino si que tendríais que estar preocupado, Marco Emilio! Me habría proclamado rey de Roma y estaríais todos muertos.

– Lo sé, Cayo Mario, lo sé -replicó el portavoz de la cámara, retrocediendo instintivamente un paso.

– En fin -añadió Mario, animado, ocultando el lado tullido de su rostro de la vista de Escauro-, afortunadamente no soy el rey Tarquinio, aunque la familia de mi madre sea de Tarquinia. Una noche en el recinto del gran dios hará que Saturnino vuelva a sus cabales.

Los del populacho que habían sido apresados al desperdigarse y huir fueron agrupados y encerrados en las celdas de la Lautumiae, fuertemente vigilados, mientras un expeditivo grupo de funcionarios del censor separaba los ciudadanos romanos de los no romanos para ejecutar a éstos inmediatamente y juzgar sumariamente al día siguiente a los otros y arrojarlos desde la roca Tarpeya del Capitolio.

Sila regresó en el momento en que Mario y Escauro comenzaban a alejarse del bajo Foro.

– Traigo recado del Quirinal, de Lucio Valerio -dijo, mostrando un aspecto sumamente distendido para los acontecimientos de la jornada-. Dice que, efectivamente, Glaucia está en casa de Cayo Claudio, que han atrancado las puertas y que se niega a salir.

– Bien, príncipe del Senado -dijo Mario mirando a Escauro-, ¿qué hacemos ante esta situación?

– ¿Por qué no seguimos la misma pauta de esa pandilla y dejamos que transcurra la noche? Que Lucio Valerio siga vigilando la casa, y cuando Saturnino se rinda, que den la noticia a voces por encima de la tapia de Cayo Claudio, a ver qué pasa.

– Buena idea, Marco Emilio.

Escauro se echó a reír.

– Esta amable colaboración con vos, Cayo Mario, no va a acrecentar mi fama entre mis amigos los boni -dijo cogiendo a Mario del brazo-. No obstante, me alegro mucho de que hayáis estado hoy aquí. ¿Qué decís, Publio Rutilio?

– Que no podríais haber dicho mejor verdad.

Lucio Apuleyo Saturnino fue el primero en rendirse de los refugiados en el templo de Júpiter Optimus Maximus, y Cayo Saufeio el último. Los que eran romanos -unos quince- quedaron arrestados en la tribuna de los Espolones para que todos los que pasaran los vieran, que no fueron muchos, ya que la gente se quedó en sus casas. Y allí mismo, en su presencia, se juzgó por traición ante un tribunal especial a los que de entre el populacho eran ciudadanos romanos -casi todos, ya que no se trataba de una revuelta de esclavos- y fueron sentenciados a morir arrojados desde la roca Tarpeya.

La roca Tarpeya era un resalte basáltico que se proyectaba sobre un abismo de tan sólo ochenta pies de profundidad al sudoeste del Capitolio. Que los condenados muriesen, se debía a que en el fondo había un afloramiento de afiladas rocas.

Los traidores fueron conducidos por el Clivus Capitolinus y por delante de la escalinata del templo de Júpiter Optimus Maximus, hasta un tramo de la muralla Serviana frente al templo de Ope. El farallón de la roca Tarpeya sobresalía fuera de la muralla y se veía bien su perfil desde el bajo Foro, en donde, inopinadamente, apareció la muchedumbre para ver cómo ajusticiaban a los partidarios de Lucio Apuleyo Saturnino; una muchedumbre con el estómago vacío pero sin ánimo de demostrar su indignación. Tan sólo querían ver cómo arrojaban a los condenados desde la roca Tarpeya porque era algo que no sucedía desde hacía mucho tiempo y se había difundido el rumor de que había casi un centenar de condenados. Ningunos ojos entre aquella muchedumbre miró a Saturnino ni a Equitio con afecto o compasión, pese a que la componían los mismos que tan estentóreamente los habían aclamado durante las elecciones tribunicias. Circulaba el rumor de que iba a llegar una flota con trigo de Asia gracias a Cayo Mario, y por eso le vitoreaban intermitentemente, pues lo que realmente querían era tener una especie de fiesta y ver saltar a los condenados desde la roca Tarpeya; la muerte a una prudente distancia en aquella modalidad acrobática. La novedad.

– No podemos celebrar el proceso de Saturnino y Equitio hasta que los ánimos se hayan calmado un poco -dijo el portavoz de la cámara, Escauro, a Mario y Sila, acomodados en la escalinata del Senado, mientras aquella serie de peleles en miniatura caían agitándose al vacío.

Ni Mario ni Sila se llamaron a engaño: no era la muchedumbre del Foro lo que preocupaba a Escauro, sino la más impulsiva e indignada de los suyos, que, ahora que todo había concluido, protestaba enardecida. El rencor hacia las gentes de Saturnino se había centrado en el propio tribuno, con especial saña hacia Lucio Equitio. Los jóvenes senadores y los que aún no tenían edad para serlo formaban un grupo junto a la zona de comicios, encabezados por Cepio hijo y Metelo el joven, y miraban con cara de pocos amigos a Saturnino y sus compañeros cautivos en la tribuna de los Espolones.

– Peor será cuando Glaucia se rinda y esté con ellos -dijo Mario, pensativo.

– ¡Qué pandilla de miserables! -exclamó Escauro, despectivo-. ¡Era de esperar que algunos hubieran hecho lo que debían arrojándose sobre su espada! ¡Incluso el cobarde de mi hijo lo hizo!

– Estoy de acuerdo -dijo Mario-. Pero lo cierto es que tenemos a quince, dieciséis cuando se entregue Glaucia, para juzgarlos por traición y un grupo indignado que se me antoja una manada de lobos mirando a un rebaño de ovejas.

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