El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Tendremos que encerrarlos en algún sitio durante unos días -dijo Escauro-. Pero ¿dónde? Por el buen nombre de Roma, no podemos consentir que los maten.
– ¿Por qué no? -terció Sila.
– Habría complicaciones, Lucio Cornelio. Hemos evitado el derramamiento de sangre en el Foro, pero la multitud va a volver a congregarse para ver el juicio por traición. Hoy está entretenida con las ejecuciones de gente sin importancia, pero ¿podemos estar seguros de que no cambiará de ánimo cuando juzguemos a Lucio Equitio, por ejemplo? -dijo Mario, lacónico-. Es una situación difícil.
– ¿Por qué no se habrán arrojado sobre su espada? -inquirió Escauro, inquieto-. ¡Imaginaos las complicaciones que nos habrían ahorrado! Un suicidio admitiendo la culpabilidad, sin necesidad de juicio ni de estrangulador en la cárcel del Tullianum, porque desde la roca Tarpeya no nos atrevemos a arrojarlos.
Sila escuchaba pero no quitaba ojo de Cepio hijo y Metelo el joven sin decir palabra.
– Bueno, ya nos preocuparemos del juicio en su momento -añadió Mario-. Mientras tanto tenemos que encontrar un sitio para encerrarlos sin riesgo.
– La Lautumiae queda descartada -se apresuró a decir Escauro-, pues si por casualidad, o por instigación de alguien, la muchedumbre decide liberarlos, las celdas no resistirán el asalto aunque tengamos a todos los lictores de guardia. No es Saturnino quien me preocupa, sino ese desastre de Equitio. Sólo faltaría que alguna estúpida comenzase a llorar y a lamentarse de que el hijo de Tiberio Graco va a morir para que tuviésemos complicaciones -añadió con un gruñido-. Y por si fuera poco, mirad a ese grupo de jóvenes casi relamiéndose; no les importaría lo más minimo acabar con Saturnino.
– Pues sugiero que los encerremos en la Curia Hostilia -dijo Mario.
– ¡Eso no podemos hacerlo, Cayo Mario! -replicó Escauro mirándole estupefacto.
– ¿Por qué no?
– ¿Encarcelar a unos traidores en la sede del Senado? ¡Eso es… como… como ofrecer una cagarruta en sacrificio a los dioses!
– De todos modos ya han mancillado el templo de Júpiter Optimus Maximus y todo lo relacionado con la religión estatal habrá que purificarlo. La Curia no tiene ventanas y posee las mejores puertas de Roma. Otra solución es que algunos de nosotros los retengamos voluntariamente en nuestras casas… ¿Os gustaría haceros cargo de Saturnino? Saturnino para vos y Equitio para mí. Y creo que Quinto Lutacio podría hacerse cargo de Glaucia -dijo Mario sonriendo.
– La Curia Hostilia es una excelente idea -dijo Sila, sin dejar de mirar, pensativo, a Cepio hijo y a Metelo el joven.
– ¡Brrr! -exclamó Escauro, príncipe del Senado, no por Mario o Sila, sino por las circunstancias. Luego asintió enérgicamente-. Tenéis razón, Cayo Mario. Me temo que habrá de ser en la Curia Hostilia.
– ¡Estupendo! -dijo Mario, dando una palmada a Sila en el hombro para indicarle que se pusiera en marcha-. Mientras me ocupo de los detalles, Marco Emilio -añadió con una horrorosa sonrisa descolgada-, vos encargaos de explicar a vuestros colegas los boni por qué es preciso utilizar el venerable edificio como cárcel.
– ¡Ah, muchas gracias! -exclamó Escauro.
– No hay de qué.
Cuando estuvieron lo bastante alejados para que nadie los oyera, Mario dirigió una curiosa mirada a Sila.
– ¿Qué te traes entre manos? -le preguntó.
– No sé si voy a decírtelo -respondió éste.
– Haz el favor de andar con cuidado. No quiero que acabes ante un tribunal por traición.
– Andaré con cuidado, Cayo Mario.
Saturnino y sus conjurados se rindieron el octavo día de diciembre; al noveno, Cayo Mario volvía a convocar la Asamblea centuriada y presidía la declaración de los candidatos a las magistraturas curules.
Lucio Cornelio Sila no se molestó en acudir a la saepta; estaba ocupado en otras cosas, entre ellas, largas conversaciones con Cepio hijo y Metelo el joven y una breve visita a Aurelia, pese a que sabía por Publio Rutilio Rufo que se hallaba bien y que Lucio Decumio había mantenido alejados del Foro Romano a sus tabernarios colegas.
El décimo día del mes era cuando asumían el cargo los nuevos tribunos de la plebe; pero dos de ellos, Saturnino y Equitio, estaban encerrados en el Senado, y existía la preocupación de que volviese a congregarse la multitud, a quien parecía interesarle más la suerte de los tribunos de la plebe.
Aunque Mario no pensaba autorizar a su modesto ejército de tres días atrás a acudir al Foro con corazas y espadas, mandó cerrar el mercadillo contiguo a la basílica Porcia y estableció allí un depósito de corazas y armas; en la planta baja, en el extremo que daba al Senado, estaban las dependencias del Colegio de tribunos de la plebe en las que tenían que reunirse al amanecer los ocho no complicados con Saturnino, para después proceder a la sesión inaugural de la Asamblea de la plebe lo antes posible, sin hacer mención alguna de los dos que faltaban.
Pero aún no había amanecido y el Foro estaba totalmente vacío, cuando Cepio hijo y Metelo Pío bajaban por el Argiletum hacia la Curia Hostilia a la cabeza de un grupo. Habían dado aquella vuelta para mayor seguridad de que nadie los viese, pero cuando se desplegaron en torno a la Curia comprobaron que podían actuar con total impunidad.
Llevaban largas escalas que colocaron contra los laterales del edificio, hasta las viejas tejas en forma de abanico de los aleros, frágiles y cubiertas de musgo.
– No olvidéis -dijo Cepio a su tropa- que Lucio Cornelio ha dicho que no hay que desenvainar la espada. Hay que cumplir al pie de la letra las órdenes de Cayo Mario.
Uno tras otro fueron ascendiendo por las escalas hasta que los cincuenta que formaban el grupo estuvieron en cuclillas en el tejado, poco inclinado, y allí aguardaron a oscuras a que por el este surgiese la débil luz que se transformó de gris paloma en oro brillante antes de que los primeros rayos de sol surgieran por detrás del Esquilino bañando la techumbre del Senado. Ya comenzaban a llegar algunos al Foro, pero las escalas ya estaban retiradas y nadie advirtió su presencia porque a nadie se le ocurrió mirar hacia arriba.
– ¡¡Ahora!! -gritó Cepio hijo.
A toda prisa -porque Lucio Cornelio les había dicho que no dispondrían de mucho tiempo- el grupo de asalto comenzó a quitar las tejas de las vigas de roble superpuestas a las gruesas jácenas de cedro. La luz bañó el interior del Senado, cayendo sobre quince pálidos rostr0s que miraban hacia arriba, más estupefactos que aterrados. Y cuando cada uno de los asaltantes tuvo a su lado un montón de tejas, comenzaron a arrojárselas por la abertura practicada. Saturnino cayó en seguida y Lucio Equitio también. Hubo algunos que trataron de refugiarse en los rincones más apartados, pero los jóvenes del tejado no tardaron en afinar la puntería, disparando acertadamente las tejas en todas direcciones. Como en el Senado no había ningún tipo de mueble, pues los senadores se traían sus propias sillas y los secretarios cogían un par de mesas en las dependencias contiguas del Argiletum, no existía nada tras lo que los detenidos pudieran parapetarse de aquella lluvia de proyectiles, más eficaces de lo que Sila había pensado. Al chocar, aquellas tejas de diez libras se rompían en trozos de afiladas aristas.
Cuando llegaron allí Mario y sus legados, Sila incluido, todo había terminado. Los asaltantes bajaban al suelo y allí permanecieron quietos sin tratar de escapar.
– ¿Los detengo? -preguntó Sila a Mario.
Mario, enfrascado en sus pensamientos, dio un respingo al oir la pregunta.
– ¡No! ¿No ves que no se mueven…? -replicó, dirigiéndole una inquisitiva mirada de reojo a la que Sila respondió con un rápido guiño.
– Abrid las puertas -dijo Mario a los lictores.
En el interior, el sol matutino se abría paso a través de un palio de polvo que iba depositándose lentamente e iluminaba por doquier montones de tejas con verdín, con las aristas rotas, y en su envés más protegido de los elementos atmosféricos, una tonalidad bermellón oscura, casi color sangre. Quince cadáveres yacían encogidos o despatarrados, medio sepultados por las tejas destrozadas.