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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Se atrevió a subir la maltrecha escalera de mano y levantar la tapa, apenas unos centímetros, lo necesario para echar un vistazo. Se encontró con una planicie completamente vacía: no había ni rastro de muertos vivientes, ni ninguna de las otras cosas que se habían repetido cada vez que había querido ver el exterior. A lo lejos pudo ver una alambrada alta, de rejilla metálica. Miró hacia otro lado y vio unas gradas de cemento de color blanco, y reconoció el sitio al instante: era la ciudad deportiva de Carranque, una extensión de varios kilómetros con dos campos de fútbol, una pista de atletismo, jardines y varios edificios con piscinas cubiertas y salas de usos múltiples.

Juan experimentó una inesperada sensación de euforia y se animó a deslizar la tapa hacia un lado y asomar la cabeza un poco más para tener una visión completa de la zona. En ese preciso instante, un objeto pequeño se le apoyó en la nuca, y una voz grave que venía desde su espalda exclamó:

– Será mejor que digas algo, cualquier cosa, o te vuelo la tapa de los sesos en este mismo instante.

XII

– Me llamo Juan Aranda y estoy vivo -dijo Juan con voz tranquila.

– Eso parece, pero quédate tranquilo y no te muevas -dijo la voz-. No puedes verme pero te estoy apuntando con un Heckler & Koch G36. ¿Sabes lo que es un Heckler & Koch, hijo?

– No.

– Es un rifle de puta madre, eso es lo que es. Podría llegar a los ochocientos metros con esta belleza. Los proyectiles salen de esta preciosidad a 920 metros por segundo. Quizá te interesen estas cosas, o quizá no, pero me gustaría que tuvieses bien claro que si te atreves tan sólo a girarte, esparciré todos tus sesos a tres metros de distancia antes de que puedas pestañear. ¿Te ha quedado eso bastante claro?

– Clarísimo -dijo Aranda despacio, pronunciando muy bien cada golpe de voz.

– Bien. Veo que estás tranquilo, eso me gusta, porque así yo también estaré tranquilo. Todos tranquilos. Ahora dime, ¿hay alguien más contigo ahí abajo? Piénsalo bien antes de contestar, porque si escucho aunque sea un pedo viniendo de esa mierda de cloaca de la que sales, dispararé.

– No, estoy solo -dijo Juan-. Aunque es posible que haya algunos zombis en los túneles.

Hubo un pequeño silencio antes de que la voz volviera a hablar.

– Bien. Eso podemos solucionarlo. Nunca he visto una de esas cosas subir por una escalera de mano. Ahora dime, ¿tienes algún arma?, ¿algún cuchillo?

– En mi mochila tengo algunas herramientas, pero la tengo a mi espalda, ¿ves las cintas? No podría coger nada desde aquí.

– Y así quiero que sea -soltó la voz-. ¿Estás herido?, ¿tienes alguna herida? No me importa si te han arrancado una pierna entera o apenas es una mierda de costra de maricón en un codo, si tienes alguna herida quiero saberlo y será mejor que no mientas.

– No, no estoy herido -contestó Juan, suspirando.

– Eso está muy bien -dijo la voz-, pero tengo aún otra pregunta. ¿De dónde coño vienes, y a dónde coño ibas?

Juan suspiró.

– ¿Crees que podría al menos subir? No quiero que uno de esos muertos me coja por las piernas. Me tenderé en el suelo, si quieres, y responderé a tus preguntas. No soy peligroso, sólo tengo veinticinco años y ni siquiera peso mucho.

De nuevo una pequeña pausa.

– Está bien, hagamos eso. Pero si intentas algo…

– Dispararás, ya lo sé -le interrumpió Juan.

Muy despacio, Juan se ayudó de los brazos para abandonar la alcantarilla, y sin mirar alrededor, se tendió obediente en el suelo con las manos detrás de la nuca. El suelo estaba caliente y seco, y después de las horas que había pasado recorriendo los túneles húmedos y fríos, esa sensación le reconfortó.

Escuchó cómo la tapa de la alcantarilla se cerraba detrás suya.

– Lo has hecho muy bien, Juan Aranda -dijo la voz de nuevo-. Creo que existe una posibilidad de ser amigos, después de todo. Ahora cuéntame tu historia y ya veremos qué pasa después.

Tomando aire, Juan le contó su historia a grandes rasgos, sin entrar demasiado en detalles. Algunos retazos de sus aventuras de supervivencia en el Rincón; la muerte de sus familiares, cómo había conseguido ocultarse del pillaje y la violencia en las últimas etapas de la infección, y también cómo había decidido ir hacia Málaga, y todo su periplo hasta llegar allí.

– Así que, en realidad, no iba a ninguna parte. Miraba por las rejillas y las tapas de alcantarilla de vez en cuando para ver si encontraba seres humanos vivos, pero hasta este momento no he tenido suerte. Y aun eso parece que está por ver -dijo al fin, atreviéndose a manifestar que empezaba a cansarse de esa actitud.

Entonces un par de botas negras se pararon delante de su cara.

– Vamos, dame la mano y levántate.

Juan miró hacia arriba. Se trataba de un hombre grande, de fascinante envergadura, dos metros quince de altura y unas anchas espaldas esculpidas en músculos como el resto de su cuerpo. Su corte de pelo estilo cepillo le confería un aire de marine estadounidense.

Juan se incorporó y todavía se sintió más pequeño estando de pie junto a él.

– Aquí todos me llaman Dozer, Juan Aranda -dijo, ofreciéndole una mano.

– Ya puedo ver por qué -dijo Juan, mirando hacia arriba para encontrarle los ojos. Le devolvió el saludo estrechando su mano mientras experimentaba una sensación de alivio al ver su sonrisa. Parecía sincera.

– Perdona todo ese rollo de Quentin Tarantino… hoy no te puedes fiar de nadie. De hecho hemos tenido algunos problemas en el pasado, ¿sabes? ¡Además me has dado un susto de cojones! -dijo riendo-. Estaba ahí sentado, limpiando el rifle, cuando la tapa de la alcantarilla se ha abierto de repente. Joder… pensaba que estábamos perdidos.

– Ah, disculpa… no sabía que…

– Ya, ya, claro -le cortó Dozer-. No pasa nada. Oye, ven… es mediodía. Los demás están comiendo; te presentaré.

– ¿Hay más? -preguntó Juan, ilusionado.

– Sí, coño… somos cerca de una treintena, y aún siguen llegando algunos, como tú.

Juan le miró fascinado. Su blanca sonrisa le pareció hermosa, porque era una sonrisa sana; llevaba demasiado tiempo viendo gente muerta en diferentes estados de descomposición, demasiadas bocas con dientes negros, infectos de coágulos resecos de heridas que habían dejado de sangrar.

Cuando llegaron al comedor, Aranda sintió flaqueza en sus delgadas piernas. Ver a toda aquella gente sonriéndole y ofreciéndole un bocado era mucho más de lo que se había atrevido a soñar; aunque había imaginado algún tipo de campamento donde sobrevivían seres humanos, nunca había llegado a materializar ninguna visión concreta al respecto, y allí había rostros, palabras amables, palmadas en el hombro, e incluso felicitaciones por haberlo logrado, por resistir, por estar vivo. Le dejaron lavarse y le dieron ropas nuevas, ya que las suyas presentaban un aspecto más que lamentable después de su paseo por las cloacas, y por fin se sentó a la mesa con un grupo de gente.

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