Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Siempre hay un jefe, Momo. Vosotros tenéis a los cerveceros.
El tabernero puso cara de pocos amigos.
– Los cerveceros no son los que cortan el bacalao. Nosotros tomamos todas las decisiones.
– No me hagas reír. Larfaoui os tiene cogidos por los huevos.
De repente, Momo puso la misma cara que un guardameta que no ha visto venir el balón. Saqué un Camel y le di unos golpecitos contra la barra para comprimir el tabaco.
– ¿No es él vuestro proveedor? -insistí.
– Larfaoui está muerto.
Encendí el pitillo y levanté la taza.
– Que en paz descanse. ¿Qué puedes contarme al respecto?
– Nada.
– El mundo sería mucho más sencillo si la gente fuera más conversadora. Por ejemplo, por ahí me han dicho que habíais abierto un nuevo bar en Bastille.
– ¿Y…?
Momo no quitaba la vista de la trampilla. Saïd estaba abajo. Tenía que darme prisa antes de que el hermano avispado subiera. Cambié de táctica.
– Todavía me quedan algunos amigos en las autoridades sanitarias. Podrían haceros una visita. La higiene, la salubridad, los permisos…
Momo se inclinó hacia mí; desprendía un olor nauseabundo a sudor y a incienso.
– No sé de dónde sale, porque los maderos ya no hacen esas cosas hoy en día.
– Vamos, Momo. Larfaoui. Cuéntame algo y me pierdo.
A guisa de respuesta, sonó un ruido de motor. El arco del montacargas emergió por la trampilla. Saïd apareció de pie sobre la pasarela; un auténtico almirante en medio de sus barriles metálicos. Mi primera tentativa se iba al traste.
– Buenos días, inspector. Es un placer verlo.
Esbocé una sonrisa, una vez más impresionado por el contraste con su hermano. Momo era el bloque sin esculpir; Saïd la obra terminada. De la espesa melena negra y lisa, surgía su rostro en punta. Sus facciones evocaban sentimientos encontrados: dulzura, desprecio, respeto, crueldad… Todo eso se vislumbraba en el fondo de sus ojos almendrados, en las comisuras de sus labios carnosos, sensuales.
Pasó por encima de los barriles y fue a sentarse en el taburete contiguo al mío. Se había acabado la fiesta.
– Le doy mi más sentido pésame.
Bajé la cabeza, pasándome la mano por los rizos, inquieto. Saïd ya estaba al corriente de la situación de Luc. Y debía de haberle relacionado con la investigación sobre Larfaoui. Hizo una señal discreta a su hermano, que le sirvió un café.
– Nosotros le teníamos mucho aprecio al inspector Soubeyras.
Su voz aguda era como todo el resto: aceitosa, despectiva. Y su acento, redondo, flotante, como si hablara con un puñado de aceitunas dentro de la boca.
– Luc no ha muerto, Saïd. No hables en pasado. Puede despertar en cualquier momento.
– Eso esperamos todos, inspector. Se lo juro.
Saïd echó un terrón de azúcar en la taza. Llevaba una chaqueta militar de faena y adornos de oro: cadena, pulsera, sortijas de sello.
– Comprendo su tristeza. Pero nosotros no sabemos nada. Y no serán sus preguntas las que hagan volver a la vida al inspector.
– Tranquilo, Saïd. Solo me intereso por las investigaciones que estaba llevando a cabo.
– ¿Ya no está usted en la Criminal?
Sonreí y saqué otro cigarrillo. Decididamente era más astuto que su hermano.
– Es un favor a un amigo. ¿Qué puedes decirme sobre el caso Larfaoui?
Saïd soltó una risita. Nunca miraba a su interlocutor a la cara. O bien bajaba los ojos, pestañeando rápidamente, o bien movía las pupilas hacia el costado, como si reflexionara intensamente. Todo eso era puro teatro; Saïd ya tenía las respuestas preparadas antes de escuchar las preguntas. Entretanto, seguía sin contestar a las mías.
– Luc os interrogó sobre ese asesinato. ¿Sí o no?
– Por supuesto que sí. Conocemos bien el barrio. Las gentes, las idas y venidas, todo. Pero no sabíamos nada del asesinato. Se lo juro, inspector. La muerte de Massine es un auténtico misterio.
Hice un gesto explícito a Momo: otro café. Saïd comenzaba a irritarme con su tono zalamero. Cuanto más educado era, más parecía reírse en mis barbas. Lo miré directamente a los ojos; la mejor estrategia era la «ausencia de estrategia». La franqueza.
– Oye, Saïd. Luc es mi mejor amigo, ¿lo entiendes?
Saïd endulzaba el café moviendo suavemente la cucharilla, en silencio.
– Nadie vio venir esta… desgracia. Ni siquiera yo. Pero quiero saber por qué lo ha hecho. En qué andaba en su trabajo, qué tenía en la cabeza. ¿Me recibes?
– Absolutamente, inspector.
– Investigaba por su cuenta a Larfaoui y, según parece, ese expediente lo tenía obsesionado. Mi teoría es que encontró algo en ese montón de mierda. Algo que influyó en su depre. Ahora, ¡ponte las pilas y desembucha!
Casi había gritado. Tosí y me serené. Imperturbable, Saïd negó moviendo su pelambrera en forma de casco.
– No sé nada de todo este asunto.
– ¿Larfaoui no tenía follones con los demás cerveceros?
– Nunca he oído nada al respecto.
– ¿Y con algún tabernero? ¿Algún tío endeudado que hubiera querido vengarse?
– Usted sabe muy bien que entre nosotros las cosas no se arreglan de esa manera.
Saïd tenía razón. A Larfaoui se lo había cargado un profesional.
Y estaba claro que ningún dueño de bareto podía permitirse contratar a un verdadero asesino.
– Larfaoui no era solamente cervecero. Traficaba.
– En eso no puedo ayudarlo. Nosotros no tocamos las drogas.
Cambié de táctica.
– Cuando Luc os interrogó, ¿tenía ya alguna idea sobre el asesinato?
– Es difícil decirlo.
– Piensa un poco de todos modos.
Lanzó su habitual mirada de soslayo, simulando reflexionar, y luego soltó:
– Vino dos veces. La primera en septiembre, cuando se cargaron a Larfaoui. Luego a principios de este mes. Parecía completamente colgado.
– No irás a decirme que se sinceró contigo.
– Cinco vodkas en menos de media hora dan para sincerarse, ¿no cree?
A Luc siempre le había gustado empinar el codo. No me sorprendía que en los últimos tiempos hubiera buscado refugio en la botella. Saïd se acercó. Todavía con los codos sobre la barra, solo estaba a unos centímetros de mí. Él también renunció a toda estrategia.
– Para serle franco, en el caso de Massine usted puede ir más lejos que el inspector.
– ¿Por qué?
– Porque usted es un verdadero creyente.
– Luc también era cristiano.
– No. Se había extraviado. Ya no era un verdadero practicante.
Tomé el café sintiendo ardor de estómago.
– ¿Adónde quieres llegar?
– Larfaoui también era muy religioso.
– ¿Y…?
– Piense en la noche del asesinato.
– El 8 de septiembre.
– ¿Qué día de la semana era?
– Ni idea.
– Un sábado. ¿Qué hace un musulmán el sábado?
Pensé. No veía adónde quería llevarme Saïd.
– Se va de juerga -prosiguió-. Después de las oraciones del viernes, un verdadero creyente se relaja. La carne es débil, como dicen ustedes en Francia.
– ¿Me estás diciendo que aquella noche se había ido de picos pardos?
– Larfaoui tenía sus costumbres. Su familia estaba en Argelia.
– ¿Tenía una amante?
– Una amante no. Zorras.
Por fin las cosas empezaban a encajar. Larfaoui había sido asesinado en su casa, aproximadamente a las once. Seguramente no estaba solo. Nadie había hablado de un testigo o de un segundo cuerpo. Sin embargo, una chica había conseguido huir; lo había visto todo.
– ¿Conoces a la chica?
– No.
– Conmigo no te hagas el listillo.
– Confíe en mí. -Sonrió-. Usted tiene los medios necesarios para encontrarla.
Pensé en mi experiencia en la BRP. Conocía todas las redes. Pero buscar a una prostituta sin conocer las preferencias de su cliente era como buscar un casquillo después de un ataque de Hizbullah.