Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Atroz -digo después de la primera calada-. Una carnicería.
– No podías preverlo.
– Sí, es cierto. La mujer se nos ha adelantado. No he bloqueado su…
– No, no has identificado lo que estaba en juego.
– ¿Qué quieres decir?
– Brigitte Coralin no ha hablado contigo porque tuviera remordimientos o porque quisiera salvar a las niñas. Ha actuado movida por los celos. Amaba a su cabronazo de marido. Ella lo amaba cuando la torturaba, cuando le hundía los pitillos en el coño. Y estaba celosa de las niñas. Del sufrimiento de las niñas.
– Celosa…
Luc coge un Gitane.
– Sí, colega. Has evaluado mal el círculo del mal. Siempre más amplio, más extenso de lo que se cree. Brigitte Coralin habría matado también a su propia hija en caso de que Coralin empezara a mirarla con otros ojos. -Expulsa una gran nube de humo, tomándose tiempo, con cinismo-. Deberías haberla empapelado.
– ¿Has venido a sermonearme?
Luc no contesta. Una sonrisa se congela en sus labios. Llegan los hombres de la policía científica, uniformados de blanco.
– Nunca te he quitado los ojos de encima. Hemos seguido el mismo camino. Vukovar para mí; Kigali para ti. La Judicial para mí, la BRP para ti.
– ¿Qué judicial?
– Louis-Blanc.
La División de la Policía Judicial de Louis-Blanc cubre los distritos más violentos de París: 18.°, 19.°, 20.°. La escuela de los duros.
– El mismo camino, Mat. Para llegar al mismo destino: la Criminal.
– ¿Y quién te dice que quiero formar parte de la Criminal?
– Ellas.
Luc señala a las niñas muertas que los enfermeros llevan hasta la ambulancia. Las mantas térmicas golpean las camillas y revelan parcialmente sus cuerpos con cada sacudida. Luc murmura:
– «Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero.» ¿Te acuerdas?
El claustro de Saint-Michel. El olor a hierba cortada de los jardines. La caja de píldoras estomacales y sus pitillos. Teresa de Ávila. La esencia de la experiencia mística. La poetisa lamenta no estar muerta y ver por fin la grandeza del reino de Dios.
Pero hay otra lectura de esos versos. Con frecuencia la comentaba con Luc. La muerte, necesaria para el verdadero cristiano. Destruir en uno mismo al que vive sin Dios. Morir para sí mismo, para los otros y para todo valor material hasta renacer en la Memoria Dei. «Muero porque no muero.» San Agustín ya había proclamado esa verdad, cuatro siglos atrás.
– Aún hay otra muerte -añade Luc como si leyera mi pensamiento-. Tú y yo hemos abandonado el materialismo para vivir recorriendo el sendero de Dios. Pero esta vida espiritual también es una comodidad. Ahora, ha llegado el momento de abandonar esa fe que da sosiego. Debemos morir una vez más, Mat. Matar al cristiano en nosotros para convertirnos en maderos. Ensuciarnos las manos. Acorralar al diablo. Combatirlo. Comprenderlo. Aun a riesgo de olvidar a Dios.
– ¿Y ese combate se libra en la BC?
– Los crímenes de sangre: es la única vía. ¿Estás dispuesto o no? ¿Quieres arrancarte de ti mismo de una vez por todas?
No sé qué contestarle. Después del sexo y sus desviaciones, el círculo de sangre es la etapa que siempre he considerado la siguiente. Pero no quiero que me guíe otro. Luc tiende la mano hacia los luminosos haces azules que parpadean como estroboscopios.
– Esta noche, te has arriesgado. Y no tienes nada de que arrepentirte. Uno debe tomar riesgos. Los verdaderos cruzados tienen las manos manchadas de sangre.
Termino por sonreír ante ese sermón grandilocuente.
– Solicitaré el puesto.
Luc saca de su bolsillo un puñado de papeles.
– Aquí lo tienes. Firmado por el prefecto. Bienvenido a mi equipo.
Suelto una carcajada nerviosa.
– ¿Cuándo empezamos?
– El lunes. Treinta y tres años. ¡Una buena edad para renacer!
La cena de Nochevieja sella nuestra colaboración.
Seguirían doce meses de perfecta eficacia.
Nuestro equipo, que contaba con ocho policías, era sobre todo un tándem. Nuestro proceder difería y a la vez se complementaba. Yo representaba el papel del policía extremadamente riguroso: solicitaba una imputación únicamente cuando tenía en mano un expediente contundente; realizaba registros cuando ya estaba seguro de lo que encontraría. Luc se arriesgaba utilizando todo tipo de métodos para confundir a los sospechosos. Amenazas, violencia y… teatro. Sus técnicas preferidas eran: simular un cumpleaños en los despachos del 36 para engatusar a un detenido; hacerse el místico loco para aterrorizar a un imputado; echarse faroles sobre las pruebas que poseía hasta el punto de meter a un sospechoso en un furgón, rumbo a la prisión, y lograr que confesara en el camino.
Yo era un camaleón, discreto, preciso, que pasaba inadvertido. Luc era un actor, un farsante, un chulo. Mentía, manipulaba, golpeaba y les arrancaba la verdad. Disfrutaba con esa situación, ya que daba argumentos a su cinismo. Para lograr sus fines: traicionar siempre sus propios principios; utilizar las armas del enemigo; ¡convertirse en un demonio para el demonio! Le gustaba ese papel de mártir obligado a corromperse para servir a su Dios. Su absolución estaba en relación directa con la cantidad de éxitos de nuestro equipo: la mayor de la Brigada.
Por mi parte, yo ya no tenía ilusiones. Hacía mucho tiempo que mis pudores de católico ferviente habían desaparecido. Imposible hurgar en la mierda sin salpicarse. Imposible conseguir confesiones sin usar la violencia o la mentira. Pero en mi conducta nunca era complaciente conmigo mismo; esa ruptura de las normas no formaba parte de mis métodos prioritarios y siempre que recurría a ella lo hacía con remordimientos.
Entre esas dos posiciones habíamos encontrado un equilibrio. La balanza estaba calibrada al miligramo, gracias a nuestra amistad. Volvíamos a encontrarnos, ya adultos, tal como nos habíamos descubierto adolescentes. El mismo sentido del humor, la misma pasión por el trabajo, el mismo fervor religioso.
Los colegas habían llegado a apreciar la situación. Había que soportar las extravagancias de Luc. Sus subidones de adrenalina, sus lados sombríos, su extraña manera de expresarse. Hablaba de la influencia del diablo o del reino del demonio en lugar del índice de criminalidad o de la estadística de delitos. A veces llegaba a rezar en voz alta, en plena tarea, por lo que con frecuencia daba la impresión de estar trabajando con un exorcista.
Yo tampoco estaba mal dentro de mi estilo, con mi aversión a los ruidos metálicos y mi alergia a la radio -encendía la del coche siempre a regañadientes-. Me alimentaba exclusivamente de arroz y bebía té verde todo el día, en un mundo en el que los hombres comen carne y beben alcohol a palo seco.
Nuestros éxitos se acumulaban.
En un año, más de treinta detenciones. En los pasillos del 36 circulaba una broma: «¿Aumenta la criminalidad? No. ¡Los meapilas se han puesto manos a la obra!». Nos gustaba ese sobrenombre. Nos gustaba nuestra imagen, diferente y pasada de moda. Nos gustaba, sobre todo, trabajar en equipo. Aunque sabíamos que, al final, el precio del éxito sería, precisamente, la separación.
Principios de 2002
Luc Soubeyras y Mathieu Durey son promovidos oficialmente al grado de inspector jefe. Luc en la Brigada de Estupefacientes; yo en la Criminal. Sobre el papel, más responsabilidades y aumento de salario. En la práctica, un equipo de investigación para cada uno.
Apenas tuvimos tiempo de despedirnos, arrastrados por los casos que teníamos en mano. No obstante, nos propusimos seguir comiendo juntos y disfrutar de los fines de semana en Vernay.
Tres meses más tarde, nos cruzábamos en el patio del 36 sin vernos.
15
– Yo saco las pepitas de chocolate.
Cuando abrí los ojos, en mi mente todavía resonaba la risa de Luc en la Soleil d’Or, la cervecería más cercana al 36. Parpadeé y me encontré frente a un médico japonés de la Unidad 731 que estaba practicando una vivisección. La foto estaba colocada delante de mí, sobre el escritorio.