Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– ¿Qué te trae por aquí, tubab?
– Larfaoui.
La risa de Claude se apagó.
– Jefe, no nos agües la fiesta.
– Cuando se lo cargaron, el cabileño no estaba solo. Busco a la chica.
Claude no contestó. Una vez más abrió el móvil y leyó un SMS. Sin duda un cliente. Pero su rostro inquieto no expresó nada. Era imposible adivinar si la llamada era importante o no. Cerró el teléfono.
– ¿Dónde está? -pregunté después de vaciar la copa-. ¿Dónde está la puta?
– No sé nada, tubab. Palabra. No sé nada de ese asunto.
– ¿No eras tú el proveedor de Larfaoui?
– No tenía el tipo de artículos que le interesaban.
Lo interrogué, temiéndome lo peor.
– ¿Con qué se empalmaba?
– Jovencitas. Para Larfaoui, pasados los catorce ya eras una anciana.
Casi me sentí aliviado. Esperaba que me hablara de animales o de comer mierda con cucharilla. Pero también era una mala noticia. El asunto viraba hacia otro mundo: el de los anglófonos. Solo esas regiones exportaban menores. En un país en guerra como Liberia o superpoblado como Nigeria, todo era posible cuando se trataba de ganar algunas divisas. Conocía mal ese ambiente, completamente cerrado. Las putas vivían en autarquía, no hablaban ni una palabra de francés y, a menudo, ni siquiera inglés.
– ¿Quién era su proveedor?
– No conozco esas redes.
Haciendo girar el vaso entre mis manos, observé a los demás negros. Mi abrigo se había abierto dejando ver la culata del 9 mm. El canuto seguía pasando de mano en mano.
– Mi querido Claude, algo me dice que te aguaré la fiesta.
El negro sudaba la gota gorda. Los proyectores de la pista reflejaban un chisporroteo coloreado sobre su rostro. Detuvo mi gesto circular cogiéndome la muñeca.
– Ve a ver a Foxy. Ella puede darte un soplo.
La prostitución africana tiene una particularidad: los proxenetas no son hombres, sino mujeres: las mammas. Normalmente se trata de putas viejas, que han subido en el escalafón. Mujeres enormes, insensibles, con rostros escarificados, que no salen nunca de su casa. Me había encontrado con Foxy una o dos veces. Procedía de Ghana. La alcahueta más poderosa de París.
– ¿Dónde para ahora?
– 56, rue Myrrha. Escalera A. Tercer piso.
Me levanté pero Claude me detuvo.
– Ándate con cuidado. Foxy es una mala bruja. Una devoradora de almas. ¡Mmuuuuy peligrosa!
Las alcahuetas africanas no retienen a sus chicas utilizando la violencia, sino la magia. En caso de desobediencia, las amenazan con echar un maleficio a sus familias en África o a ellas mismas. Las mammas siempre guardan trozos de uñas, vello púbico o lencería manchada pertenecientes a sus chicas. Para ellas, una amenaza semejante es más aterradora que cualquier maltrato físico.
De repente, pensé en la expresión de algunas máscaras africanas, con los ojos bordeados de rojo. La música, el calor, los efluvios de hierba se mezclaban en mi cabeza. Las estridencias del saxo empezaban a parecerse a los rasgueos de los machetes en la carretera, a los silbidos de los hutus sedientos de sangre.
Iba a perder el equilibrio cuando unos bailarines retrocedieron hacia el reservado y me empujaron contra la mesa. El whisky salió despedido de los vasos. Claude se quemó con el petardo.
– ¡Joder!
Con la manga empapada en alcohol, me volví hacia la pista; los hombres y las mujeres se apartaban como si una serpiente hubiera caído desde las redes. Me erguí sobre la punta de mis pies y vi, en el centro, a un negro en el suelo, sacudido por convulsiones. Con los ojos en blanco y los labios llenos de espuma. El hombre necesitaba que lo llevaran a urgencias, pero nadie se le acercaba.
La música continuaba. Se limitaba a un martilleo de pieles y a los desgarramientos del cobre. Los bailarines volvieron a sus giros, evitando rozar al tipo en trance; los demás batían palmas como si quisieran expulsar el mal del cuerpo del poseso. Me abrí paso a codazos para socorrerlo, pero Claude me detuvo.
– Déjalo, tubab. Ya se calmará. Es un gabonés. Esos tíos no saben comportarse.
– ¿Un gabonés?
Los gaboneses parisienses constituían un colectivo tranquilo. El país de Omar Bongo era rico en petróleo y sus residentes solían ser estudiantes correctos y discretos. Nada que ver con los congoleños o los marfileños.
– Ha bebido un producto local. Un hierbajo de su país.
– ¿Una droga?
Claude sonrió, con los ojos entornados. Ya se llevaban al alucinado, tieso como el tronco de un árbol.
– Pues parece muy eficaz -comenté.
Claude se rió, inclinando la cabeza hacia atrás.
– ¡En materia de colocones, los negros sabemos hacer bien las cosas!
19
Rue Myrrha, cinco de la mañana
Los servicios municipales limpiaban la acera echando grandes chorros de agua mientras que un furgón policial patrullaba lentamente. Bajo los portales, algunas prostitutas hacían el amor con las sombras, esperando el día para desaparecer.
Aquí se encontraba el lado deteriorado del barrio africano de París. Por más que hubieran abierto una comisaría en la rue de la Goutte-d’Or, una tienda de Virgin en el boulevard Barbès y por más que se hubiera renovado la mayor parte de los edificios, la rue Myrrha seguía teniendo un aspecto lamentable. Un viejo aire destartalado y a la vez amenazador.
Delante del 56, utilicé mi llave maestra, la de los carteros, y abrí la cerradura. Buzones destrozados, construcciones vetustas, letras de escaleras pintadas sobre las paredes. No exactamente una vivienda de okupas, pero sí un bloque dejado de la mano de Dios, listo para el asalto inmobiliario. Localicé la letra «A» y penetré en el interior.
Cada piso daba o bien a un montón de escombros o bien a un pasillo tapiado con tablones En el tercero, pasé por debajo de los cables eléctricos que colgaban del techo. Todo parecía dormir; hasta los olores.
Un negro gigantesco dormitaba sobre una silla. A guisa de salvoconducto, saqué una vez más mi identificación. Alzó las cejas como si le faltara una parte del mensaje. Murmuré «Foxy». Se irguió, apartando una manta piojosa que hacía las veces de puerta, y me precedió en otra cueva.
Dos piezas; cada una daba a un lado del pasillo. Un dormitorio común a la izquierda y otro a la derecha; sobre las esteras reposaban amazonas arrebujadas; la ropa interior se secaba a lo largo de las habitaciones. El olor despertaba como cuando se frota una hoja de menta, mezcla de especias, sudor, polvo y ese perfume característico de los trópicos: mijo tostado, carbón de madera, frutas podridas.
Otro marco de puerta, otra cortina. El coloso hizo ademán de golpear el marco. Le detuve.
– It’s O.K.
Antes de que pudiera reaccionar, yo ya me había escabullido bajo la colgadura.
La alucinación nocturna continuaba. Las paredes estaban tapizadas con tejidos oscuros a rayas plateadas; unas velas, unos cuencos de aceite, unas varillas de incienso quemaban sobre el parquet; encima de los baúles pintados a mano y dispuestos a lo largo de los muros descansaban objetos tradicionales: matamoscas de crin de caballo, abanicos de plumas, estatuillas votivas, máscaras. Por todas partes se alineaban frascos, tarros, botellas de Coca-Cola, cerrados con corcho o con cinta adhesiva. Biombos, tapices colgados segmentaban la habitación y multiplicaban las sombras vacilantes, que se sumaban al caos general.