Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– ¡Mamá, ya lo hago yo!
¿A qué hora me había quedado dormido? Eché una ojeada a mi reloj: las ocho y cuarto.
– ¡No las toques! ¡Te las daré después!
La voz de la niña detrás de la pared quedaba amortiguada por el ruido de platos y el tintineo de cubiertos. Camille y Amandine. Un desayuno familiar con variedad de copos de maíz antes de salir hacia el colegio. Me froté la cara para aliviar mi malestar y recuperar la lucidez.
Me arrodillé y guardé fotos, radiografías, notas y documentos en sus respectivos legajos. Volví a colocar cada archivo en su sitio, siguiendo el orden cronológico.
Cuando salí del despacho, las colegialas estaban en el vestíbulo, con sus mochilas en la espalda. En el pasillo flotaba olor a dentífrico y a cacao.
– ¿Y mi bolsa para ir a la piscina?
– Está ahí, cariño. Delante de la puerta.
Las dos caritas se volvieron hacia mí. Inmediatamente, se lanzaron a mis brazos y me preguntaron si tenía algún regalo para ellas. Laure las condujo de nuevo hacia la puerta.
– Creía que te habías ido.
– Lo siento. Me he quedado dormido.
Esbocé una sonrisa, pero al ver a Laure sola con sus hijas se me hizo un nudo en la garganta. Volví al despacho, abroché la pistolera en el cinturón y me puse la gabardina.
Cuando regresé, Laure estaba inmóvil, de espaldas a la puerta cerrada. Parecía una ahogada que lleva un lastre de hormigón.
– ¿Quieres un café? -preguntó.
– No, gracias, se me hace tarde.
– No olvidarás lo de mañana por la mañana, ¿verdad?
– ¿Qué?
– La misa.
Le di un beso con mi habitual torpeza.
– Estaré allí. Cuenta conmigo.
Una hora más tarde, conducía hacia el Distrito 11.°, duchado, afeitado, peinado y con un traje limpio. Cogí el móvil. Era Foucault.
– Mat, estoy hecho una mierda.
– Ánimo, camarada. ¡Has cumplido con tu deber!
– Te lo juro, me rechinan los dientes.
– Al menos, ¿te acuerdas de Larfaoui?
– ¿El caso de Luc?
– Espabila, tienes trabajo. Tendrás que abrir varios flancos. Llama a balística, al depósito de cadáveres, a la comisaría de Aulnay, a todos los que puedan informarte, salvo al juez y a los estupas. Busca también el expediente del cabileño.
– ¿Es todo?
– No. Ponte en contacto con la SNCF. Luc fue a Besançon el pasado 7 de julio. Comprueba si viajó otras veces en tren por esas fechas. Compruébalo también en los aeropuertos. Luc se desplazó mucho estos últimos meses.
– De acuerdo.
– Llama también al Hôtel-Dieu, al servicio que hace la revisión anual de nuestra gente. Trata de averiguar si Luc tenía problemas de salud.
– ¿Tienes alguna pista?
– Todavía no puedo decir nada. Apunta también este sitio de internet: unita16.com.
– ¿Qué es?
– Una asociación italiana que organiza peregrinaciones. Escarba un poco.
– ¿En italiano?
– Apáñate. Quiero la lista de las peregrinaciones, de los seminarios para este año y de todas sus actividades. Quiero su organigrama, su estatuto, sus fuentes de financiación. Todo. Luego, como quien no quiere la cosa, los llamas.
– ¿En inglés?
Reprimí un suspiro. Tener una policía europea no se haría realidad en dos días.
– Luc les ha mandado por lo menos tres e-mails, justo antes de ahogarse. Los ha borrado. Trata de que te los den ellos.
– Carburaré con aspirinas.
– Carbura con lo que te apetezca, pero quiero noticias al mediodía.
Me dirigí hacia la Grappe d’Or, gran cervecería de la rue Oberkampf, regentada por dos hermanos, Saïd y Momo, que en otra época habían sido mis chivatos. Perfectos para hacer una evaluación de la situación del gremio. Estaba a punto de colocar la luz giratoria, debido a los atascos, cuando sonó el móvil.
– ¿Mat? Soy Malaspey.
– ¿Dónde estás?
– He hablado con un numismático. Ha identificado la medalla.
– ¿Qué ha dicho?
– El objeto no tiene valor en sí mismo. Es la reproducción en cobre de una medalla de bronce fundida a principios del siglo XIII, en Venecia. Tengo el nombre del taller que…
– Déjalo. ¿Para qué servía?
– Según este individuo, era un amuleto. Un chisme que protegía contra el diablo. Los monjes copistas la llevaban encima. Vivían aterrorizados por el demonio y esta medalla los inmunizaba. Los monjes eran unos neuróticos que estaban obsesionados con la vida de san Antonio y…
– Conozco la historia. ¿Sabes de dónde procede la reproducción?
– Todavía no. El tío me ha dado algunas pistas. Pero es solo una cosa sin…
– Llámame cuando tengas algo más concreto.
De repente pensé en la muerte de la joyera de Perreux.
– Y ponte en contacto con la pasma de Créteil para ver si tienen alguna novedad sobre los gitanos.
Colgué. De modo que estaba en lo cierto. Luc se había procurado un talismán antes de tirarse al agua. Un objeto que solo tenía un valor simbólico, que lo protegía contra Satán. ¿En qué contradicción debía hallarse si temía la vida y la muerte al mismo tiempo?
Rue Oberkampf. Estacioné a cien metros de la cervecería. Los ruidos de la circulación mezclados con los gases tóxicos me oprimían la cabeza. Encendí un pitillo, todavía en ayunas. Me subí el cuello de la gabardina y me metí en mi piel de madero. Y encima de esa piel, otra piel más: la del tío agotado después de una noche en vela, cliente fijo de las tabernas, capaz de meterse un calvados entre pecho y espalda de buena mañana.
Las diez. La cervecería estaba desierta. Me senté en el extremo de la barra, sobre un taburete en forma de T. Algunos tíos bebían parsimoniosamente delante del mostrador, listos para soltar alguna gilipollez. Más allá, unos estudiantes hacían novillos sentados a las mesas. Realmente era una hora de poca actividad.
Me relajé. Los hermanos habían reformado el local. Imitación madera, imitación cobre, imitación mármol; los únicos elementos verdaderos eran el olor viciado a restos de tabaco y el hedor a aguardiente. También respiré vagamente otro olor: a cerveza y a moho. La trampilla del sótano estaba abierta, sobre la derecha. Se estaban abasteciendo.
Momo apareció por el extremo de la barra, llevando un puñado de baguettes. Lo observé sin decir nada. Una montaña de arcilla con una camiseta blanca de tirantes. Un rostro pesado bajo una pelambrera crespa, en la que se destacaban dos grandes cejas en ángulo y un mentón de plomo. Era la sombra brutal y colosal de su hermano menor Saïd, enclenque y vicioso.
No sabría decir cuál de ellos era más peligroso pero con los dos había que andarse con ojo. En el 96, dos comandos del GIA habían atacado su aldea natal. Se decía que los dos hermanos se echaron al monte, encontraron a los asesinos, castraron a los jefes y obligaron al resto a comerse los órganos. Con este recuerdo en mente me dije: «Ándate con pies de plomo».
Momo acababa de verme.
– ¡Durey! -Una sonrisa onduló su mentón-. ¡Cuánto tiempo!
– Ponme un café.
El cabileño obedeció. Entre los chorros de vapor, parecía un submarinista en una sala de máquinas.
– ¿No tiene que currar a esta hora? -preguntó, deslizando sobre la barra una taza llena de espuma.
– Ahora salgo de allí. Estoy hasta los cojones de horas suplementarias.
Momo empujó el azucarero hacia mí y apoyó los codos sobre el mostrador de la barra.
– ¿Sus jefes le dan la tabarra?
– Me dan por saco, querrás decir. Ya no puedo ni sentarme.
– Haga como nosotros. Establézcase por cuenta propia. Se hace detective y asunto arreglado.
Soltó una estrepitosa carcajada; le parecía una buena idea.