Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Con frecuencia, empalmo de un tirón veinticuatro horas de servicio. Guardo una muda de ropa en mi despacho. Mis colegas me consideran un adicto al trabajo, un «enganchado», un arribista. A este ritmo, ascenderé rápidamente a capitán, todo el mundo lo sabe. Pero nadie comprende mi verdadera motivación. Esta incursión en el terreno del sexo no es más que una etapa. El primer círculo del infierno. Quiero ahondar en el mal en todas sus facetas, para combatirlo mejor.
Además, se equivocan sobre mi estado de ánimo, como siempre. Soy feliz. Observo una norma dentro de la norma. Bajo mi pellejo de madero, mi vida se articula en función de los tres votos monásticos: obediencia, pobreza, castidad, a las que he añadido otra: soledad. Llevo esa disciplina como una cota de malla.
Cada día rezo en Notre-Dame. Cada día doy las gracias a Dios por mis logros en el trabajo y por el perdón que Él me concede, estoy seguro, por los métodos que utilizo. Violencia. Amenazas. Mentiras. También le agradezco la ayuda que ofrezco a las víctimas… y su perdón para los culpables.
Mi enfermedad no ha desaparecido. Incluso en pleno París, en el boulevard de Strasbourg o en Pigalle, todavía me sobresalto si oigo un ruido confuso de mi radio o el chirrido de una jaula metálica sobre la acera. Pero he encontrado una manera de sosegarme: ahogo la violencia del pasado en la violencia del presente.
Septiembre de 1999
Un año hundido en el fango, un año de experiencias escabrosas. Lo duro del trabajo no son los pervertidos sino los proxenetas, las redes. Días al acecho, días vigilando, siguiendo el rastro de mafiosos eslavos, de gamberros magrebíes, de productores corruptos, de políticos retorcidos. Noches mirando vídeos, navegando por internet, dividido entre el asco y la erección.
También tengo que cerrar los ojos ante los abusos en la oficina: los colegas que obligan a los travestís a hacerles felaciones, las becarias que roban las cintas de vídeo para su uso personal. El sexo está omnipresente, en ambos lados del espejo.
Un océano negro en el que practico la apnea.
A medida que pasan los meses observo un cambio. Mi personalidad suscita menos desconfianza. Los jueces, que solo veían en mí a un ambicioso, me firman las órdenes de registro que solicito. Mis colegas empiezan a acercarse, llegan incluso a apreciar mi capacidad de escuchar. Sus confidencias se convierten en confesiones y mido hasta qué punto la lucha contra el mal nos contamina, nos obliga cada día a transgredir los límites. Cada día que pasa hago más honor a mi sobrenombre: el Capellán.
Pienso en Luc. ¿Dónde está ahora? ¿Policía Judicial? ¿Brigada? ¿Ministerio? Desde Ruanda he perdido el contacto con él. Espero volver a verlo por los azares de una investigación, en un pasillo. Cierta entonación de voz en un despacho, una silueta en el fondo de un tribunal y creo encontrarlo. Corro hacia él; decepción.
Sin embargo, no quiero ponerme en contacto con él. Confío en nuestro camino; seguimos la misma ruta. Ya volveremos a vernos.
Otra figura del pasado me saca de vez en cuando del fango cotidiano. Mi madre. Con la edad y la desaparición de su marido se ha acercado a mí; dentro de los límites de lo razonable: un almuerzo semanal en un salón de té de la orilla izquierda.
– ¿Qué tal tu trabajo? -pregunta ella saboreando su tarta de queso.
Pienso en el pervertido que atrapé la víspera, acusado de violación de un adolescente, un enfermo que mojaba el churro en los meaderos de la estación del Este. O en el pirómano encontrado muerto por una hemorragia interna, esa misma mañana, después de hacerse sodomizar por su doberman. Bebo el té, con un dedo en el aire, y respondo lacónicamente:
– Bien.
Después, le pregunto sobre los nuevos trabajos de restauración de su casa de campo en Rambouillet y todo vuelve a su cauce.
El infierno funciona así, a fuego lento.
Hasta el mes de diciembre de 2000.
Hasta el caso de Lilas.
14
A veces vale más un fiasco que una victoria.
Una derrota es mejor, más rica en enseñanzas que un triunfo. Así, cuando interrogo a Brigitte Oppitz, de casada Coralin, mi primer caso de delito flagrante, no sospecho que unas horas más tarde solo descubriré un osario. Como tampoco adivino que esta frustrada operación me aportará, aparte de lamentarla eternamente, mi promoción a la Brigada Criminal.
12 de diciembre de 2000
Después de la denuncia de la mujer del sujeto que responde al nombre de Jean-Pierre Coralin, nuestra brigada se hace cargo del caso. La mujer acusa a su marido de haberla prostituido en el domicilio conyugal, donde la sometía a prácticas sádicas. El informe del médico lo confirma: cortes en la vagina, quemaduras de cigarrillo, marcas de flagelación, infección en el ano.
Según afirma la víctima, ella es solo un elemento secundario. En realidad, su esposo satisface a una clientela que solo está interesada en la prostitución infantil. A lo largo de cuatro años ha conmocionado a los colectivos nómadas de Seine-Saint-Denis secuestrando a seis niñas, a las que dejaría morir de hambre después de utilizarlas. En el momento de la denuncia, dos están aún vivas en su chalet de Lilas, donde sufren, cada noche, los abusos de los pedófilos.
Tomo nota de la denuncia y opto por una operación en solitario con mi equipo. A los treinta y tres años llevo a cabo mi primer «ataque por sorpresa». Elaboro mi estrategia y organizo la operación.
A las dos de la mañana, rodeamos el chalet de la rue du Tapis-Vert en Lilas. Pero no encuentro a nadie, excepto a Ingrid, la hija de los Coralin, de diez años, dormida en el salón. Los padres están en el sótano. Se han saltado la tapa de los sesos con una escopeta después de matar a sus prisioneras. En pocas horas la mujer había cambiado de opinión y había advertido a su marido.
Salgo del chalet conmocionado. Enciendo un pitillo; en el aire frío giran las luces de las ambulancias y de los furgones aparcados en batería. A nuestro alrededor las casas cobran vida. Los vecinos, en bata, salen a los umbrales. Un agente uniformado se lleva a la pequeña Ingrid. Otro viene hacia mí.
– Teniente, la Brigada Criminal está aquí.
– ¿Quién les ha avisado?
– No lo sé. El jefe del equipo lo espera. El Peugeot gris, al final de la calle.
Aturdido, camino hasta el coche, listo para recibir el primero de una larga serie de rapapolvos. Cuando llego a la altura del Peugeot veo que la ventanilla del conductor baja; Luc Soubeyras está dentro, arrebujado en una parka.
– ¿Satisfecho de tu hazaña?
No puedo contestar. La sorpresa me deja sin palabras. Luc no ha cambiado nada. Gafas finas, huesos a flor de piel, pecas; solo algunas arrugas alrededor de los ojos delatan el paso de los años.
– Ven, da la vuelta.
Tiro el cigarrillo y entro en el coche. Olor a pitillo, a café frío, a sudor y a orina. Cierro la portezuela y recupero el habla.
– ¿Qué coño haces aquí?
– Nos han llamado.
– Y una mierda. Nadie estaba al corriente.
Luc me concede una sonrisa.
– Te sigo de cerca desde hace un tiempo. Sabía que estabas en algo gordo.
– ¿Me vigilas?
Luc mira directamente hacia la calle. Los enfermeros de las ambulancias entran en el chalet, empujando camillas plegables. Los maderos con chubasqueros negros delimitan el perímetro de seguridad y alejan a los vecinos que se han despertado.
– ¿Cómo está la cosa allí dentro?
Enciendo otro Camel. El habitáculo se llena de azul mercurio al ritmo de las luces giratorias.