Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Nobleza obliga». Краткое содержание книги:
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
Adelantándose a su marido, ella preguntó, con una voz tan suave que se hubiera perdido en la sala, de no ser el único sonido:
– ¿Es usted el policía?
– Sí, señora condesa.
El conde se adelantó con la mano extendida. Con un apretón tan firme como desmayado era el de su sobrino, comprimió los dedos de Brunetti.
– Buenas tardes, comisario. Perdone si no le ofrezco algo de beber. Espero que lo comprenda. -Su voz era grave pero sorprendentemente suave, casi tanto como la de su esposa.
– Le traigo la peor de las noticias, signor conte -dijo Brunetti.
– ¿Roberto?
– Sí. Ha muerto. Han encontrado su cadáver cerca de Belluno.
Desde el otro extremo de la habitación, la madre del muchacho preguntó:
– ¿Están seguros?
Brunetti se volvió hacia ella y lo asombró ver que la mujer parecía haber disminuido de tamaño en aquellos pocos momentos, y que estaba más encogida que nunca entre las dos grandes orejas del sillón.
– Sí, señora. Hemos llevado radiografías dentales a su dentista, que nos ha confirmado que corresponden a Roberto.
– ¿Radiografías? -preguntó ella-. ¿Y el cuerpo? ¿Es que nadie lo ha identificado?
– Cornelia -dijo su marido con suavidad-, deja terminar al comisario. Después le preguntaremos.
– Yo quiero saber qué ha sido de su cuerpo, Ludovico. Qué ha sido de mi niño.
Brunetti miró al conde, en busca de una seña que le dijera si debía continuar y cómo. El conde asintió, y Brunetti dijo:
– Fue enterrado en un campo. Al parecer, hace tiempo, más de un año. -Se detuvo, esperando que ellos comprendieran cómo está un cuerpo que lleva más de un año bajo tierra, para no tener que explicárselo.
– Pero, ¿por qué las radiografías? -inquirió la contessa. Al igual que tantas personas a las que había encontrado en circunstancias similares, había cosas que ella no quería comprender.
Antes de que Brunetti pudiera mencionar el anillo, el conde dijo, mirando a su esposa:
– Eso significa que el cuerpo está descompuesto, Cornelia, y que tienen que identificarlo de este modo.
Brunetti, que observaba a la condesa mientras su marido le hablaba, vio el instante en el que su explicación traspasaba las pocas defensas que ella conservaba. Quizá fue la palabra «descompuesto» la que causó el efecto; fuera lo que fuere, en el momento en que comprendió, apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos. Sus labios se movieron, Brunetti no sabía si para rezar o para protestar. La policía de Belluno ya les daría el anillo, y optó por ahorrarse la triste misión de hablarles de él.
El conde se volvió de espaldas a Brunetti y fijó de nuevo la atención en las flores de la chimenea. Durante mucho rato, nadie dijo nada, hasta que al fin el conde preguntó, sin mirar a Brunetti:
– ¿Cuándo podremos traerlo?
– Tendrán que hablar con las autoridades de Belluno, pero estoy seguro de que harán lo que ustedes dispongan.
– ¿Con quién tengo que hablar?
– Puede llamar a la questura de Belluno -empezó Brunetti, pero entonces se ofreció-: También podría hacerlo yo. Quizá sería más fácil.
Maurizio, que había guardado silencio, intervino ahora para decir al conde:
– Yo llamaré, zio. -Miró a Brunetti y señaló la puerta con un movimiento de la cabeza, pero Brunetti no se dio por enterado.
– Signor conte, debo hablar con usted lo antes posible acerca del secuestro.
– Ahora no -dijo el conde, sin mirarlo.
– Comprendo lo terrible que es esto, pero es preciso que hable con usted -dijo Brunetti.
– Usted hablará conmigo cuando yo disponga, comisario, y no antes -dijo el conde, sin molestarse en desviar la mirada de las flores.
En el silencio creado por estas palabras, Maurizio se apartó de la puerta para acercarse al sillón de su tía. Inclinándose, le oprimió brevemente un hombro, luego se irguió y dijo:
– Le acompaño, comisario.
Brunetti salió de la habitación tras él. En el vestíbulo, le explicó con quién tenía que hablar en Belluno para disponer el traslado a Venecia del cadáver de Roberto. Brunetti no le preguntó cuándo podría volver a hablar con el conde Ludovico.
13
La cena, finalmente, cumplió todas las expectativas, hecho que Brunetti sobrellevó con un estoicismo digno de sus clásicos favoritos. Se sirvió más raviolis, que nadaban en algo que parecía haber sido mantequilla, mezclada con hojas de salvia trituradas y carbonizadas. El pollo estaba tan sazonado como era de temer, y antes de acabar la cena, Brunetti ya había destapado la tercera botella de agua mineral. Por una vez, Paola no dijo nada cuando él abrió la segunda botella de vino, sino que contribuyó en buena medida a vaciarla.
– ¿Qué hay de postre? -preguntó él, lo que le valió la mirada más tierna que había visto en ojos de Paola desde hacía semanas.
– No he tenido tiempo de preparar postre -dijo Chiara, ajena a las miradas que intercambiaban los otros tres comensales. Así debieron de mirarse los integrantes del equipo Donner al oír las primeras voces de los hombres que acudían a rescatarlos.
– Me parece que aún queda gelato -propuso Raffi, cumpliendo escrupulosamente su parte del trato hecho con su madre.
– No; me lo he comido esta tarde -confesó Chiara.
– ¿Y si fuerais los dos a Campo Santa Margarita a comprar más? -propuso Paola.
– Pero, ¿y los platos, mamma? -dijo Chiara-. Si yo hacía la cena, Raffi tenía que fregar.
Adelantándose a la protesta de Raffi, Paola dijo:
– Si vosotros traéis el helado, yo friego.
En medio de una clamorosa aprobación, Brunetti sacó la billetera y dio a Raffi veinte mil liras. Los chicos se fueron, deliberando ya sobre sabores.
Paola se levantó y empezó a llevarse los platos.
– ¿Crees que lo resistirás? -preguntó.
– Si puedo beber otro litro de agua antes de acostarme y tener una botella al lado de la cama, quizá.
– Ha sido terrible, ¿verdad? -reconoció Paola.
– Pero ella estaba contenta -contemporizó Brunetti, aunque agregó-: De todos modos, es otra buena razón para propugnar la liberación de la mujer.
Paola se echó a reír mientras amontonaba los platos en el fregadero. Y entonces, ya con más ecuanimidad, pasaron a comentar los detalles de la cena, complaciéndose ambos en la evidente satisfacción de Chiara, prueba del éxito de la confabulación de la familia. Y también, pensó Brunetti, del amor de la familia.
Cuando los platos estuvieron limpios y escurriéndose, él dijo:
– Me parece que mañana iré a Belluno con Vianello.
– ¿El chico Lorenzoni?
– Sí.
– ¿Cómo estaban los padres?
– Mal, sobre todo, ella.
Brunetti notó que el dolor de una madre por la pérdida de su único hijo no era algo que Paola deseara contemplar en este momento. Como de costumbre, se escudaba en los detalles.
– ¿Dónde lo encontraron?
– En un campo.
– ¿Un campo? ¿De dónde?
– De uno de esos pueblos de Belluno que tienen nombres tan raros… Col di Cugnan, me parece que se llama.
– Pero, ¿cómo lo encontraron?
– Un hombre que estaba arando un campo con un tractor removió los huesos.
– Qué horror -dijo ella, e inmediatamente-: Y tú has tenido que decir eso a los padres y, al llegar a casa, te has encontrado con esta cena.
Él no pudo menos que echarse a reír.
– ¿De qué te ríes?