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Nobleza obliga

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Durante las obras de reforma de una finca abandonada en la campiña veneciana, se desentierra un cadáver parcialmente descompuesto y semidevorado por las alimañas. Cerca del lugar, se encuentra un valioso anillo de sello, pista crucial que permite identificar el macabro descubrimiento: se trata de Ro-berto Lorenzoni, hijo de una de las familias más poderosas de Venecia, secuestrado dos años atrás y dado por desaparecido.
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
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Él los llevó, primero, a casa del doctor Litfin y fue con ellos hasta el oscuro rectángulo, situado cerca del grupo de árboles. Una solitaria gallina castaña picoteaba afanosamente la tierra removida de la somera fosa, indiferente a las cintas rojas y blancas que la circundaban, sacudidas por el viento. No se había encontrado ninguna bala, les dijo Barzan, a pesar de que los carabinieri habían explorado dos veces el lugar con detectores de metales.

Mientras miraba la fosa y oía cómo la gallina arañaba y picoteaba la tierra, Brunetti se preguntó qué aspecto habría tenido este lugar cuando había muerto el muchacho, si realmente había muerto aquí. En invierno, estaría triste y apagado; en otoño, por lo menos, habría algo de vida. Pero, apenas hubo formulado la idea, le pareció una estupidez. Si al extremo del campo te espera la muerte, poco importa que el suelo que pisas esté cubierto de barro o de flores. Hundió las manos en los bolsillos y se volvió de espaldas a la fosa.

Barzan les dijo que ninguno de los vecinos había podido decir algo útil a la policía. Una anciana insistía en que el muerto era su marido, al que había envenenado el alcalde, que era comunista. Nadie recordaba haber visto algo fuera de lo corriente, aunque Barzan tuvo el detalle de añadir que le parecía poco probable que alguien pudiera ser de gran ayuda, cuando la policía no podía hacer preguntas más específicas que la de si alguien había visto algo extraño dos años atrás.

Brunetti habló con los que vivían al otro lado de la carretera, un matrimonio de más de ochenta años, que quiso compensar su falta de memoria con el ofrecimiento de café, que los tres policías aceptaron, bien aderezado de azúcar y grappa.

El doctor Bortot, que los esperaba en su despacho del hospital, dijo que poco podía agregar al informe que había enviado a Venecia. Todo estaba allí: el agujero de la base del cráneo, la ausencia de un orificio de salida bien definido, el considerable deterioro de los órganos internos.

– ¿Deterioro? -preguntó Brunetti.

– Los pulmones, por lo que pude apreciar. Ese chico debía de fumar como una chimenea y desde hacía bastantes años -dijo Bortot, interrumpiéndose para encender un cigarrillo-. Y también el bazo -empezó, y se detuvo-. El daño puede ser el natural, debido a la exposición que, por otra parte, no explica por qué es tan pequeño. Pero es difícil determinar estas cosas, cuando el cuerpo ha estado en tierra tanto tiempo.

– ¿Más de un año? -preguntó Brunetti.

– Es lo que yo calculo. ¿Se trata del chico Lorenzoni?

– Sí.

– Bien, en tal caso, el tiempo coincide. Si lo mataron no mucho después de llevárselo, haría poco menos de dos años, y eso es lo que yo calculo. -Aplastó el cigarrillo-. ¿Tienen ustedes hijos?

Los tres policías asintieron.

– Pues entonces… -dijo Bortot dejando la frase sin terminar. Luego les pidió que lo disculparan, aduciendo que aquella tarde tenía que hacer otras tres autopsias.

Barzan, con estimable generosidad, les ofreció los servicios de su chófer para el regreso a Venecia, y Brunetti, cansado de aquel escenario de muerte, aceptó su ofrecimiento. Ni él ni Vianello tuvieron mucho que decirse mientras viajaban hacia el Sur, por más que Brunetti hubiera podido comentar cómo le chocaba el que, visto desde la ventanilla de un coche, el paisaje perdiera tanto interés. Y tampoco desde tierra se advertía qué lugares eran «Zona Proibita».

15

Tal como Brunetti esperaba, los diarios de la mañana se cebaban en el caso Lorenzoni con una voracidad de lobos. Dando por descontado que sus lectores eran incapaces de recordar incluso los detalles más importantes de un suceso ocurrido hacía año y medio -suposición que Brunetti consideraba acertada-, cada crónica empezaba por el relato del secuestro. Según las versiones, Roberto era «el primogénito», «el sobrino» o el «único hijo» de la familia Lorenzoni, y el secuestro había tenido lugar en Mestre, en Belluno o en Vittorio Véneto. Por lo visto, no eran los lectores los únicos que habían olvidado los detalles.

Seguramente por no haber podido conseguir copia del informe de la autopsia, los redactores no adornaban la exposición de los hechos con los macabros detalles que solían prodigar en los casos de exhumación y se contentaban con meros «restos humanos» y «avanzado estado de descomposición». Durante la lectura, Brunetti advirtió con alarma su propia decepción por tan sobrio lenguaje, temiendo que su paladar se hubiera habituado ya a condimentos más fuertes.

Cuando llegó a su despacho encontró encima de la mesa un sobre acolchado color marrón, a su nombre, que contenía una videocasete. Llamó por teléfono a la signorina Elettra.

– ¿Es la cinta de la RAI? -preguntó.

– Sí, dottore. La enviaron ayer tarde.

Miró el sobre, que no parecía haber sido abierto.

– ¿La ha visto? -preguntó.

– No, señor. No tengo aparato de vídeo.

– ¿De tenerlo, la hubiera puesto?

– Naturalmente.

– ¿Quiere que bajemos a verla al laboratorio?

– Encantada -dijo ella, y colgó.

La encontró esperándolo en la puerta del laboratorio de la planta baja. Hoy llevaba un pantalón vaquero tan gastado como bien planchado y, acentuando el aire de informalidad, unas botas de vaquero de tacón inclinado y amenazadora punta. Una blusa de crespón de seda natural infundía feminidad en el conjunto y el sobrio moño que recogía su cabellera ponía la nota profesional.

– ¿Bocchese está dentro?

– No, señor. Hoy presta declaración.

– ¿Qué caso?

– El robo Brandolini.

Ninguno de los dos se molestó en menear la cabeza siquiera por la circunstancia de que este robo, cometido hacía cuatro años, cuyo autor había sido arrestado dos días después, no fuera juzgado hasta ahora.

– Ayer le pregunté si podríamos usar el laboratorio para ver la cinta y dijo que no había inconveniente -explicó ella.

Brunetti abrió y sostuvo la puerta. La signorina Elettra se acercó al aparato de vídeo y lo conectó como si estuviera en su casa. Él introdujo la casete. Al cabo de unos instantes, la pantalla se iluminó, apareció el logo de la RAI con la carta de ajuste seguidos de la fecha y unas líneas de lo que Brunetti supuso sería información técnica.

– ¿Tenemos que devolverla? -preguntó, apartándose de la pantalla y sentándose en una de las sillas plegables situadas frente a ella.

La signorina Elettra se sentó a su lado.

– No; me ha dicho Cesare que es una copia. Pero preferiría que nadie se enterara de que me la ha enviado él.

La respuesta de Brunetti quedó interrumpida por la voz del presentador, que daba la entonces reciente noticia del secuestro y decía a los espectadores que la RAI iba a emitir en exclusiva un mensaje del conde Ludovico Lorenzoni, padre de la víctima. Mientras la pantalla mostraba las consabidas vistas turísticas de Venecia, el presentador explicaba que el mensaje del conde había sido grabado aquella tarde y que la RAI lo emitía en exclusiva, con la esperanza de que los secuestradores atendieran el llamamiento de un padre afligido. Entonces, con la imagen de la fachada de San Marcos enfocada desde abajo, el presentador pasó la conexión al equipo de la RAI en Venecia.

Un hombre con traje oscuro y expresión grave estaba en el amplio vestíbulo del palacio Lorenzoni que Brunetti ya conocía. Detrás de él se veían las puertas del estudio en el que el comisario había hablado con la familia. El hombre hizo un resumen de lo que había dicho su compañero, dio media vuelta e hizo girar el picaporte. La puerta se abrió, permitiendo a la cámara, primero, enfocar y, después, acercarse al conde Ludovico, que estaba sentado detrás de un escritorio que Brunetti no recordaba haber visto en la habitación.

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