Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
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Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
– ¿Quién lo identificó?
– El medico legale.
– ¿Está seguro?
– Sí. A no ser que hayan cambiado el escudo últimamente -agregó Brunetti con voz átona.
La siguiente pregunta de Lorenzoni llegó después de una larga pausa.
– ¿Dónde lo han encontrado?
– En un lugar llamado Col di Cugnan, no muy lejos de Belluno.
La pausa siguiente fue aún más larga. Entonces Lorenzoni preguntó, con voz mucho más suave:
– ¿Podemos verlo?
Si la voz no se hubiera suavizado, Brunetti hubiera contestado que no había mucho que ver; pero ahora dijo:
– Me temo que la identificación tendrá que hacerse por otros medios.
– ¿Qué quiere decir?
– El cuerpo que se ha encontrado ha estado enterrado mucho tiempo, y ha habido mucha descomposición.
– ¿Descomposición?
– Nos ayudaría mucho poder hablar con su dentista. Hay señales de ortodoncia.
– Oh Dio -jadeó el joven, y luego dijo-: Roberto llevó correctores durante años.
– ¿Puede darme el nombre del dentista?
– Francesco Urbani. Su consulta está en Campo San Stefano. Es el dentista de toda la familia.
Brunetti anotó el nombre y la dirección.
– Gracias, signor Lorenzoni.
– ¿Cuándo sabrán algo? ¿Se lo digo a mi tío? -Y, tras una pausa, agregó, pero no en tono de interrogación-: Y a mi tía.
Brunetti sacó de la carpeta las placas bordeadas de blanco de las radiografías dentales. Podía enviarlas al doctor Urbani con Vianello aquella misma tarde.
– Creo que hoy mismo podré decirles algo. Deseo hablar con su tío, y con su tía, si es posible. ¿Puedo ir a última hora de la tarde?
– Sí, sí -respondió el hombre, con vehemencia-. Comisario, ¿hay alguna posibilidad de que no sea Roberto?
Tal posibilidad, si en algún momento existió, parecía más remota con cada dato que surgía.
– No parece probable, pero quizá prefiera usted esperar a que yo hable con el dentista antes de decir algo a su tío.
– No sé cómo voy a decírselo a mi tío -dijo Lorenzoni-. Y a mi tía, mi tía…
Lo que dijera el dentista sólo confirmaría lo que Brunetti intuía. Decidió hablar con los Lorenzoni, con todos ellos, y hablar pronto.
– Si quiere, ya hablaré yo con ellos.
– Sí, creo que será preferible. Pero, ¿y si el dentista dice que no es Roberto?
– En tal caso, yo le llamaría. ¿A ese número?
– No; le daré el del móvil.
– Estaré ahí a las siete -dijo Brunetti, después de anotar el número, omitiendo deliberadamente toda alusión a lo que haría si los datos dentales no coincidían.
– De acuerdo, a las siete -dijo Lorenzoni, y colgó sin preocuparse de dar la dirección ni instrucciones de cómo llegar al palazzo. Porque, sin duda, en Venecia, con semejante apellido no hacían falta más explicaciones.
Brunetti llamó inmediatamente a Vianello y le pidió que subiera a recoger las radiografías. Cuando el sargento entró en su despacho, Brunetti le dijo dónde estaba la consulta del doctor Urbani y le pidió que, cuando tuviera los datos, se los comunicara por teléfono desde allí.
¿Qué sientes cuando te secuestran a un hijo? ¿Y si la víctima hubiera sido Raffi, su chico? Sólo de pensarlo, a Brunetti se le revolvía el estómago, de angustia y de pavor. Recordó la serie de secuestros que se habían producido en el Véneto durante la década de 1980 y el negocio que habían generado para las empresas de seguridad privada. La banda había sido desarticulada hacía varios años y los jefes, sentenciados a cadena perpetua. Con una punzada de remordimiento, Brunetti se sorprendió a sí mismo pensando que éste no era castigo suficiente por lo que habían hecho, aunque el tema de la pena capital era tan explosivo dentro de su propia familia que no se atrevió a sacar la conclusión lógica de tal pensamiento.
Necesitaba ver la tapia, ver lo fácil que podía ser trepar por ella, o de qué otra manera habían podido poner la piedra detrás de la verja. Tendría que hablar con la policía de Belluno para informarse sobre secuestros en la región. Siempre le había parecido aquélla la zona con menos delincuencia del país, pero tal vez fuera ésta la Italia del recuerdo. Ya había transcurrido el tiempo suficiente como para que los Lorenzoni, si habían conseguido reunir dinero suficiente para pagar el rescate, pudieran estar dispuestos a reconocerlo. Y, en tal caso, ¿cómo lo habían pagado y cuándo?
Años de experiencia le advertían que estaba dando por descontada la muerte del muchacho antes de tener una prueba concluyente; pero la misma experiencia le decía también que, en este caso, la prueba concluyente no era necesaria. Bastaba la intuición.
Su pensamiento derivó hacia su conversación con el conde Orazio y su propia resistencia a aceptar la intuición de su suegro. Alguna que otra vez, Paola había dicho que se sentía vieja y que ya había dejado atrás lo mejor de su vida, pero Brunetti siempre había conseguido quitarle estas ideas de la cabeza. Él nada sabía de la menopausia, la sola palabra lo violentaba; pero, ¿podía aquello ser el anuncio de su llegada? ¿No tenía sofocos? ¿Antojos de platos raros?
Descubrió entonces que deseaba que fuera algo así, algo físico y, por consiguiente, ajeno a él, que él nada pudiera hacer por remediarlo. Cuando era niño, el sacerdote que daba clase de religión le había dicho que, antes de la confesión, había que hacer examen de conciencia. Que había pecados de obra y pecados de omisión, pero ya entonces a Brunetti le era difícil distinguir unos de otros. Ahora que era hombre, la distinción le parecía aún más complicada.
Casi sin darse cuenta, se puso a pensar en regalarle flores, llevarla a cenar, preguntarle por su trabajo. Pero ya mientras lo pensaba advertía que semejantes gestos no podían menos que resultar forzados, incluso para él. Si supiera la causa de su infelicidad, quizá tuviera una idea de lo que podía hacer.
La causa no estaba en casa, donde Paola mostraba el genio vivo y volátil de siempre. ¿En el trabajo entonces? Por lo que Paola decía desde hacía años, él no imaginaba que pudiera existir una persona inteligente a la que la bizantina política de la universidad no llevara a la desesperación. De todos modos, generalmente, eran situaciones que la sacaban de sus casillas, pero nadie aceptaba una batalla con más arrojo y alegría que Paola. Y el conde decía que no era feliz.
Pensando en la felicidad de Paola, Brunetti se puso a pensar en la suya propia, y descubrió con sorpresa que hasta entonces nunca se le había ocurrido plantearse si era feliz o no. Enamorado de su mujer, orgulloso de sus hijos, competente en el trabajo, ¿por qué preocuparse por la felicidad? ¿Y en qué, si no, en esta ausencia de preocupación podía consistir la felicidad? Brunetti se encontraba a diario con personas que pensaban que no eran felices y que creían que cometer un delito -robo, asesinato, estafa, chantaje, incluso secuestro- era la fórmula mágica para transformar su supuesto infortunio en el más apetecible de los estados: la felicidad. Con frecuencia, Brunetti se había visto obligado a contemplar las consecuencias de tales crímenes, y lo que veía era la destrucción de toda posible felicidad.
Paola se lamentaba a menudo de que en la universidad nadie la escuchaba, más aún, de que casi nadie se molestaba en escuchar lo que decían los demás, pero Brunetti nunca se había incluido a sí mismo en la denuncia. Ahora bien, ¿la escuchaba él? Cuando ella despotricaba sobre el deterioro de la calidad de sus estudiantes y la conducta interesada de sus colegas, ¿le prestaba él atención suficiente? No bien se lo hubo preguntado, se coló en su mente este pensamiento: ¿lo escuchaba ella cuando él se quejaba de Patta o de las diversas formas de incompetencia con las que tenía que bregar en su vida diaria? Y sin duda las consecuencias de lo que exponía él eran mucho más graves que las derivadas del hecho de que un estudiante no recordara quién había escrito Los novios o ignorara quién era Aristóteles.