Nobleza obliga
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
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Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
Bruscamente irritado por la futilidad de estas cavilaciones, se levantó y se acercó a la ventana. La lancha de Bonsuan estaba otra vez en su amarre, pero no se veía al piloto. Brunetti sabía que su negativa de recomendar al teniente Scarpa para un ascenso la pagaría Bonsuan con el suyo, pero la casi certeza de que el teniente había traicionado a una testigo provocando con ello su muerte, hacía que a Brunetti le resultara difícil estar con él en una misma habitación, e imposible hacer constar por escrito que aprobaba su conducta. Lamentaba que su desprecio por Scarpa tuviera que costar a Bonsuan su ascenso, pero Brunetti no veía la manera de evitarlo.
Volvió a su mente el pensamiento sobre Paola, pero lo ahuyentó y se volvió de espaldas a la ventana. Bajó al despacho de la signorina Elettra.
– Signorina -dijo al entrar-, creo que ha llegado el momento de echar otra mirada al caso Lorenzoni.
– ¿Entonces era el chico? -preguntó ella levantando la mirada del teclado.
– Creo que sí, pero estoy esperando que Vianello me lo confirme por teléfono. Ha ido a cotejar las radiografías dentales.
– Pobre madre -dijo Elettra, y agregó-: Me pregunto si será religiosa.
– ¿Por qué?
– Eso ayuda a las personas cuando les pasa algo terrible, cuando alguien se les muere.
– ¿Lo es usted?
– Per carita -dijo ella rechazando la idea con las dos manos-. La última vez que estuve en la iglesia fue el día de mi confirmación. Mis padres se hubieran llevado un disgusto si me hubiera negado, y lo mismo les ocurría a las otras chicas, pero, desde entonces, ni acercarme.
– ¿Por qué ha dicho entonces que ayuda a la gente?
– Porque es la verdad -dijo ella llanamente-. El que yo no crea no significa que la fe no pueda ayudar a otras personas. Sería una estúpida si lo negara.
Y la signorina Elettra no era una estúpida, a Brunetti le constaba.
– ¿Qué hay de los Lorenzoni? -preguntó Brunetti y, adelantándose a su respuesta, puntualizó-: No me refiero a sus ideas religiosas. Me interesa saber de ellos todo lo que pueda: su vida familiar, sus empresas, sus residencias, quiénes son sus amigos, el nombre de su abogado…
– Yo diría que muchas de esas cosas estarán en Il Gazzettino -dijo ella-. Veré qué encuentro en el archivo.
– ¿Puede averiguarlo, digamos, sin dejar huella? -preguntó él, aunque no hubiera podido decir por qué deseaba que no trascendiera su interés por la familia.
– Menos de la que dejarían los bigotes de un gato -dijo la joven con lo que parecía auténtico placer, u orgullo profesional. Señaló con el mentón el teclado del ordenador.
– ¿Con eso? -preguntó Brunetti.
– De aquí salen muchas cosas -sonrió la signorina Elettra.
– ¿Por ejemplo?
– Si alguno de ellos ha tenido alguna vez problemas con nosotros -respondió ella, y a Brunetti le hubiera gustado saber si se había dado cuenta de la espontaneidad con que había pronunciado el pronombre.
– Claro -convino Brunetti-. No se me había ocurrido.
– ¿Porque tiene título nobiliario? -preguntó ella enarcando una ceja y torciendo la sonrisa hacia el otro lado.
Brunetti, reconociendo lo válido de la pregunta, meneó la cabeza en muda negación.
– No recuerdo haber oído relacionar su nombre con ningún incidente. Es decir, aparte el secuestro. ¿Sabe usted algo de ellos?
– Sé que Maurizio tiene un genio que ha sido problemático para más de uno.
– ¿Qué quiere decir?
– Que cuando se le contraría puede ser muy desagradable.
– ¿Cómo lo sabe?
– Lo sé del mismo modo en que sé muchas cosas acerca de la constitución física de ciertas personas de la ciudad.
– ¿Barbara?
– Sí. Aunque no porque ella lo haya tratado profesionalmente; de ser así, no me hubiera dicho nada. Estábamos cenando con otro médico, el que la sustituye durante las vacaciones, cuando él dijo que a una paciente suya Maurizio Lorenzoni le había fracturado una mano.
– ¿Que le rompió una mano? ¿Cómo?
– Con la puerta del coche.
Brunetti alzó las cejas.
– Ahora veo lo que ha querido decir con «desagradable».
Ella movió la cabeza negativamente.
– No; no fue tan brutal como parece. Hasta la misma chica dijo que no lo había hecho adrede. Habían discutido. Al parecer, habían ido a cenar a tierra firme y él la invitó a ir a la villa, la misma en la que secuestraron al otro chico. Ella se negó y le pidió que la acompañara a Venecia. Él se enfadó, pero al fin la trajo. Cuando llegaron al aparcamiento de Piazzale Roma, él encontró su sitio ocupado por otro coche y tuvo que aparcar al lado de la pared, por lo que ella tenía que apearse por el lado del conductor. Y él, sin darse cuenta, cerró de golpe la puerta en el momento en que ella se agarraba al marco para ayudarse a salir del coche.
– ¿Estaba segura de que él no la había visto?
– Sí. Cuando él la oyó gritar y vio lo que había hecho, se quedó aterrado, casi lloraba de la impresión. Por lo menos, eso dijo ella al amigo de Barbara. Él la bajó, llamó una lancha taxi y la llevó al pronto soccorso del hospital civil. Al día siguiente, la acompañó a un especialista de Udine que le redujo la fractura.
– ¿Por qué fue al otro médico?
– Por una infección de la piel que tenía debajo de la escayola. Él, naturalmente, le preguntó cómo se había roto la mano.
– ¿Y ella le contó eso?
– Es lo que dijo él. Al parecer, la creyó.
– ¿Demandó ella a Maurizio por daños y perjuicios?
– Que yo sepa, no.
– ¿Sabe cómo se llama esa chica?
– No; pero puedo preguntárselo al amigo de Barbara.
– Se lo agradeceré -dijo Brunetti-. Y vea qué más puede averiguar de cada uno de ellos.
– ¿Sólo asuntos criminales, comisario?
El primer impulso de Brunetti fue el de asentir, pero, al pensar en la aparente ambigüedad de Maurizio, que se enfurecía cuando una mujer rehusaba su invitación y luego casi se echaba a llorar al verle la mano rota, sintió curiosidad por descubrir qué otras contradicciones podían anidar en la familia Lorenzoni.
– No; todo lo que podamos descubrir. En cualquier aspecto.
– Está bien, dottore -dijo ella, haciendo girar la silla para situar las manos encima del teclado-. Empezaré por la Interpol y luego veré qué hay en Il Gazzettino.
Brunetti movió la cabeza hacia el ordenador.
– ¿De verdad puede encontrarlo ahí antes que por teléfono?
Ella lo miró con paciencia infinita, como lo miraba la maestra del instituto después de cada experimento de química fallido.
– Hoy en día, los únicos que me llaman por teléfono son los que dicen guarradas.
– ¿Y todos los demás usan eso? -dijo Brunetti, señalando la cajita que ella tenía encima de la mesa.
– Se llama módem, comisario.
– Ah, sí, ya recuerdo. Bien, vea qué puede decirle acerca de los Lorenzoni.
Antes de que la signorina Elettra, otra vez estupefacta por su ignorancia, pudiera empezar a explicarle qué era exactamente un módem y cómo funcionaba, Brunetti dio media vuelta y salió del despacho. Ninguno de los dos consideró su precipitada marcha como una oportunidad perdida para el avance de la informática.
11
Estaba sonando el teléfono cuando Brunetti entró en su despacho, y lo cruzó corriendo para contestar. Antes de que pudiera dar su nombre, Vianello dijo:
– Es Lorenzoni.
– ¿Las radiografías coinciden?
– Perfectamente.