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Nobleza obliga

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Durante las obras de reforma de una finca abandonada en la campiña veneciana, se desentierra un cadáver parcialmente descompuesto y semidevorado por las alimañas. Cerca del lugar, se encuentra un valioso anillo de sello, pista crucial que permite identificar el macabro descubrimiento: se trata de Ro-berto Lorenzoni, hijo de una de las familias más poderosas de Venecia, secuestrado dos años atrás y dado por desaparecido.
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
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Al principio, el conde se miraba las manos, pero, mientras la cámara se acercaba, levantó la cara y miró directamente al objetivo. Transcurrieron unos segundos, la cámara, al llegar a la distancia justa, se detuvo, y el conde empezó a hablar.

– Dirijo mis palabras a las personas responsables de la desaparición de mi hijo Roberto, y les pido que me escuchen con atención y caridad. Estoy dispuesto a pagar cualquier cantidad por el regreso de mi hijo, pero las agencias del Estado me lo impiden. No tengo acceso a mis bienes ni posibilidad de reunir la suma exigida, ni en Italia ni en el extranjero. Si pudiera, juro por mi honor que lo haría, y juro también que daría con gusto esta cantidad, cualquier cantidad, por el regreso de mi hijo.

Aquí el conde hizo una pausa y se miró las manos. Al cabo de un momento, sus ojos volvieron a la cámara.

– Pido a esas personas que tengan compasión de mí y de mi esposa, que se une a mí en mis súplicas. Apelando a sus sentimientos de humanidad, les ruego que liberen a mi hijo. Si lo desean, con gusto ocuparé yo su lugar, Bastará con que me comuniquen qué quieren que haga, y lo haré. Dicen que se pondrán en contacto conmigo a través de un amigo mío cuyo nombre no han dado. Lo único que tienen que hacer es dar instrucciones a esta persona. Haré con gusto lo que quieran que haga, si ello me asegura el regreso de mi querido hijo.

Al llegar a este punto, el conde se detuvo, pero sólo un momento.

– Apelo a su compasión y les ruego que se apiaden de mí esposa y de mí. -El conde calló, pero la cámara siguió enfocándole la cara, hasta que él lanzó una rápida mirada hacia la izquierda y luego volvió a mirar al objetivo.

La pantalla se oscureció gradualmente y, al cabo de un momento, reapareció el presentador del estudio. Recordó a los espectadores que ésta era una exclusiva de la RAI y agregó que si alguien tenía información sobre Roberto Lorenzoni podía llamar al número que se indicaba al pie de la pantalla. Seguramente, por tratarse de una copia de archivo y no de la cinta que se pasó en los estudios de la RAI, no apareció número alguno.

La pantalla se oscureció.

Brunetti se levantó y bajó el volumen, dejando encendido el televisor. Pulsó la tecla «rewind» y esperó hasta que la cinta dejó de zumbar. Cuando oyó el chasquido de paro, miró a la signorina Elettra.

– ¿Qué le parece?

– Que yo tenía razón en lo del maquillaje.

– Sí -convino Brunetti-. ¿Algo más?

– ¿El lenguaje? -apuntó ella.

Brunetti asintió.

– ¿Quiere decir que no les habla directamente, que no dice «vosotros» sino «ellos»?

– Sí. Parece extraño. Pero quizá se deba a que le resultaba difícil hablarles, después de lo que habían hecho a su hijo.

– Es posible -admitió Brunetti, tratando de imaginar cómo reaccionaría un padre a lo que era para él sin duda alguna el mayor de los horrores.

El comisario alargó la mano y pulsó de nuevo la tecla «play». La cinta volvió a empezar, ahora sin sonido.

Miró a la signorina Elettra, que enarcó las cejas.

– En los aviones, nunca me pongo los auriculares -explicó-. En las películas puedes descubrir muchas cosas cuando no te distrae el sonido.

Ella asintió y juntos vieron otra vez la cinta. Ahora observaron cómo los ojos del presentador se movían al leer el texto que debía de tener a la izquierda de la cámara. El que estaba en la puerta del estudio del conde, parecía haberse aprendido de memoria el texto, pero la seriedad de su cara era forzada, impuesta.

Si Brunetti esperaba que, sin la voz, se apreciara más claramente nerviosismo o cólera en el conde, tuvo que desengañarse. Visto en silencio, parecía vacío de toda emoción. Cuando se miró las manos, el observador hubiera dudado de que pudiera tener ánimo para volver a levantar la cara, y cuando sus ojos se desviaron aquel fugaz instante hacia un lado de la cámara, el gesto no denotaba la menor curiosidad ni impaciencia.

Cuando la pantalla volvió a oscurecerse, la signorina Elettra dijo:

– Pobre hombre, y encima haber tenido que aguantar que lo maquillaran. -Meneó la cabeza con los ojos cerrados, como si, al entrar en una habitación, hubiera presenciado un acto indecente.

Brunetti volvió a oprimir la tecla «rewind» y la cinta se rebobinó hasta el principio. Pulsó luego «reject» y el aparato escupió la casete, que el comisario introdujo en su estuche y se guardó en el bolsillo de la chaqueta.

– Esa gente se merece un buen escarmiento -dijo ella con repentina ferocidad.

– ¿Pena de muerte? -preguntó Brunetti agachándose para desconectar el televisor y el vídeo.

Ella movió la cabeza negativamente.

– Eso no. Por cruel que sea el criminal, por horribles que sean sus atrocidades, no podemos dar ese poder a los gobiernos.

– ¿Porque no son de fiar? -preguntó Brunetti.

– ¿Se fía usted del nuestro?

Brunetti denegó con un gesto.

– ¿Puede darme el nombre de un gobierno que le inspire confianza?

– ¿Para decidir si un ciudadano debe morir? -Él volvió a mover la cabeza, y preguntó-: Pero, ¿cómo castigar a la gente que hace cosas así?

– No lo sé. Quiero que desaparezcan, quiero que mueran; sería hipócrita si lo negara. Pero es una potestad muy peligrosa para dársela a… a cualquiera.

Brunetti se acordó de algo que había dicho Paola, ya no recordaba en relación con qué. Siempre que una persona se propone argumentar deslealmente, dijo, ponen un ejemplo concreto tan abrumador que hace imposible toda discrepancia. Pero por apabullantes que fueran los casos específicos, dijo ella, la ley se fundaba y configuraba en principios y términos universales. Los casos individuales sólo se representaban a sí mismos, nada más. Brunetti, que tantas veces había visto el horror del delito concreto e individual, comprendía el impulso de exigir leyes nuevas y más severas. Porque era policía, sabía que el rigor de la ley solía recaer en los débiles y los pobres, y sabía también que la severidad de la ley no era salvaguardia contra el crimen. Él sabía estas cosas en su calidad de policía, pero en la de hombre y de padre, seguía deseando que la gente que había acabado con la vida de este muchacho fuera juzgada y pagara lo que había hecho.

Brunetti y la signorina Elettra cruzaron el laboratorio, él abrió la puerta y ambos volvieron a sus puestos de trabajo y al mundo en el que el crimen era algo que había que combatir, y no un tema de especulación filosófica.

16

El sentido común le decía a Brunetti que sería un despropósito esperar que la familia Lorenzoni hablara con él antes de que el muchacho hubiera sido enterrado, pero fue la conmiseración lo que le hizo abstenerse de solicitar la entrevista. Decían los diarios que el funeral se celebraría el lunes, en la iglesia de San Salvador. Brunetti esperaba haber obtenido para entonces bastante información acerca de Roberto.

Cuando llegó a su despacho, llamó a la consulta del doctor Urbani y preguntó a la secretaria si tenía en el archivo el nombre del médico personal de Roberto. La mujer tardó varios minutos en averiguarlo, pero el dato figuraba en la ficha que se había abierto a Roberto en su primera visita a la consulta del doctor Urbani hacía diez años.

Era el doctor Luciano De Cal, un apellido vagamente familiar para Brunetti, que había ido al colegio con un De Cal, pero aquél se llamaba Franco y ahora era joyero. El médico, cuando Brunetti le expuso el motivo de su llamada, dijo que, en efecto, Roberto había sido paciente suyo durante casi toda su vida, desde que el anterior médico de la familia Lorenzoni se había retirado.

Cuando Brunetti empezó a preguntar por el estado de salud de Roberto durante los meses que precedieron a su desaparición, el doctor De Cal le pidió que le excusara un momento y fue en busca de la ficha del joven. Había venido unas dos semanas antes de su desaparición, dijo el doctor De Cal, quejándose de somnolencia y persistentes dolores abdominales. En un principio, el médico creyó que podía ser un cólico, afección a la que Roberto era propenso, especialmente durante las primeras semanas de frío. Pero no había respondido al tratamiento, y el doctor De Cal le sugirió que consultara a un internista.

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