Lo que hice por amor
- Автор: Филлипс Сьюзен Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lo que hice por amor». Краткое содержание книги:
¿Qué debería hacer una actriz para mejorar su suerte? Desde luego, NO sería ir a Las Vegas, NO sería escaparse con su detestable pareja televisiva, el macizo tío bueno, Bramwell Shepard… y NO debería verse envuelta en medio de un ridículo incidente que la lleva a ser la protagonista de una desastrosa huída. Antes de saber cómo, Georgie disfruta de un matrimonio falso, de un marido falso, y tal vez (o quizá no) de sexo falso.
Es una lucha a muerte contra los paparazzi y Georgie no tiene la suerte de su lado. Ahí están la terrorífica ama de llaves de Bram; el insistente padre de Georgie; el agente más pelota del mundo; ese frío directivo de los estudios; ¡y la nueva esposa de su ex marido, una pacifista internacional que bien podría ser merecedora de ese estúpido premio, el Nobel de la Paz!
Por lo que respecta al hombre de Georgie… Bram, es su ángel de ojos azules y retorcido corazón negro, que jamás se ha preocupado de nadie más que de sí mismo. Bueno, da el pego como hombre enamorado… gracias al medio millón de dólares que ella le paga.
Es oficial. Se ha casado con el diablo. ¿O no?
Son dos enemigos trabajando sin guión bajo los brillantes focos del plató… allí donde las emociones más fuertes pueden llevar sorprendentes disfraces.
La decoradora de Bram había creado un ambiente acogedor que invitaba al recogimiento, pero la variada colección de objetos demostraba que no conocía bien a Bram o que no le importaba que su iletrado cliente no apreciara sus elecciones. Georgie cogió un volumen profusamente ilustrado de artistas californianos contemporáneos y se sentó en un sillón de piel que había en un rincón. Conforme avanzaba la tarde, su concentración se fue debilitando. Había llegado la hora de poner manos a la obra. Quizá Bram no viera la necesidad de que tuvieran un plan conjunto para tratar con la prensa, pero ella sabía que era imprescindible. Tenían que decidir con rapidez cuándo y cómo realizar su reaparición. Dejó a un lado el libro y se puso a buscar a Bram. Como no lo encontró en ningún lugar de la casa, siguió el camino de grava que, flanqueado por cañas de bambú y altos setos, conducía a la casita de invitados.
No era mayor que un garaje de dos plazas y tenía el mismo tipo de tejas y exterior estucado que la casa principal. Las dos ventanas de la fachada delantera estaban a oscuras, pero Georgie oyó sonar un teléfono en la parte trasera y siguió un sendero en esa dirección. Una luz salía por unos ventanales abiertos y se desparramaba por un pequeño patio de grava en el que había un par de tumbonas con cojines de lona color champán y unas macetas con orejas de elefante. Unas enredaderas subían por las paredes a los lados de los ventanales. En el interior, Georgie vio un acogedor despacho con paredes de color bermellón y suelo embaldosado y cubierto con una alfombra de pita. Una serie de pósters de películas enmarcados colgaba de las paredes. Algunos eran predecibles, como el de Marlon Brando en La ley del silencio o el de Humphrey Bogart en La Reina de África, pero otros no tanto, como el de Johnny Depp en El amor de los inocentes, Don Cheadle en Hotel Ruanda y el de Jake Koranda, el padre de Meg, como Calibre Sabueso.
Cuando Georgie entró en el despacho, Bram estaba hablando por teléfono, sentado tras un escritorio en ele pintado de albaricoque oscuro y tenía la omnipresente copa a su lado. Unas estanterías empotradas contenían montones de revistas sobre televisión y algunas para cinéfilos, como Cineaste y Fade In. Como Georgie no tenía noticia de que Bram leyera nada que fuera más profundo que Penthouse, supuso que eran otro toque de la decoradora.
Bram no pareció alegrarse de ver a su flamante esposa.
– Tengo que dejarte, Jerry -dijo al auricular-. He de preparar una reunión que tengo mañana por la mañana. Recuerdos a Dorie.
– ¿Tienes un despacho? -preguntó Georgie cuando él colgó.
Bram entrelazó las manos en la nuca.
– Pertenecía al anterior propietario, pero todavía no he encontrado el momento de convertirlo en un fumadero de opio.
Georgie vio algo que parecía un ejemplar del Directorio Creativo de Hollywood cerca del teléfono, pero cuando quiso examinarlo más de cerca, Bram lo cerró de golpe.
– ¿Qué es eso de que tienes una reunión? Tú no tienes reuniones. Ni siquiera tienes mañanas.
– Tú eres mi reunión. -Señaló el teléfono con un gesto de la cabeza-. La prensa ha descubierto que no estamos en Las Vegas y la casa está sitiada. Esta semana tendremos que instalar verjas en la entrada. Te dejaré pagarlas.
– ¡Qué amable!
– Eres tú la que tiene la pasta.
– Descuéntalas de los cincuenta mil mensuales que te pago. -Georgie dirigió la vista al letrero de Don Cheadle-. Tenemos que hacer planes. Mañana a primera hora deberíamos…
– Estoy en mi luna de miel. Nada de charlas de negocios.
– Tenemos que hablar. Hay que decidir…
– ¡Georgie! ¿Estás ahí?
A ella se le cayó el corazón a los pies. Una parte de su mente se preguntó cómo la había encontrado tan deprisa. La otra parte se sorprendía de que hubiera tardado tanto.
Unos zapatos crujieron en el sendero de grava que conducía a la casa de invitados y, entonces, apareció su padre. Iba vestido, como siempre, de un modo conservador, con camisa blanca, pantalones gris claro y mocasines con borla. A los cincuenta y dos años, Paul York estaba delgado y en forma, usaba gafas sin montura y su pelo ondulado y prematuramente entrecano hacía que lo confundieran con Richard Gere.
Entró en el despacho y permaneció en silencio, estudiando a Georgie. Salvo por el color de los ojos, no se parecían en nada. Georgie había heredado la cara redonda y la boca grande de su madre.
– ¿Qué has hecho, Georgie? -preguntó él con su habitual calina indiferente.
Y así, sin más, Georgie volvió a tener ocho años, y aquellos fríos ojos verdes de siempre la estaban juzgando por permitir que un caro cachorro de bulldog se escapara durante la filmación de un anuncio de comida para perros o por derramar un zumo en su vestido antes de una audición. Ojalá fuera uno de esos padres con arrugas, sobrepeso y mejillas rasposas, no supiera nada del mundo del espectáculo y sólo se preocupara de su felicidad. Georgie recuperó la compostura.
– Hola, papá.
Él juntó las manos a la espalda y esperó a que ella se explicara.
– ¡Sorpresa! -exclamó Georgie con una sonrisa falsa-. Claro que, en el fondo, no es una sorpresa de verdad. Quiero decir que… Tú sabías que estábamos saliendo, ¿no? Todo el mundo vio las fotos del Ivy. Estoy de acuerdo en que parece precipitado, pero prácticamente crecimos juntos y… Cuando está bien, está bien. Está bien, ¿no, Bram? ¿A que está bien?
Pero su marido estaba disfrutando de su nerviosismo y no pensaba darle su apoyo.
Su padre evitó mirar a Bram de forma deliberada.
– ¿Estás embarazada? -preguntó con su fría voz.
– ¡No! ¡Claro que no! Lo nuestro es… -intentó no atragantarse- un matrimonio por amor.
– Vosotros os odiáis.
Bram por fin se levantó de la silla y se colocó al lado de Georgie.
– Eso es agua pasada, Paul. -Rodeó la cintura de su esposa con un brazo-. Ahora somos personas diferentes.
Paul siguió ignorándolo.
– ¿Tienes idea de cuántos reporteros hay frente a la casa? Mientras entraba, han atacado mi coche.
Georgie se preguntó cómo la había encontrado su padre en aquella parte de la casa, pero entonces pensó que él no permitiría que un pequeño detalle como que nadie respondiera al timbre lo detuviera. Se lo imaginó atravesando los arbustos sin que un solo pelo de su cabeza se despeinara. A diferencia de ella, Paul York nunca se alteraba ni se sentía confuso. Y tampoco perdía nunca de vista sus objetivos, por eso le costaba tanto entender que ella insistiera en tomarse seis meses de vacaciones.
– Tienes que asumir el control de toda esta publicidad inmediatamente -declaró su padre.
– Precisamente Bram y yo estábamos decidiendo nuestro siguiente paso.
Por fin, Paul volvió su atención hacia su indeseado yerno. Habían sido enemigos desde el principio. Bram odiaba las interferencias de Paul en el plató, sobre todo su forma de asegurarse de que Georgie nunca dejara de encabezar el reparto. Y Paul lo odiaba todo de Bram.
– No sé cómo has convencido a Georgie de que participe en esta farsa, pero sé el porqué. Quieres volver a aprovecharte de sus éxitos, como solías hacer en el pasado. Quieres utilizarla para revivir tu patética carrera.