Lo que hice por amor
- Автор: Филлипс Сьюзен Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lo que hice por amor». Краткое содержание книги:
¿Qué debería hacer una actriz para mejorar su suerte? Desde luego, NO sería ir a Las Vegas, NO sería escaparse con su detestable pareja televisiva, el macizo tío bueno, Bramwell Shepard… y NO debería verse envuelta en medio de un ridículo incidente que la lleva a ser la protagonista de una desastrosa huída. Antes de saber cómo, Georgie disfruta de un matrimonio falso, de un marido falso, y tal vez (o quizá no) de sexo falso.
Es una lucha a muerte contra los paparazzi y Georgie no tiene la suerte de su lado. Ahí están la terrorífica ama de llaves de Bram; el insistente padre de Georgie; el agente más pelota del mundo; ese frío directivo de los estudios; ¡y la nueva esposa de su ex marido, una pacifista internacional que bien podría ser merecedora de ese estúpido premio, el Nobel de la Paz!
Por lo que respecta al hombre de Georgie… Bram, es su ángel de ojos azules y retorcido corazón negro, que jamás se ha preocupado de nadie más que de sí mismo. Bueno, da el pego como hombre enamorado… gracias al medio millón de dólares que ella le paga.
Es oficial. Se ha casado con el diablo. ¿O no?
Son dos enemigos trabajando sin guión bajo los brillantes focos del plató… allí donde las emociones más fuertes pueden llevar sorprendentes disfraces.
Al final reunió el coraje necesario para telefonear a Sasha. Le preguntó acerca del incendio, pero ella cambió de tema.
– Me estoy ocupando de él. Ahora explícame qué está pasando de verdad, no la chorrada que me contó April acerca de que tú y Míster Sexy os pusisteis nostálgicos viendo una reposición de Skip y Scooter.
– Ésa es mi explicación y todos nos ajustaremos a ella, ¿de acuerdo?
– Pero…
– Por favor.
Al final, Sasha cedió.
– De momento no insistiré, pero la próxima vez que vaya a Los Ángeles tendremos una larga charla. Por desgracia, tengo que quedarme en Chicago durante un tiempo.
Georgie siempre esperaba con ilusión las visitas de Sasha, pero en esta ocasión se sintió más que feliz de posponer lo que sabía que constituiría un tenso interrogatorio.
No se molestó en telefonear a su agente. Su padre se encargaría de Laura. Intentar conseguir el cariño de su padre era como esforzarse en una rueda de hámster. No importaba lo deprisa que corriera: nunca se acercaba al objetivo. Algún día dejaría de intentarlo. En cuanto a lo de contarle la verdad… por el momento, no. Nunca.
Bram salió al porche bebiendo los restos de algo rosa, espeso y espumoso. Mientras Georgie se fijaba en la forma en que su camiseta marcaba unos músculos que a ella no le resultaban nada familiares, decidió que prefería su anterior aspecto de heroinómano. Al menos aquello lo entendía. Vio cómo un trozo de fresa desaparecía en la boca de Bram. Ella también quería un batido rosa y espumoso para desayunar. Claro que también quería muchas cosas que no podía tener: un matrimonio fantástico, hijos, una relación saludable con su padre, y una carrera que mejorara con el tiempo. Pero en aquel momento se conformaría con un buen plan para hacer creer al público que se había enamorado otra vez.
– Las vacaciones han tocado a su fin, Skipper. -Ella se levantó de la silla-. El fin de semana ha terminado y la prensa exige respuestas. Como mínimo, hemos de planificar los próximos días. Lo primero que tenemos que hacer es…
– No hagas enfadarse a Chaz.
Bram se limpió una burbuja de espuma rosa de la comisura de los labios.
– ¿Yo? Esa chica es una máquina de cabrear parlante.
– También es la mejor ama de llaves que he tenido nunca.
– Por su aspecto, parece que tenga dieciocho años. ¿Quién tiene un ama de llaves tan joven?
– Tiene veinte años. Y yo tengo un ama de llaves tan joven. Déjala tranquila.
– Si voy a vivir aquí, va a resultar un poco difícil.
– Te lo dejaré bien claro: si tengo que elegir entre tú y Chaz, ella gana de lejos.
Bram y su vaso vacío desaparecieron en el interior de la casa.
Se acostaban juntos. Eso explicaría la hostilidad de Chaz. No parecía su tipo, pero ¿qué sabía ella sobre los gustos actuales de Bram? Nada en absoluto, y tenía la intención de que siguiera de esa manera.
Aaron Wiggins, su asistente personal, llegó media hora más tarde. Georgie mantuvo la puerta abierta para que pudiera entrar con su maleta más grande y algunos conjuntos colgados en perchas.
– Ahí fuera hay una auténtica zona de guerra -declaró Aaron con el entusiasmo de un chico de veintiséis años que sigue obsesionado con los videojuegos-. Los paparazzi, una cadena de noticias… Y creo que he visto a aquella tía de la cadena E!
– Estupendo -ironizó Georgie.
Aaron era su asistente personal desde que el anterior se pasara al campo de Lance y Jade. Aaron era casi tan ancho como alto, debía de pesar ciento treinta kilos y apenas alcanzaba el metro ochenta. Su pelo áspero y castaño enmarcaba una cara gordinflona adornada con unas gafas enormes y estrafalarias, una nariz larga y una boca pequeña y dulce.
– Mañana por la mañana empaquetaré el resto de tu ropa -explicó-. ¿Dónde quieres que deje todo esto?
– Arriba. El armario de Bram está lleno, así que he convertido el dormitorio contiguo en mi vestidor.
Cuando llegaron al final de las escaleras, Aaron resollaba y su bolso negro se había deslizado hasta el ángulo de su codo. Georgie deseaba que se cuidara más, pero él no hacía caso de sus indirectas. Cuando pasaron por el dormitorio de Bram, Aaron echó un vistazo al interior y se detuvo.
– Precioso. -Se refería al equipo de sonido, no a la decoración-. ¿Te importa si dejo tu ropa en tu vestidor y vengo a darle una ojeada? -preguntó.
Sabiendo cuánto le gustaban los aparatos, Georgie no pudo negarse. Aaron dejó la ropa y la maleta en la habitación contigua y regresó a examinar el equipo electrónico.
– ¡Increíble!
– ¿Quieres celebrar una fiesta, guapo? -preguntó una voz sedosa desde la puerta.
Aaron reaccionó soltando un extraño soplido.
– Soy Aaron, el asistente personal de Georgie.
Bram arqueó una de sus cejas perfectas mientras miraba a Georgie. Los asistentes personales solían ser mujeres jóvenes y guapas u hombres gays muy bien vestidos. Aaron no encajaba en ninguna de esas categorías. Georgie estuvo a punto de no contratarlo a pesar de que su padre se lo había recomendado. Sin embargo, durante la entrevista, la alarma contra incendios de su casa se disparó y Aaron arregló el problema con tanta facilidad que ella decidió concederle una oportunidad. Aaron resultó ser alegre, listo, muy bien organizado y no tener manías acerca de las tareas que ella le encargaba. Además, su autoestima era tan baja como su habilidad para el arte dramático y nunca le pedía favores, como que consiguiera que lo admitieran en un club o un restaurante de moda, cosas que su anterior asistente daba por sentadas.
Muchos chicos como Aaron se habían mudado a Los Ángeles desde sus ciudades del Medio Oeste soñando con realizar efectos especiales en Hollywood, pero enseguida descubrían que conseguir un trabajo en ese campo no era una tarea tan fácil. Ahora Aaron trabajaba de asistente personal para Georgie y se encargaba de su página Web. En su tiempo libre, jugaba a los videojuegos y engullía comida basura.
Aaron estrechó la mano de Bram y señaló el equipo de sonido, alojado en el interior de un mueble toscamente labrado cuyas puertas parecían proceder de una misión española.
– He leído cosas sobre equipos como ése. ¿Desde cuándo lo tienes?
– Lo compré el año pasado. ¿Quieres probarlo?
Mientras Aaron escudriñaba el equipo, Georgie examinó la habitación vacía que había en un recodo del pasillo, donde había decidido instalar su estudio. Al final, Aaron se reunió con ella y juntos decidieron qué muebles necesitaría para guardar sus cosas. Después de hacer planes para dejar su casa de alquiler y redactar un borrador de carta para sus fans de la Web, Georgie le dijo que cancelara las reuniones y citas a las que pensaba asistir antes de tomarse los seis meses de vacaciones.
Había pensado viajar por Europa, evitando las grandes ciudades y conduciendo por las zonas rurales. Se había imaginado visitando pueblos, paseando por viejos caminos y quizás, sólo quizás, encontrándose a sí misma. Pero su viaje de autodescubrimiento había tomado un desvío mucho más peligroso.
– Ahora entiendo por qué te tomas seis meses de descanso -comentó Aaron-. Buen plan. Al no tener nada en tu agenda, podrás disfrutar de una larga luna de miel.
¡Sí, una luna de miel estupenda!
Para su luna de miel, ella y Lance habían alquilado una casa de campo en la Toscana que daba a un olivar. Después de unos días, Lance se puso nervioso, pero a ella le encantó aquel lugar.