Lo que hice por amor
- Автор: Филлипс Сьюзен Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lo que hice por amor». Краткое содержание книги:
¿Qué debería hacer una actriz para mejorar su suerte? Desde luego, NO sería ir a Las Vegas, NO sería escaparse con su detestable pareja televisiva, el macizo tío bueno, Bramwell Shepard… y NO debería verse envuelta en medio de un ridículo incidente que la lleva a ser la protagonista de una desastrosa huída. Antes de saber cómo, Georgie disfruta de un matrimonio falso, de un marido falso, y tal vez (o quizá no) de sexo falso.
Es una lucha a muerte contra los paparazzi y Georgie no tiene la suerte de su lado. Ahí están la terrorífica ama de llaves de Bram; el insistente padre de Georgie; el agente más pelota del mundo; ese frío directivo de los estudios; ¡y la nueva esposa de su ex marido, una pacifista internacional que bien podría ser merecedora de ese estúpido premio, el Nobel de la Paz!
Por lo que respecta al hombre de Georgie… Bram, es su ángel de ojos azules y retorcido corazón negro, que jamás se ha preocupado de nadie más que de sí mismo. Bueno, da el pego como hombre enamorado… gracias al medio millón de dólares que ella le paga.
Es oficial. Se ha casado con el diablo. ¿O no?
Son dos enemigos trabajando sin guión bajo los brillantes focos del plató… allí donde las emociones más fuertes pueden llevar sorprendentes disfraces.
La bien equipada cocina tenía paredes de estuco, elegantes electrodomésticos y baldosas de tonalidad terrosa con motivos azules. Un candelabro de hierro con pantallas de estaño colgaba encima de la isla central de la cocina; el saliente con seis ventanas en arco que Georgie había visto desde el coche era el comedor de desayunos. Encontró la cafetera y preparó el café. De momento, no había oído ningún grito procedente de la planta de arriba, pero era sólo cuestión de tiempo. Georgie sacó su taza al porche trasero, construido con las mismas columnas rojizas y en espiral y las mismas baldosas españolas azules y blancas que el porche de la entrada. Los faroles de metal con filigranas, las mesas con mosaicos y patas de hierro curvadas, la mampara de madera labrada y los muebles tapizados con vistosas telas turcas y marroquíes hicieron que se sintiera como en una kasba. Las exuberantes enredaderas, los palmitos y las cañas de bambú proporcionaban al porche una sensación de intimidad.
Georgie se cubrió los hombros con un chal y se sentó en una cómoda tumbona. El leve tintineo de un móvil de piezas de latón llegó hasta ella flotando en el silencioso frío matinal. Evidentemente, Bram no conocía bien a su novia, porque el tipo de mujer que poseía una casa como aquélla no aceptaría que su novio se casara con otra mujer, fueran cuales fuesen las circunstancias. Bram era un estúpido por sólo imaginar algo así, lo que resultaba extraño, porque él nunca había sido…
Georgie se levantó de un brinco y el café le salpicó la mano. Lo absorbió de un lametón, dejó la taza encima de un montón de revistas y entró en la casa como una exhalación. En cuestión de segundos, había subido las escaleras y encontrado el dormitorio principal, donde Bram estaba dormido boca abajo, encima de la cama de matrimonio. Solo.
Georgie se había olvidado de la regla número uno en todo lo relacionado con Bram Shepard: no creer nada de lo que dijera.
Georgie quiso vaciar un cubo de agua fría sobre la cabeza de Bram, pero se lo pensó mejor. Mientras estuviera dormido no tendría que aguantarlo. Volvió a bajar y se acomodó de nuevo en el porche. A las ocho, telefoneó a Trev, quien, como era de esperar, casi le rompió los tímpanos con sus gritos.
– ¡¿Qué demonios ha pasado?!
– Amor verdadero -replicó Georgie.
– No puedo creer que os hayáis casado. Me resulta inconcebible que lo hayas convencido para que se casara contigo.
– Estábamos borrachos.
– Créeme, Bram no lo estaba tanto. Él siempre sabe exactamente lo que hace. ¿Dónde está ahora?
– Durmiendo en el piso de arriba, en una casa magnífica que, por lo visto, le pertenece.
– La compró hace dos años. Sólo Dios sabe de dónde sacó el dinero para la entrada. No es ningún secreto que últimamente no ha sido muy solvente.
Lo cual constituía la razón de que hubiera accedido a seguir el plan de Georgie: los cincuenta mil dólares mensuales que ella había prometido pagarle.
Sin embargo, Trev no sabía lo del dinero del soborno.
– Habrá decidido que tú eres el billete que necesita para mejorar su reputación. La publicidad de vuestra boda podría ayudarle a conseguir algún papel. A él parece no importarle que no lo contraten, pero créeme: sí le importa.
Georgie bajó con nerviosismo del porche al jardín y se volvió para contemplar la casa. Un segundo juego de columnas en espiral situado encima de las primeras sostenía el balcón que corría a lo largo de casi toda la planta superior y más enredaderas subían por las paredes de estucado rojizo.
– Bram no puede ser insolvente -declaró-. Esta casa es increíble.
– Y está hipotecada hasta la última teja. Además, la mayor parte del trabajo lo ha hecho él mismo.
– Imposible. Seguro que ha convencido a alguna mujer locamente enamorada de él para que pague parte de sus facturas.
– Es una posibilidad.
Georgie necesitaba saber más cosas, pero cuando presionó a Trev para que se las contara, él la atajó.
– Los dos sois amigos míos y no pienso involucrarme en esto, aunque, desde luego, espero que me invitéis a cenar para ver cómo os tiráis los trastos a la cabeza.
Georgie tenía treinta y siete mensajes en el móvil. Su padre era el remitente de diez de ellos. Se imaginaba lo histérico que estaría, pero todavía no se sentía capaz de hablar con él. April se había ido al rancho de Tennessee con su familia dos días antes. Georgie marcó su número y, cuando oyó la voz de su amiga, algunas de sus defensas se derrumbaron. Se mordió el labio.
– April, no tienes forma de confirmar que lo que voy a contarte es un montón de mentiras, lo cual te permitirá transmitir la información con la conciencia tranquila, ¿de acuerdo?
– ¡Oh, cariño…! -exclamó April con el tono de una madre preocupada.
– Bram y yo nos encontramos casualmente en Las Vegas. Saltó la chispa y nos dimos cuenta de lo mucho que nos habíamos querido siempre. Decidimos que habíamos malgastado demasiado tiempo lejos el uno del otro, así que nos casamos. Tú no sabes con certeza dónde estamos, pero crees que seguimos en el Bellagio disfrutando de una improvisada luna de miel. Seguro que todo el mundo estará contento de que Bram Shepard por fin se haya reformado y de tener el final feliz que todos se perdieron cuando Skip y Scooter se canceló. -Se le hizo un nudo en la garganta-. ¿Te importaría telefonear a Sasha y contarle lo mismo? Y si Meg aparece…
– Claro que lo haré, pero, cariño, estoy preocupada por ti. Cogeré un avión y…
– No.
La preocupación que Georgie percibió en la voz de April hizo que estuviera a punto de echarse a llorar.
– Estoy bien. De verdad. Sólo un poco alterada. Te quiero.
Nada más colgar, Georgie se obligó a enfrentarse a la realidad. De momento estaba atrapada en aquella casa. Al ser unos recién casados, el público esperaría que ella y Bram estuvieran juntos continuamente. Pasarían semanas antes de que pudiera ir sola a algún lugar. Se reclinó en la tumbona del porche, cerró los ojos e intentó pensar. Sin embargo, no había respuestas fáciles, y al final se quedó dormida al son de las campanillas de latón del móvil mecido por la brisa.
Cuando despertó dos horas más tarde, no se sintió nada repuesta. A desgana, subió las escaleras. Una música latina retumbaba en el otro extremo del pasillo. Mientras se dirigía hacia allí para averiguar de dónde procedía el sonido, pasó por delante del dormitorio de Bram y vio que su maleta estaba en medio de la habitación.
¡Sí, ya, como que eso iba a ocurrir!
Si hubiera tenido que adivinar cómo era el dormitorio de Bram Shepard, se lo habría imaginado con una de esas enormes esferas de espejitos que hay en las discotecas y una barra de striptease, pero se habría equivocado. Un techo de bóveda de cañón y unas paredes estucadas de color miel definían un espacio que era lujoso, elegante y sensual sin ser perverso. Unos paneles rectangulares de piel engastados en una estructura de bronce formaban la cabecera de la cama de matrimonio y una confortable zona para sentarse ocupaba la torre que había visto desde la parte frontal de la casa.
Cuando entró en la habitación para coger su maleta, la música se detuvo. Segundos más tarde, Bram apareció en la puerta del dormitorio vestido con una camiseta sudada de los Lakers y unos pantalones cortos de hacer deporte. Al verlo con aquel aspecto tan saludable, la rabia de Georgie se disparó.
– Me he encontrado con tu novia en el piso de abajo. Se ha arrodillado y me ha dado las gracias por sacarte de su vida.
– Espero que hayas sido amable con ella.
Bram no tuvo la gentileza de disculparse por su mentira, aunque nunca le había pedido perdón por nada. Georgie se acercó a él.
– Ni tienes novia ni apartamento. Esta casa es tuya y quiero que dejes de mentirme.